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Sándor Márai: El Último Encuentro

(Ediciones Salamandra)

Sandor MaraiEran oficiales jóvenes, y el hijo del guardia imperial tenía, a veces, la sensación de que Konrád vivía como si fuera un monje. Como si no viviera en este mundo. Como si después de las horas oficiales de servicio comenzase para él otro servicio, más complicado y cargado de responsabilidades; lo mismo que para un joven no solamente constituyen el servicio las horas de oración y de piadosas ceremonias, sino también los momentos de soledad, de reflexión, incluso de reposo. Temía la música, a la cual lo ataban unos lazos invisibles, no solamente en el nivel mental, sino también en el corporal, como si el significado profundo de la música constituyese un mandato superior, algo que pudiera desviarlo de su camino, que pusiera romper algo en él.

Por las mañanas montaban a caballo juntos, en el Prater o en el Picadero, luego Konrád cumplía con el servicio, regresaba a su casa del barrio de Hietzing y a veces pasaba semanas enteras sin salir por las noches. En aquella casa vieja todavía se usaban velas y lámparas de petróleo para la iluminación; el hijo del guardia imperial volvía casi siempre después de medianoche: llegaba de algún baile, de alguna fiesta, y ya desde la calle veía, en la ventana de su amigo, la luz tenue, irregular y acusadora de las velas. En la señal luminosa de aquella ventana había algo de reproche. El hijo del guardia imperial le entregaba una moneda al cochero, se detenía en la calle silenciosa, delante del viejo portal, se quitaba los guantes, buscaba la llave y tenía la sensación de haber vuelto a engañar a su amigo. Llegaba del mundo exterior, donde sonaba la música en los restaurantes, en las salas de baile, en los salones del centro de la ciudad, aunque se trataba de una música distinta de la que su amigo prefería. Esa música sonaba para que la vida fuera más placentera, más festiva, para que brillaran los ojos de las señoras, para que chispeara la vanidad de los caballeros. Para esto sonaba la música en los sitios donde el hijo del guardia imperial gastaba las noches de su juventud.

La música que Konrád prefería no sonaba para que la gente olvidara ciertas cosas, sino que despertaba pasiones, despertaba incluso un sentimiento de culpa, y su propósito era lograr que la vida fuera más real en el corazón y en la mente de los seres humanos. Esta música es temible, pensó el hijo del guardia imperial, y empezó a silbar muy bajo, con terquedad, un vals vienés. En aquella época estaban muy de moda los valses en Viena, los valses de un compositor joven, un tal Strauss.

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