• Diego Schissi

    El pianista, compositor y arreglador Diego Schissi nació en Buenos Aires el 5 de febrero de 1969. De chico se interesó por el piano, pero sus estudios musicales comenzaron con la guitarra. Hijo de un reconocido y comprometido escritor argentino (dato que no sabíamos y que nos provocó un soberano ¡plop!), su banda de sonido infantil fue el tecleo de una máquina de escribir con música de diversa índole, siendo papá su DJ de cabecera. Luego sí, apareció el piano. Desapegado de las instituciones (salvo una breve incursión en el Conservatorio siendo pequeño y otra en Miami en 1996), intentó crear y modificar su propio camino.
    Luego de siete años en Estados Unidos donde, entre otras cosas, participó activamente ionterpretando diversos estilos, retornó a la Argentina a finales de los años ’90.

    En 1999, junto con Juan Cruz de Urquiza, Oscar Giunta, Rodrigo Domínguez y Guillermo Delgado, conformó el Quinteto Urbano. Con esta agrupación (de importancia capital en el movimiento jazzístico argentino), grabó tres álbumes en cinco años: Quinteto Urbano (QU Records, 1999), el doble Estudio-Vivo (Acqua, 2001) y En subida (2003), este último grabado en España y editado por el sello Fresh Sound.

    Sin embargo, las bondades de Diego Schissi no se limitan al territorio jazzístico. Ha incursionado también en el folclore, tango, música de cámara… y ha tocado, obviamente, con músicos de distinta extracciones: Facundo Bergalli, Lidia Borda, Anacrusa, Orquesta El Arranque, Diego Urcola, Raúl Carnota, Tito Puente, Gerry Mulligan, Joe Henderson, Chico O’Farrill, Fareed Haque y unos cuantos etcéteras.
    Ha compuesto música para cine (Chúmbale), teatro (varias, hoy día, dos en cartel: Cremona y El diario de Ana Frank), televisión, solo de percusión, coro mixto y orquesta, flauta y cuarteto de cuerdas y siguen los etecé, etecé, etecé.

    En el año 2007 recibió un subsidio (a apurarse que se acaban…) del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para producir su primer álbum solista, Tren, que incluye composiciones propias sugeridas, dictadas, influenciadas por textos de autores de habla hispana como Julio Cortázar, Juan Gelman, Macedonio Fernández, Felisberto Hernández y Santiago Dabove. El álbum, editado por Epsa Music en junio de este año, es interpretado por un “doble cuarteto”. Convengamos que después del mareo que nos pegó Robert Fripp con su “doble trío” ya desconfiamos de cualquier cosa. Pero en este caso es así: dos cuartetos y claramente definidos, a saber: el primero de ellos cuenta con Juan Pablo Navarro en contrabajo, Ismael Grossman en guitarra, Mario Gusso en percusión y Schissi en piano. El segundo forma con Guillermo Rubino y Hernán Ringer en violines, Ricardo Bugallo en viola y Paula Pomeraniec en violoncello.

    El resultado es intersantísimo. Un álbum conceptual que permite variadas y ricas lecturas (justamente) y que se adivinan como teóricas bandas de sonido de cortometrajes a realizar (ésta es una licencia personal que, como ocurre habitualmente, no fue extraída de gacetilla de prensa alguna).

    Pensamos entonces que era el momento ideal para entrevistar a uno de los músicos argentinos que más énfasis ha puesto en la priorización de las nuevas composiciones que en las relecturas de lo ya creado. Un punto de vista con el que no podemos menos que estar de acuerdo.
    Afortunadamente, Schissi coincidió con nosotros y así fue que nos juntamos a conversar en una apacible noche porteña. El pianista llegó puntual y, teniendo en cuenta la dedicación con la que se prestó a la charla, no cabe otra cosa que agradecer otro momento de los (muy) buenos. Reveló sin tapujos ni condicionamientos cada una de nuestras inquietudes y nos desasnó de unas cuantas cuestiones (¿les conté del “plop” al enterarnos de quién era su padre?), lo que ya no sólo se agradece sino que se valora y de manera gigantesca.
    Diego Schissi se presentará con su “doble cuarteto” el 2 de septiembre en Notorious. Pero estén atentos porque habrá más de aquí a fin de año. Y, nobleza obliga, será un placer ir anunciándolas desde este site.
    Con ustedes, Diego Schissi, un músico para disfrutar auditivamente.
    Cuando toca.
    Y cuando habla, también.

    ¿Por qué se te dio por el piano?

    Uhhh… ¡qué atrás te fuiste! No sé bien por qué; como en la mayoría de las casas en las que no hay músicos, cuando era chico no había un piano, sólo una guitarra que le habían regalado a mi hermana. Y lo del piano… no sé de dónde salió. Sí recuerdo que mi primera profesora la tuve a los 8 años. Y que a los 11 me compraron uno de esos órganos Yamaha con doble teclado y pedalera, línea familiar, de ésos que traían ritmos pregrabados…

    Algo así como un Fun Machine…

    Claro… un par de años después de ese furor. Principios de los ’80. Y tuve mi primer piano, uno vertical, a los 14. Yo estudié guitarra en el conservatorio; porque cuando fui me preguntaron qué quería estudiar, pero como no tenía piano, me encajaron la guitarra; y hasta hice el primer año de guitarra clásica. Después dejé. A los 12 años murió mi vieja, que era algo así como la sponsor espiritual de la cuestión (risas). Igualmente, ya de chico me gustaba componer mis propias canciones; estaba muy influenciado por Seru Giran y Spinetta, por supuesto. Era (soy) más spinetteano que otra cosa. Pero de chico tenía una avidez tremenda. Y cada vez que vuelvo a escuchar tanto a Charly (García) como a Spinetta, me siguen despertando cosas. Son tipos tremendos y los sigo disfrutando aunque ya no con ese espíritu teenager que me acompañó hasta los… 30 años… (risas).

    Y estábamos con el piano.

    Sí… nunca hice estudios formales; y desde que murió mi vieja el plan cambió. Dejé el Conservatorio y empecé a tener mis primeros contactos con otras músicas. Aparecieron Egberto (Gismonti), Hermeto (Pascoal)… nunca fui muy rockero. Mi viejo era escritor y melómano. Y para laburar ponía música; la banda de sonido en casa era la música a todo volumen y la Olivetti. Siempre escuché mucho de todo. A finales de los ’80 me pintaron todos los grupos de la época como The Cure, Jesus & Mary Chain, Depeche Mode, The Smiths… pero paralelamente tenía mi otro universo.

    ¿El nombre de pila de tu padre?

    Oscar Viale

    (Incrédulo) ¿Oscar Viale era tu viejo?

    Sí.

    (Luego de un largo silencio) ¡Qué herencia… y qué quilombo! (risas)

    Sí… además era un músico frustrado. Era un escritor tremendo pero quería ser músico. Mi vieja era maestra y no tengo tantos recuerdos. De joven era actriz pero luego se transformó en una de esas madres abnegadas…

    ¿Te acordás de algo que tu viejo pusiera de música que a vos te llamara la atención?

    Por supuesto. Mucho Brahms, Schumann, Bach, Vivaldi. De Stravinsky para acá, poco y nada. También los compositores italianos que hacían música para películas como Ennio Morricone o Nino Rota. De jazz y tango, prácticamente nada.

    Hacia esto apuntaba. Porque hay una pequeña sucesión de contradicciones (sonrisas). Tu madre, maestra; tu viejo, escritor. Vos, queriendo estudiar un instrumento y te dijeron que no y de pronto vos asumís todo eso como influencias pero tomás por la tangente y virás hacia otro lado…

    Sí… en realidad tengo que rectificar algo de lo que decís y es el hecho de que, de chico, siempre me entusiasmó la idea de ser compositor. Eso sí quedó. No es para salvarme que te estoy diciendo esto (risas), pero de verdad lo siento así. Indudablemente siempre quise componer.

    ¿Y cuándo se da el quiebre? Porque el piano apareció a los 14…

    De alguna manera, este desvío de la guitarra yo lo acepté; y a mi vieja le importaba más que estudiara en el Conservatorio que el instrumento en sí. Desde el órgano ya la idea del piano había pegado fuerte. Y en la secundaria mpecé a conectarme con músicos de jazz.

    Pero a vos, ¿por qué te entra el jazz? Porque hasta ese momento…

    A partir de engancharme con el piano y de tocar; de ser, además, un intérprete. Descubrí la alegría de improvisar y la libertad que se respira en el jazz. Pero me parece que, casualmente, el disco que acabo de editar es más un disco de composiciones, donde de jazz haya tal vez una sombra, pero prácticamente no hay improvisación. Creo que, de alguna manera, fue volver a esa primera idea. Con los géneros (e incluyo al jazz) tengo una relación un poco ambivalente; de, por un lado, disfrutar mucho pero, por el otro, termino peleándome con ciertas convenciones o, directamente, no aceptándolas. Quiero poner la banderita donde yo quiero, no donde a los demás se les ocurra. Cambiar reglas de juego. De alguna manera, tratar de descubrir potencialidades que yo podía tener y, también, una manera de esconder ciertas limitaciones propias. Una manera de decir que mi camino estaba por otro lado.

    Nunca estudiaste piano formalmente

    No… tuve algunos profesores pero no lo hice institucionalmente. Me siento más representado en generar música propia más que en interpretar algo ya concebido.

    Tu experiencia con el Quinteto Urbano, ¿fue la más importante que tuviste grupalmente?

    Sin dudas. Creo que fue un proyecto que nos tomó por sorpresa a todos. Fue cobrando una importancia y dejando una marca que a mí, particularmente, me sorprendió. Y creo que a todos nos sucedió lo mismo. Y lo disfrutamos mucho.

    ¿Cómo llegaste a formar parte del quinteto?

    Fue una cuestión azarosa. Había vuelto hacía dos años de Miami después de haber estado 7 años allá donde toqué mucho, especialmente música afro-cubana, latina y, por supuesto, jazz. Mis primeras experiencias con el tango fueron allá. Y cuando volví, tenía muchas ganas de tocar tango.

    Y de tango, el nombre del grupo…

    Tal cual. Hice algunas cosas ni bien llegué. Lo que sucedió fue que Rodrigo (Domínguez) tocaba en trío con Guillermo (Delgado) y Oscar (Giunta). Y nos invitaron a tocar a Juan Cruz (de Urquiza) y a mí. Y tocamos por primera vez los cinco juntos un tema mío que había compuesto en Estados Unidos. Y así surgió todo.

    ¿Te acordás cuál fue el tema?

    Sí, “La fresca”, que cierra el primer disco. A mí me ayudó mucho posicionarme en un lugar del que también en un momento me quise ir. Porque hay algunas cuestiones del “pianista de jazz” con las que no me siento identificado.

    ¿Por ejemplo?

    Se relaciona un poco con lo que hablábamos recién. Me gusta más verme como compositor que como pianista de un género.

    No lo decís vos, lo digo yo: no te ves tocando standards…

    No. Los disfruto muchísimo, pero no como propuesta artística

    El plan es la música nueva

    Sin dudas. Porque ahí es donde siento que puedo aportar algo, donde me siento útil. Una foto en la que me reconozco. Ahora, si me mostrás una foto mía tocando standards, te digo que no soy yo. Al menos hoy.

    Varios integrantes del Quinteto Urbano coinciden en que todavía no se le dio al grupo la importancia debida en función del surco que han dejado; ¿opinás lo mismo?

    No… Yo creo que sí fue un grupo reconocido y valorado incluso hoy día. También me parece que, en un momento, fuimos nosotros los que pusimos al quinteto en el freezer. Tal vez un día nos dé ganas de nuevo; probablemente, de haber tenido un poco más de paciencia, hubiéramos logrado algo de lo que los muchachos imaginan, aunque no sé exactamente qué. Pero han pasado cuatro años del último concierto y todavía la gente nos recuerda y bien.

    Vos participaste en proyectos de varios estilos: jazz, folclore, tango… ¿hay alguno en el que te sientas cómodo al margen de la música propia?

    Yo te diría que no. Te puedo decir que puedo estar cómodo en todos y, a la vez, en ninguno. Que puedo cumplir una función, digamos, satisfactoria, pero no sé ya si es una cuestión de impericia o de vagancia o simplemente la necesidad de explorar formas nuevas; no puedo determinar bien si viene de la mano de la pereza u otra falencia… o si es una virtud. Tal vez sea un poco y un poco. Pero reconozco que insertarse en un género requiere determinadas virtudes a las que yo siento que no termino de acercarme. Percibo que se podrían hacer mejor de como las hago yo. Y ahí recurro a Gismonti, que decía algo así como “en lugar de tocar el peor Bach, prefiero tocar el mejor Gismonti“. Y a esto, salvando las distancias, adhiero. Hay algo de resignarse a tocar la música de uno de la mejor manera posible; y es un camino que se me abrió no hace mucho tiempo y en el que me quiero meter, sin que eso implique el ostracismo o no sumarme a otros proyectos.

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