• Mostly Other People Do the Killing: Forty Fort

    Pen Argyl, Rough and Ready, Blue Ball, Nanticoke Coke, Little Hope, Forty Fort, Round Bottom Square Top, St. Mary’s Proctor, Cute

    Músicos:
    Moppa Elliott: contrabajo
    Peter Evans: trompeta
    Jon Irabagon: saxo alto, saxo tenor
    Kevin Shea: batería, electrónicos

    Hot Cup Records, 2010

    Calificación: A la marosca

    En una broma se puede decir hasta la verdad (Sigmund Freud)

    Vivimos una época en la cual las instituciones rectoras de la sociedad están siendo cuestionadas. Observamos impávidos que la familia tradicional, el estado, los conceptos de patria y propiedad y las entidades financieras, eclesiásticas o culturales se tambalean, trastabillan y resbalan como si hubiesen pisado una cáscara de banana. La cruel realidad a la que hemos sido sometidos, por esas mismas instituciones a las que cuestionamos, han provocado una especie de despertar subversivo que se traduce en reflexiones, dudas, controversias y un consecuente sacudón a los estereotipos que representan los organismos de control social y a los valores establecidos por los supuestos formadores de conductas. El arte oficial no es ajeno a esos cuestionamientos ya que sus soporíficos y fingidos discursos sólo parecen abogar por la justificación de un sistema en donde la inteligencia, el ingenio, la transgresión, la ironía, lo comprometido o el humor políticamente incorrecto no tienen cabida.
    Desde los templos inmaculados de ese arte oficial se imparte un mensaje doctrinario cuyas banderas son el tedio, la letanía, la solemnidad, la pose aséptica, la frialdad y la falta de compromiso. En definitiva, todo aquello que sirva para evitar el cuestionamiento al sistema establecido y que permita mantener el status quo.

    En las instituciones formadoras de opinión hallamos también un común denominador: la ausencia de humor, o peor aún, el sometimiento a una perversa operatoria que nos obliga a responder mecánicamente. El humor es una expresión humana que no sabe de poses, es un arresto de espontaneidad que emerge naturalmente. El humor además nos protege ante situaciones cuyos desenlaces producirían intensas emociones o efectos dolorosos, ya que quien ejercita el humor, como decía Freud en El Malestar en la Cultura, “se conduce como un padre que consuela y muestra a su hijo que la situación temida no es tan terrible”. Cuando el humor tiene un sesgo cuestionador y transgresor de lo establecido, genera consciencia, crea un lazo social y oficia de coartada para que el individuo pueda expresar una verdad cuya manifestación resultaría imposible por otros medios. No sólo por la obstrucción deliberada de esos medios que ejerce el establishment sino también porque intentar envasar esa verdad en un discurso formal haría de ella un saber triste y solemne con el cual el sujeto no lograría vincularse, ni sentirse representado e identificarse.
    El arte oficial nos dicta las pautas de comportamiento, nos enseña a proceder “correctamente” y nos advierte que lo insólito, lo absurdo y lo paradójico del humor no corresponde a las normas de conducta de un público “culto”, serio y formal. Así es como pretenden hacernos creer que reír a carcajadas en una exhibición de arte, sin importar que estemos ante un cuadro de Rembrandt o un póster de Mickey Mouse, es síntoma de un público inculto. De la misma forma nos enseñan que no debemos responder ante algo que nos causa gracia sin antes escuchar risas pregrabadas que nos digan, de acuerdo a su intensidad, cuándo sonreír y cuándo soltar una estentórea carcajada. Esas desmedidas pretensiones son un verdadero despropósito ya que la satisfacción ligada al humor ocurre cuando la represión intencional, los valores admitidos, el control del pensamiento y la moral son subvertidos o transgredidos por una operatoria humorística derivada del inconsciente. Ergo, el humor está en nuestro mundo interior y su canalización en libertad es una celebración de la vida.

    En el arte musical contemporáneo el jazz ha sido (y es) una de las formas creativas que mejor insinúan esos conceptos de libertad de expresión del mundo interior del artista; tal vez por ello sus cultores originales fueron reprimidos, perseguidos y raleados del arte oficial de su tiempo. Sin embargo hoy en día, desde las instituciones formales, se impulsa el purismo del jazz. Llama la atención que ese supuesto purismo, con su pulcro accionar y su adecuación a las normas “correctas” de comportamiento, contraste visiblemente con los orígenes contestatarios, marginales y libertarios del jazz. Por suerte en la actualidad, ese supuesto purismo institucional del jazz, también está trastabillando y se tambalea grotescamente después de pisar varias cáscaras de banana. Una de ellas, sino la principal, es Mostly Other People Do the Killing.
    El imaginario creativo de esta banda liderada por el contrabajista y compositor Moppa Elliott ofrece una revoltosa, atrevida y valiente recorrida por el espectro completo de la historia del jazz, manifestando un cabal conocimiento de su genealogía tradicional pero reemplazando las ataduras dogmáticas y las reverencias subordinadas al arcaísmo por una postura emancipadora y revolucionaria que tiende a desacralizar y socavar las bases culturales del purismo en el jazz a través del humor, la sátira y la parodia.
    Los representantes institucionales del purismo, como suele ocurrir, alegan que la propuesta de Mostly Other People Do the Killing “no es jazz”. No sabemos si cuentan con un detector de última generación que determina con precisión cuándo algo es o no es jazz, lo que sí sabemos es que ante cada uno de los álbumes de la banda vuelven a resbalar torpemente y repiten la escena del porrazo una y otra vez.

    Indiferente a todo esto, MOPTDK sigue produciendo álbumes sorprendentes, salvajes, inteligentes y (muy) divertidos y continúa nutriendo la propuesta embrionaria manifestada a partir de su debut discográfico en 2005, con ideas innovadoras e inesperadas. Así ocurrió con Shamokin!!! de 2007, lo mismo pasó en This is Our Moosic de 2008 y ahora vuelve a suceder con su último trabajo: Forty Fort.
    En este nuevo esfuerzo la diversión comienza antes de que la música empiece a sonar, ya que el arte de cubierta es una imitación burlona del álbum de Roy Haynes de 1962 Out of the Afternoon. En tanto que la información que acompaña al disco, firmada por un tal “Leonard Featherweight” (parodiando al legendario crítico de jazz Leonard Feather), sólo habla de la vestimenta de Haynes y los músicos que lo acompañaban en aquel álbum (Henry Grimes, Tommy Flanagan y Roland Kirk), en mordaz alusión al apego a las modas y al desinterés por el contenido musical de parte de la crítica especializada.

    El disco abre al alocado galope de Pen Argyl. Una exploración deforme, cuasi absurda, que orbita desde la perspectiva del jazz los contornos del blues, el funky, el boogaloo, la música disco y el rock. Una plástica impetuosa y precipitada en la que se entrelazan el desaforado virtuosismo del saxo alto de Irabagon y la trompeta de Evans, el caricaturesco academicismo del contrabajo de Elliott y los insensatos patrones percusivos a cargo de Shea. Rough and Ready es una impiadosa deconstrucción de clichés del jazz-fusión de los ‘70 rematado en una coda que alude a Weather Report.
    Blue Ball es un adorable pastiche de bossa-nova, improvisación microtonal y la Herb Alpert & the Tijuana Brass del que inesperadamente fluye la melodía de Strut de Sheena Easton y estoy muy seguro de lo que digo… porque mis hijas solían cantar ese tema cuando se hizo popular en 1984. Es probable que usted piense que si mis hijas ya cantaban en 1984 yo debo ser contemporáneo a Tutankamón pero… ¡no! Por aquel entonces era sólo un niño… Bueno, digamos un niño de la tercera edad. Mire lo joven que sería en aquellos tiempos que la menor de mis hijas… ¡¡era mayor que yo!!
    Nanticoke Coke ofrece una mixtura de swing tradicional, funk de alto octanaje, libre improvisación y fire music que en otra broma macabra incluye citas del intragable Memory, tema de Andrew Lloyd Weber incluido en el mega éxito de Broadway, Cats.

    En la desopilante Little Hope el saxo de Jon Irabagon y la trompeta de Peter Evans suenan como si Ornette Coleman y Don Cherry improvisaran libremente sobre una canción pop de Phil Collins. Claro que si hoy día Collins, con 60 años a cuestas, quisiera tocar como Kevin Shea, terminaría como en la escena de un crimen con su figura dibujada en tiza sobre la batería. Forty Fort es una jungla de sonidos en donde conviven armonías ellingtonianas, soft rock ochentoso, bebop de los cincuenta, smooth jazz y fusión al estilo de Brecker Brothers. Todo esto, aunque resulte increíble, sucede sin que la plástica de MOPDTK pierda identidad, suene impersonal, vetusta o kitsch. Round Bottom Square Top y St. Mary’s Proctor recorren un lecho más convencional pero no menos eficaz ni exento de sarcasmos e impactantes acciones instrumentales.
    El cierre es con una breve y anti-climática versión del tema de Neil Heftel: Cute, que como chiste final incluye a modo de bonus track el sonido del agua corriendo por el inodoro y una voz diciendo (con justa razón) “has hecho un gran trabajo”.

    Ya nadie duda de las cualidades de MOPTDK, aunque algunos señalan que sin esa pátina de humor que recubre a la banda estaríamos en presencia de uno de los grandes hitos del jazz. A nuestro modesto entender, eso sería como plantear qué hubiera pasado si Groucho Marx, en lugar de ser comediante, se hubiese dedicado a la tragedia griega. No sabemos lo que habría sido de él pero estamos seguros que, sin su humor, la vida sería hoy mucho más aburrida. MOPTDK, al igual que Groucho en su momento, no hace más que ser fiel a sus principios mediante la ironía y el humor.

    Estos son mis principios, si no le gustan tengo estos otros (Groucho Marx)

    Sergio Piccirilli

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