• Marilyn Crispell: Piano solo busca mujer inspirada y talentosa

    The Jazz Bakery – Culver City (USA)
    Domingo 18 de Enero de 2009 – 21:30 hs.

    En el campo de la composición artística, la inspiración suele estar asociada a un arresto de creatividad irracional e inconsciente. El término inspiración, cuya raíz etimológica significa “recibir el aliento”, tiene sus orígenes en el helenismo y la cultura hebrea.
    En las primeras valoraciones sobre la naturaleza de la inspiración, Homero y Hesiodo le otorgaron un origen divino. Sin embargo, el concepto fue mutando a través de la historia hasta llegar a ubicarse en un plano previo a la conciencia que no está relacionado con la habilidad y en donde destreza y técnica actúan de manera independiente. Ergo, es factible que para un artista no resulten suficientes sus habilidades y conocimientos para recibir inspiración y que alguien sin dominio técnico de una disciplina artística en particular, pueda encontrarse habilitado para tener un eventual rapto de inspiración.
    La inspiración es involuntaria y se asimila sin un entendimiento cabal de lo que está sucediendo, por lo tanto ocurre esporádicamente y se presenta de manera inesperada. Pretender configurar un ritual para la inspiración, además de resultar un despropósito, puede tener funestas consecuencias.
    En tal sentido basta citar el caso de un famoso músico que abusaba de la inspiración.
    La noche lo inspiraba, las mujeres lo inspiraban, el alcohol lo inspiraba, las drogas lo inspiraban y así siguió inspirándose hasta que finalmente expiró.
    No produjo ninguna obra, es cierto, pero en el ínterín se divirtió como loco.
    Todo esto viene a referencia del concierto con improvisaciones en solo piano que ofreciera Marilyn Crispell en la ciudad de Culver City.

    Marilyn Crispell es una pianista, compositora e improvisadora de incomparable personalidad. Su elocuente estilo oscila con naturalidad entre el rigor de la formalidad académica y la experimentación sin límites estructurales. En su discurso pianístico se congregan lirismo, inventiva, técnica, expresividad, buen gusto e inteligencia unificados en una constante tendencia a la exploración de nuevos horizontes musicales. Su dilatada y sobresaliente trayectoria incluye su permanencia por más de una década en el Anthony Braxton’s Quartet, su paso por el Reggie Workman Ensemble e invalorables aportes como miembro de la Barry Guy New Orchestra, el Henry Grimes Trio, el Quartet Noir y el Anders Jormin’s Borton Quintet, entre otros.
    En su vasto universo estilístico confluyen: su inicial formación clásica (estudió piano clásico y composición en el New England Conservatory) con el dictado de clases en improvisación. La relectura de obras de autores tan disímiles como John Cage, Anthony Davis y Annette Peacock con sus propias composiciones. La radicalidad de sus improvisaciones como extensión de su admiración por Cecil Taylor y John Coltrane con trabajos de un elocuente lirismo que admite influencias de pianistas como Paul Bley y Bill Evans. Su principal conquista es haber sabido reunir esos contrastes en un vocabulario de unívoca frescura, elegancia, balance y originalidad.
    Es dable suponer que, de todos sus proyectos, en donde se exponen más vivamente las características que la distinguen es en sus presentaciones de improvisación en solo piano. Por esa razón, su actuación en The Jazz Bakery abrigaba enormes expectativas.

    Recuerdo que en los momentos previos al concierto vino a mi mente la palabra inspiración. Como ya mencionamos, la inspiración en el campo de la composición artística se produce en un plano que precede a la consciencia, es involuntaria y esporádica y su carácter aleatorio es ajeno a los rituales.
    En consideración a esos principios, me sentí impulsado a reflexionar sobre la respuesta del artista ante la solemne ceremonia de enfrentar a un auditorio sin el sostén de la partitura. El artista, tal vez, puede eludir el riesgo de invocar a las musas recurriendo a sus habilidades y destrezas. En ese caso la inspiración dejará su lugar a una especie de proceso consciente de revelación en donde interactúa con la visión de su entorno. También es probable que haga hincapié en obedecer a lo establecido e imitar o aproximarse al conocimiento adquirido para producir una labor diferente que evidencie un cambio, no tan impresionante pero mucho más comprensible que el de la involuntaria manifestación de la inspiración.
    Sin descartar, por supuesto, que la sensibilidad del artista le permita acceder a un estado de inspiración eventual y coincidente con el rito de la actuación.
    Pensaba en voz alta sobre todo esto cuando escuché una voz del más allá que me dijo: “¡Pensá en silencio, imbécil.” De inmediato deduje que esa voz se dirigía a mí y comprobé que, efectivamente, provenía del más allá… más allá de la quinta fila.

    Mientras ejercitaba cómo pensar en silencio (ser imbécil es mucho más sencillo) ingresa al escenario Marilyn Crispell.
    Esta amable señora de noble aspecto sin más trámite ni preámbulos, desata un impiadoso torbellino de improvisación en el que, mediante cascadas de notas fracturadas y un notable dominio de las disonancias, deja aflorar los aspectos más oscuros, laberínticos y abstractos de su imaginario pianístico. El proverbial dominio de los silencios y anticipaciones y la autoridad para enlazar acordes irregulares, hacen que cualquier calificativo parezca accesorio ante el conocimiento que demuestra de las reglas de su instrumento. Crispell nos sumerge en un mar de complejas estructuras asimétricas alejándose de histrionismos innecesarios para dar lugar a un alegato poderoso y desestabilizador en el que subyace una indisimulable sensación de paz y sosiego. De pronto emerge una delicada melodía que intuimos familiar, aun cuando sólo responda a los parámetros de la composición espontánea o la libre improvisación. La música va surgiendo sin las ataduras de la partitura, sin las limitaciones de un riguroso libreto, simplemente fluye de su inspiración circunstancial con una intensidad y belleza que transforma el asombro inicial en un estado cercano al éxtasis.

    Esto me condujo a pensar (en silencio, por supuesto) que la aproximación a la inspiración, ya sea a través del modelo empírico o místico, se encuentra por su propia naturaleza fuera de nuestro control.
    Es algo que viene del interior y brota indeliberadamente. Empero, no todo lo que brota de nuestro interior es inspiración. Sin ir más lejos, cierta vez sentí que la inspiración venía de mi interior; pero lo único que me brotó fue un orzuelo.
    En definitiva, no es mucho más lo que puede decirse sobre la inspiración; pero sí estoy en condiciones de asegurar que un orzuelo es una inflamación de las glándulas sebáceas de Zeiss en la base de las pestañas, causada por una infección bacteriana que comúnmente tiene su origen en el estafilococo aureus.
    No es peligroso pero… moleestaaa… molesta como la… molesta.
    Siguiendo con el tema en tratamiento, corresponde señalar que la forma más sencilla de curar un orzuelo es aplicar calor seco mediante un huevo duro recién hecho.
    ¡Y preste atención por favor! Es horrible vivir sin inspiración y, encima, con un orzuelo. Déjelo enfriar un poco (me refiero al huevo) hasta que su temperatura sea tolerable y manténgalo apoyado en la zona afectada (me refiero al ojo).
    Y tenga cuidado de no romperlo (Me refiero al huevo y al ojo).

    El concierto continúa con un extenso pasaje que oscila entre el enunciado melódico y el uso expansivo de los silencios. Un vaivén que articula con exquisitez un registro íntimo de lentos movimientos cromáticos con un reposado desarrollo emocional.
    Aquí, Crispell confirma su habilidad para producir un ilimitado material de improvisación sobre la base de uno o dos acordes, permitiéndose además hiperactivas inserciones melódicas que incluyen un segmento del tema Gathering of Light del album Vignettes y algunos compases del clásico de John Coltrane, After the Rain. Todo expresado con un fino lirismo que sólo reconoce las barreras auto impuestas.
    Luego, una sutil y vaporosa línea melódica que orilla los contornos de Sweden se transforma en un sofisticado ejercicio rítmico y armónico de nostálgica sensibilidad y romanticismo. Por un instante Crispell, mediante el estratégico uso del pedal de resonancia, deja suspendida una nota. Como si fuese un mantra, repite el recurso para luego liberar un desaforado interludio lleno de enérgicos bloques sonoros y amplios espacios exteriorizados. Ese ejercicio catártico se disipa lánguidamente para confluir en los bellos y sentidos fraseos de Little Song for my Father del álbum Vignettes.
    Final. El público aplaude de pie y Crispell agradece con una gentil reverencia.

    Sabido es que, en la improvisación, el músico traslada espontáneamente al instrumento la melodía y la armonía en tiempo real usando el oído como conexión entre el cerebro y las notas. En la improvisación hay criterios expresivos y musicales específicos. Incluso el improvisador elige o inventa las técnicas que va a emplear.
    Estamos seguros que Marilyn Crispell domina esas leyes con propiedad y solvencia, pero además parece haber logrado descifrar los códigos secretos de la inspiración que permiten conectar la música con las emociones más profundas del artista.
    Lo cierto es que la inspiración está o no está.
    Y en la noche de The Jazz Bakery, estuvo.
    Como si hubiese acudido en respuesta a un aviso que decía: Piano solo busca mujer inspirada y talentosa, Marilyn Crispell llegó a Culver City para quedarse con el puesto.
    Al menos por una noche.
    Y eso es mucho más de lo que la mayoría puede conseguir.

    Sergio Picirilli

    Nota: Se agradece el aporte fotografico realizado por Claudio Casanova.

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