• Laura Andel

    La fuerza creadora del ser humano es un concepto que parece eludir la denominación unívoca. Su indecible misterio, la dificultad para desentrañar sus códigos secretos y las complejidades que obstaculizan el acceso a los mecanismos que facilitan su desarrollo, generan una sensación de distancia entre lo innegable de su existencia y las definiciones que nos ayudan a la comprensión de su dinámica. Sin embargo, como decía Paul Klee en relación a la fuerza creadora: “Nosotros mismos estamos cargados de esta fuerza hasta el último átomo de médula. No podemos decir lo que es, pero podemos aproximarnos a su fuente”.
    Uno de los espacios de la actividad humana en donde mejor se visualiza la fuerza creadora es en el arte ya que, como también afirmara Klee: “El arte es la imagen de la creación”.
    Más allá del conocimiento cabal de la ilación entre fuerza creadora y arte o de la adjudicación de rótulos circunstanciales que nos provean seguridades en ese campo está claro que, de forma explícita o subliminal, todos poseemos impulsos creadores que, de no ser protegidos o reforzados por el contexto, pueden iniciar un paulatino proceso de inhibición u ocultamiento. Esa perversa operatoria inhibidora de la fuerza creativa innata a cada individuo, suele llevarnos a colegir que la construcción de arte no nos pertenece, que está lejos de la vida cotidiana, que su producción está confinada a una genialidad exponencial que nos es ajena y que acontece en un tiempo pasado sólo transitado por los más calificados. Así nos vamos alejando de la fuente creadora haciendo que disminuyan o incluso desaparezcan por completo las posibilidades de ajustarnos a una vida creativa. Es probable que no exista un antídoto universal contra aquello que aliena nuestra potencia creadora pero, de haberlo, es muy factible que incluya una mixtura de ingredientes basados en la exploración de nuestro mundo interior, la búsqueda de contextos enriquecedores, la confianza para eludir fórmulas obsoletas, la valoración de nuestra capacidad para experimentar y, finalmente, la valentía para hacer la obra y reconocernos a nosotros mismos en la resultante de ese impulso creativo.
    Un paradigma genuino de la vocación por mantener y potenciar la fuerza creadora y afrontar los sacrificios que implica, se encuentran debidamente acreditados en la trayectoria de la compositora argentina Laura Andel.

    La irrenunciable búsqueda de nuevos horizontes musicales, la profundidad conceptual y el nivel de elaboración que exhiben sus producciones artísticas más recientes, le otorgan a su obra un indiscutible signo de individualidad que no parece provenir de un afán deliberado por diferenciarse de los demás sino de la naturalidad que emana de una necesidad interior.
    El ideario compositivo de Laura Andel transita territorios de infrecuente complejidad sonora y su elaboración se expresa al amparo de principios que rubrican su singularidad conceptual.
    En el álbum SomnambulisT de 2003 hallamos una simbología que, integrando a la orquesta y el auditorio, ilustra el recorrido onírico del sonámbulo; mientras que en In::Tension de 2005 peregrina por múltiples arcos en los que experimenta con intensas texturas electrónicas y percusivas; en tanto que en Doble Mano, de 2009, emergen referencias al tango de forma sublimada en equidistancia con instrumentos ancestrales como el gamelán de Indonesia.
    Las composiciones de Andel se exteriorizan al amparo de conceptos tan personales como de irrebatible argumentación, tales como la representación gráfica de sus obras (algunas de las cuales fueron incluidas en una exhibición colectiva de notación gráfica en la música contemporánea realizada en The Kitchen de New York) o la recurrencia a cambios aleatorios a los que denomina “organismos”, o mediante el concepto de cambios predecibles a los que identifica como “mecanismos”.

    En los últimos años Laura Andel, pese a dominar múltiples instrumentos (flauta, saxo, piano, berimbau, etc.), se ha concentrado con exclusividad en sus roles de compositora y conductora. En las distintas encarnaciones instrumentales que lideró últimamente (Laura Andel SomnambulisT Orchestra, Laura Andel Electric Percussive Orchestra, Laura Andel Orchestra y Gamelan Son of Lion) han participado y colaborado algunos de los músicos más representativos de la escena musical contemporánea como Taylor Ho Bynum, Carl Maguire, Reuben Radding, Joel Harrison, Andrew Drury, Stephanie Griffin, Pamelia Kurstin, Oscar Noriega, Kyoko Kitamura, Jamie Baum, David Simons, Nate Wooley, Matt Bauder, Anthony Coleman y Elliott Sharp, entre otros.
    Laura Andel nació, creció y dio los primeros pasos de su carrera artística en Buenos Aires, Argentina. Allí estudio saxo y flauta en la Escuela de Música Popular de Avellaneda (graduándose en interpretación de tango y jazz) e integró distintas agrupaciones musicales tales como el Renaissance & Baroque Music Trio, la banda andina Ollantaytambo (junto a quienes edito en 1987 el álbum Música de los Pueblos de América del Sur) y el grupo de música latinoamericana Andamarka. En 1993 se trasladó a Boston para continuar sus estudios en composición en el prestigioso Berklee College of Music en donde completó las carreras de Composición de Jazz y Música para Cine. Durante su estancia en Boston conformó el Laura Andel Saxophone Quartet.
    Más tarde se trasladaría a New York, ciudad en la que reside actualmente y en donde desarrolla el cuerpo principal de carrera musical.
    Laura Andel ha recibido becas, comisiones y premios por su trabajo de parte de reconocidas instituciones: BMI Foundation, Jerome Foundation, Unesco-Aschberg Rockefeller Foundation, American Music Center, Massachusetts Cultural Council, New York State Music Fund, Roulette Intermedium, The Kitchen y del Senado de Ciencia, Investigación y Cultura de la ciudad de Berlín. Sin dejar de mencionar entre los reconocimientos (y nos consta) los elogios y la admiración que le profesan sus colegas.
    Con ustedes, Laura Andel.

    Lao Tse decía que “Un viaje de mil millas empieza con un paso”; y ese primer paso a veces es el más difícil de todos. ¿Cuál fue tu primer paso? ¿Cuándo ocurrió ese momento de decisión que ha quedado registrado en tu memoria como el inicio de este largo viaje?

    No hubo un momento específico de decisión con la música en sí, ya que comencé a relacionarme con ella desde muy niña. Mi recuerdo es que sentía atracción por la música y que a los 5 años comencé a tomar clases. Mi recuerdo es que la música era un juego de preguntas y respuestas, un juego de diálogo e improvisación y un juego matemático y de ingenio al aprender a entender la relación espacio-temporal. Todo esto me divertía y atraía de manera inocente y primal. La música era parte de mi pequeño universo. En cambio, sí hubo una decisión más consciente con la composición. Creo que fue una maduración lógica. Inicialmente, comencé a interesarme en la composición alrededor de los 16 años. A partir de ahí, gradualmente, comenzó a tener más peso en mi expresión artística.

    Hablemos de esa etapa formativa, tu paso por la escuela de música étnica y el colegio Avellaneda y tus estudios en instrumentos andinos. En educación, los dos factores que determinan el aprendizaje son el interés y la atención. El primero porque despierta la curiosidad o hace que acudamos en pos del objeto y el segundo porque nos lleva a focalizarnos en el proceso de aprendizaje. No obstante, entre ambos existe la motivación intrínseca, lo que Koestler llamaba “la preocupación creadora”. Eso es lo que nos lleva a hacer algo porque nos resulta satisfactorio o agradable. En tu caso, ¿cuál fue la motivación intrínseca durante esa etapa de formación?

    Antes que nada, considero que la etapa formativa de una persona es constante. No hay “una” etapa formativa per sé. Uno siempre está aprendiendo, formándose, absorbiendo y transformando ideas y conceptos que nos interesan. Mi etapa formativa inicial podría dividirse en dos lapsos bien marcados: niñez (5-13 años) y adolescencia (14-19 años). Durante mi ciclo formativo de la niñez, el enfoque era el juego y la música. Fue una etapa de formación en la cual aprendí a leer y escribir música, a improvisar y a sumergirme en el lenguaje de la música renacentista y barroca. Luego, a partir de los 14 años, comencé a interesarme en tocar otros instrumentos, escuchar música diversa, a tocar en diferentes grupos y a viajar. La motivación intrínseca en esa etapa inicial de formación fue la avidez, la curiosidad, las ganas de conocer y experimentar cosas distintas. Siempre me atrajo viajar y conocer otras culturas a las que estaba habituada. En ese momento inicial de formación, me interesaba mucho absorber múltiples tipos de música, aprender a tocar instrumentos disímiles, a conocer gente diferente. Eso me llevó a que casi cualquier oportunidad que se me presentara, la tomara. De allí, se iban abriendo puertas a otros caminos que no imaginaba en ese momento.

    Tus estudios iniciales parecen integrar un cuerpo orgánico de trabajo con las experiencias en aquellos tiempos junto a Ollantaytambo y Andamarka. ¿Lo fue? (risas) Quiero decir, ¿hubo una secuencia lógica fundada en “interés-aprendizaje del objeto de interés-exposición de lo aprendido” o fue un proceso aleatorio? Pregunto esto porque, en muchos casos, existe un disparador inesperado de los procesos evolutivos que nada tienen que ver con la lógica convencional. Por ejemplo, Albert Einstein manifestaba que la “preocupación creativa” que alimentó su fascinación por el universo provenía de una brújula que le regaló su tío cuando era niño…

    Como dije en la respuesta anterior, siempre me atrajo absorber distintas influencias. Muchas veces, esta actitud me llevó a tomar y transitar caminos no premeditados. Creo que, hasta cierta edad, me dejé llevar más por lo aleatorio y por lo que se daba espontáneamente porque, en aquella etapa adolescente, lo que me interesaba era absorber todo tipo de influencias. Luego, naturalmente comencé a enfocar un poco más mis intereses y a desarrollar áreas específicas de esos intereses. Por ejemplo, gran parte de mi enfoque se concentró en desarrollar proyectos compositivos artísticos.

    ¿Qué te llevó a estudiar en Berklee y radicarte en Estados Unidos?

    El destino. No fue muy premeditado, pero sí creo que la decisión estaba alineada con mis deseos de viajar, de conocer lugares nuevos y sumergirme en una cultura distinta. En un principio fui a Berklee por un semestre de prueba y me gustó tanto que me quedé. No sólo terminé una carrera (Composición de Jazz), sino que después terminé otra (Música para Cine). El tema de radicarme en Estados Unidos se fue dando naturalmente; un poco dado por las oportunidades y posibilidades artísticas que se me presentaban y otro poco porque siempre me fascinó la diversidad cultural. Mi deseo de continuar viviendo en Estados Unidos no fue fácil desde un punto de vista logístico; porque lograr la residencia permanente es complicado y, más aún, cuando uno lo hace como un artista independiente. Luego de muchos años de trabajar en el caso y con mucha perseverancia, logré conseguir la residencia permanente.

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