• Dream Theater: Y Un Día El Luna Park Sonó… ¡Bien!

    Estadio Luna Park – Buenos Aires
    Lunes 03 de Marzo de 2008 – 21:00 hs.

    Segunda visita a la Argentina de Dream Theater, la banda que revivió el rock progresivo, cuyos músicos a mediados de los años ochenta formaran Majesty y se subieran a una oleada encabezada por Queensrÿche en la que el metal tomaba elementos del rock progresivo de los setenta y principios de los ochenta.
    En nuestro país se da algo bastante particular con la banda: tiene su propia página web creada por fans: http://www.dreamtheaterarg.com.ar/ y una importante legión de devotos seguidores. Ya la primera visita fue un éxito, allá por Diciembre de 2005, en sus dos fechas. Y en esta oportunidad, la historia ha sido la misma: a pesar de que el valor de las entradas era mucho más elevado que hace poco más de dos años (incluso a valores internacionales), los tickets para los dos conciertos programados se agotaron en 48hs.

    La gran duda era ver si la banda se las arreglaba para poder sonar en el Luna Park, estadio conocido por tener una de las peores acústicas de todo el mundo. Dream Theater tiene un sonido muy potente y muy complejo, que fácilmente se puede convertir en la vieja y gloriosa bola de ruido.
    Antes que nada se dio una de los hechos más temidos por quién escribe, la actuación de la banda soporte. En esta oportunidad no fue una tortura. Se trató de Sacrum, uno de las tantos  clones de DT o del metal progresivo en general. Veinti-pocos años de edad, buena técnica, actitud y nada más. Pero era una primera señal positiva: tocaron (bien) una media hora y el sonido, a bajo volumen, fue aceptable.

    Dream Theater está presentado en esta gira su último disco, Systematic Chaos, un álbum en el que vuelven a presentar temas con gancho a pesar de las extensas partes instrumentales. Generalmente la mayor parte de los shows la dedican a los temas nuevos, a diferencia de gran parte de las bandas con cierta trayectoria.

    Como parte de la escenografía de esta gira, cuelga un semáforo en el techo del estadio; se apaga la luz y se pone en rojo, la gente que estaba sentada se pone de pie. Amarillo, la gente empieza a enloquecer. Finalmente verde. Un video introductorio aparece en la las pantallas: me sorprendo, buen sonido. Aparecen los músicos, el público sigue de pie y, en medio del griterío, comienzan con Constant Motion del último CD. Luego de un par de ajustes, el sonido es potente y bueno. Lo que queda claro es que el cantante James La Brie va a tener que hacer maravillas para no quedar tapado por la banda, no parece haber forma de ponerlo por encima sin que el sonido colapse. Sin embargo logra no ser tapado por el ego de sus compañeros, que siguen tocandose todo aún en las partes cantadas.

    Ya para cuando llega el segundo tema, Never Enough del disco Octavarium, el sonidista que acompaña a la banda tiene todo controlado. Dream Theater no ha escatimado casi nada en esta vista respecto a lo acostumbrado, salvo algunos excesos; por ejemplo, la batería de Mike Portnoy sólo tenía dos bombos y Jordan Rudes no trajo su Moog Modular. La escenografía era correcta, las proyecciones y las luces acompañaban perfectamente cada tema creando el ambiente correcto y mostrando los detalles de ejecución por parte de los músicos en los momentos indicados. Todo muy cuidado. Hasta la escasez de sutilezas, una de sus habituales características.

    PetrucciLos dos primeros temas fueron toda potencia y virtuosismo, lo que sirvió para que Endless Sacrifice, del oscuro Train of Thought, se destacara no sólo por mérito propio sino por el contraste que presentaba. El tema comienza como una balada que va ganando en potencia a lo largo de su ejecución. Aquí se destacaron la iluminación y las proyecciones en blanco y negro apoyados en fundidos con imágenes de la banda. Ya a esta altura hay que sacarse el sombrero con el sonidista: todo el tiempo manejando los hilos para que cada uno se destaque en el momento indicado.
    Con Dark Eternal Night, del último disco, convirtieron a los asistentes (aún de pie) en una sola voz, gracias al pegadizo estribillo del tema. Continuaron con Home, de Metropolis part II: Scenes From A Memory. Un tema que muestra una falencia de esa etapa del grupo: temas poco reconocibles o memorables por sí mismos. El disco en cuestión es una obra conceptual dividida en partes, siendo este tema una de ellas donde se despliega el habitual virtuosismo de la banda… pero nada más.

    Llegó Misunderstood, del disco doble Six Degrees of Inner Turbulence, en una buena versión que desembocó en dos joyitas del pasado: Erotomania y Voices, ambos de Awake, en los que mostraronel costado más progresivo de Dream Theater. La sección instrumental del primero es para destacar. Luego siguió Take the Time, un excelente tema de Images and Words, que muestra la versatilidad de la banda pero que en vivo nunca funcionó bien.
    El tema del virtuosismo en vivo, a semejante potencia, se vuelve un show paralelo. La banda es casi estática, salvo por la actitud y escupitajos de Portnoy y las caminatas de La Brie; pero el movimiento de dedos tanto del bajista John Myung como de Rudes y Petrucci, llevan a la gente a un viaje en montaña rusa. Si alguien se cansaba de los temas sólo tenía que mirar las manos de los músicos para quedarse nuevamente absorto.

    Finalmente, para cerrar un concierto de dos horas, eligen In the Presence of the Enemies completo, composición de veinticinco minutos entre sus dos partes que es el tema central que abre y cierra Systematic Chaos. Un final a todo trapo con casi todo lo mejor de la banda: partes instrumentales impresionantes, momentos épicos, oscuros y satánicos, un estribillo pegadizo y, obviamente, mucha potencia. In the Presence… consiguió que la gente no sólo continuara de pie sino que no pararan de corear: “Dark Master within, I will fight for you – Dark Master of sin, now my soul is yours -  Dark Master of guide, I will die for you – Dark Master inside”, en una suerte de trance entre película de terror y la conversión de Anakin Skywalker ante el Emperador.
    Si el concierto hubiera sido una película de ciencia ficción, no habría sido Solaris de Andrei Tarkovsky, sino Star Wars completa: un tour de force con los mejores efectos, una historia épica con la que resulte fácil relacionarse, la mejor técnica y a comer pochoclo.


    Yo tenía serias dudas sobre si se soportaba un show largo de Dream Theater sin hartarse al enésimo unísono a toda potencia sin respiro. Este show tuvo interesantes matices y logró atraparme de principio a fin. La banda cumplió con creces las expectativas de un público que los ovacionó de pie, (en realidad… nunca se sentó) y que seguramente se quedó con ganas de volver a verlos en vivo.

    Federico Larroca

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