• Delfina Oliver: Camino

    All I Want, That Old Feeling, Porgy & Bess Medley, What a Wonderful World, River, Nostalgia in Times Square, My Favorite Things, God Bless the Child, You’re Getting to Be a Habit, Embraceable You, Night and Day, Reincarnation of a Lovebird

    Músicos:
    Delfina Oliver: voz
    Carto Brandán: batería
    Jerónimo Carmona: contrabajo
    Miguel Tarzia: guitarra
    Juan Cruz de Urquiza: trompeta
    Ramiro Flores: saxos
    Juan Canosa: trombón
    Invitado:
    Enrique Norris: corneta en That Old Feeling, Nostalgia in Times Square y Night and Day

    Delphin Records, 2010

    Calificación: Está muy bien

    Es el título que se daba al primogénito del rey de Francia. Se dice que eran sagrados para Afrodita y Apolo. También se denomina así a una pequeña constelación del hemisferio norte muy cerca del Ecuador celestial. Puede ser reconocida fácilmente en el cielo por su aspecto. Se halla rodeada por Vulpecula (la zorra), Sagitta (la flecha), Aquila (el águila), la constelación zodiacal de Acuario, el pequeño caballo Equuleus y finalmente por Pegaso, el caballo alado. También nos estamos refiriendo a un cetáceo piscívoro, de unos tres metros de longitud, negro por encima, blanquecino por debajo (¿hincha de All Boys?), cabeza pequeña, ojos diminutos, de hocico delgado y agudo (símil pato), con una sola abertura nasal y, para la mayoría, bastante simpáticos.
    Estamos hablando del delfín; el mamífero marino que más se adapta a la vida en cautiverio, que se alimenta de pececitos, moluscos y similares en cantidades industriales, del que existen unas 32 especies (el más conocido es el delfín mular, ése al que puede verse en zoológicos, circos y acuarios haciendo monigoterías), que suele vivir en sociedades (manadas) de hasta 100 individuos, que es extremadamente solidario, saltarín, habita en mares templados, no bebe agua dulce (ni vino ni fernet) y del que podemos encontrar innumerables relatos mitológicos con protagonistas como Poseidón, Anfítrite, Arión, Melicestes y Dionisio, entre otros.

    Los delfines se comunican, esencialmente, a través de sonidos; es aquí donde entra en juego la ecolocación, término acuñado en 1938 por un tal Donald Griffin. La ecolocación es habitual también en murciélagos y cachalotes. Usted a esta altura (o a otra) se estará preguntando qué es la ecolocación. Y no sabe qué buena es la pregunta…
    Según el Pequeño Larousse Ilustrado, es la “medida de la distancia de un objeto por el tiempo que pasa entre la emisión de una onda acústica y la recepción de la onda reflejada en dicho objeto”. Se entendió, ¿no? No.
    A ver… segundo intento: Algunos animales emiten sonidos en su entorno e interpretan los ecos que generan los objetos a su alrededor. Hummmm… escaso, ¿verdad? La ecolocación es… o sea… bueno… se ve que está incisivo e inquisidor hoy… pero colabore un poquito… a ver si ahora podemos clarificar: el animalito emite un sonido que rebota al encontrar un obstáculo y analiza el eco recibido; y aunque le resulte difícil de creer (y a mí, por lo visto, de explicar), esto le permite al bicho recrear la posición espacial del objeto, incluso su distancia, tamaño y otras características. Imagine usted la situación: el delfín emite una serie de sonidos cuyo rango es muy superior al de los humanos y de rebote recibe la información de que se encuentra, por ejemplo, a dos metros y catorce centímetros de un opíparo pulpo que será deglutido a la brevedad. O bien que el sendero por el que desea transitar no es el adecuado y que debe buscar otras alternativas.
    Mire usted…

    La cantante Delfina Oliver debutó discográficamente en 2005 con Mirada. Un álbum que sorprendió por sus arreglos (a cargo del contrabajista Mariano Otero) y que contó con un grupo de excepción (además de Otero, Brandán, Arredondo, Lo Vuolo, Domínguez y Norris), con el que Oliver abordó standards de manera comprometida y arriesgando de manera inhabitual en un primer disco.
    Cinco años después concreta la edición (en forma independiente, creando su propio sello Delphin Records) de su segundo CD: Camino. Pero no vaya a creer que este lustro la mantuvo estática, quieta, guardada, inmóvil. Luego de presentar Mirada, Oliver buscó, probó, intentó y transitó por variados senderos. Así fue que se presentó en dúo, trío, cuarteto, quinteto, sexteto, septeto, big band e incurriendo en un repertorio que incluyó a Gershwin, Ornette Coleman, Mingus, Joni Mitchell, Porter, Holiday, Harold Arlen y un largo etcétera.
    Las incógnitas se fueron despejando, quedando un repertorio que el guitarrista Miguel Tarzia se encargó de arreglar y también de interpretar junto con Carto Brandán en batería, Jerónimo Carmona en contrabajo, Juan Cruz de Urquiza en trompeta, Ramiro Flores en saxos, Juan Canosa en trombón y, como invitado en tres temas, Enrique Norris en corneta. Antes de que usted compare, se lo decimos: la principal diferencia, a simple vista, es la ausencia de piano. Un dato no menor.

    Algo que querría confesar nuevamente es mi descrédito, a priori, de los discos en que las cantantes recurren a los standards (o clásicos, no pretenda usted inmiscuirme en un debate estéril). Porque las comparaciones suelen ser odiosas, sí, pero también necesarias e ineludibles. Y con tantas grandes habiéndolo hecho de manera insuperable… ¿cuál sería el sentido, el motivo, la necesidad?
    Afortunadamente hay algunos ejemplos de artistas que con voluntad, esmero, trabajo, talento y dedicación, han sabido ofrecer algo distinto y no una mera copia de lo realizado hasta el hartazgo. Ya en Mirada Delfina Oliver apostó por un arreglador no convencional y por músicos inquietos, con mucha personalidad e inventiva. Y para Camino la mayoría de los nombres han cambiado, pero no la intención de abordar las composiciones desde otro(s) lugar(es), asumiendo riesgos que a esta altura son tan necesarios como (lamentablemente) infrecuentes.

    Porque al igual que en su primer álbum, Oliver delegó en un músico para nada complaciente la tarea de los arreglos. Así, el abordaje de cada una de las composiciones resultó un reto bastante alejado de lo que marca el Real Book. La intención, desde ya, es para resaltar mucho más allá del resultado final. Igualmente intentaremos contarle con qué puede usted encontrarse en este disco.
    Que comienza con All I Want, composición de Joni Mitchell que originalmente apareciera en Blue (1971). Un inicio que descansa en el contrabajo de Carmona, los delicados aportes de Tarzia y Brandán y el detalle de la trompeta asordinada de Juan Cruz de Urquiza. La versión no rompe las reglas en la superficie pero sí desde el sutil entramado armónico comandado por el guitarrista. Oliver, por su parte, elude el protagonismo interpretando sin estridencias. Buen arranque.
    That Old Feeling propone un inicio a capella; nuevamente Carmona oficiando de segunda voz, un Brandán más enérgico, los caños imprimiendo otra coloratura y el siempre ínclito Norris en corneta como elemento distintivo. Porgy & Bess Medley brinda un primer minuto mágico protagonizado exclusivamente por la voz de Delfina Oliver y la trompeta de Juan Cruz de Urquiza. Brandán, Carmona y Tarzia se suman con cadencia bluesera sin interferir en el diálogo pre-existente. Oliver, además de involucrarse de lleno en los arreglos propuestos por el guitarrista, interpreta con autoridad permitiendo además el lucimiento del trompetista en un solo ubicuo y prístino.

    What a Wonderful World no sorprende; pero sí aporta un interesante solo de Ramiro Flores y cierto pasaje “terrorista” que levanta el sport. River, otra composición de la canadiense Joni Mitchell (y también de Blue), tiene su mayor atractivo nuevamente en la lúcida entrega que asoma desde la retaguardia. Nostalgia in Times Square, de Mingus, brinda una faceta rocker que le sienta de perlas y donde Oliver parece sentirse verdaderamente a gusto. Todo parece (¿parece?) estar bien aquí. La energía que imprimen Brandán, Carmona y Tarzia encuentra un correlato ideal en los caños y en el distintivo aporte de Norris en corneta. Gran composición, notable arreglo y, en lo personal, de lo más elevado del álbum.
    La calma regresa en My Favorite Things (donde vuelve a descollar Ramiro Flores y donde Oliver por momentos suma su voz a los caños cual si fuere un instrumento más) y en God Bless the Child, con la cantante en buena forma y logradas intervenciones de Flores y de Urquiza. You’re Getting to Be a Habit acelera el pulso y permite apreciar el sólido aporte de la base rítmica y un interesante solo de Juan Canosa en trombón. Embraceable You ofrenda el protagonismo de Miguel Tarzia en guitarra; pero parecen sobrar aquí un par de minutos. Night and Day cuenta con un groove sostenido, los buenos oficios de Enrique Norris y Juan Canosa y a Oliver transitando un sendero que conoce a la perfección. El final es Reincarnation of a Lovebird, otra composición de Mingus; esta vez, con un tratamiento más standard, la cantante exigiéndose, un segmento en trío bien comandado por Tarzia, de Urquiza recurriendo con eficacia (una vez más) a su trompeta asordinada y un buen arreglo de bronces.

    La cantante Delfina Oliver (que a su sello discográfico bautizó como Delphin Records) ha hecho, intuimos, algo similar a lo que habitualmente realizan los delfines. Ha ido tirando señales (a las composiciones, a los músicos, a sus propiedades interpretativas) y ha ido tomando aquello en lo que encontró un eco adecuado. Su propuesta ha provocado que los músicos en general y Miguel Tarzia en particular, abordaran este repertorio con sumo respeto pero también con cierta dosis de desparpajo. Oliver ha crecido como artista y parece tener ideas claras en cuanto a su presente y su futuro. Camino, su segundo álbum, tiene ciertos desniveles; pero termina resultando un detalle menor (y no sólo por lo subjetivo) en relación a la idea y concreción de la propuesta.
    Un camino es “una dirección que ha de seguirse para llegar a algún lugar”.
    Delfina Oliver está haciendo lo necesario para que el tránsito la deposite en tierra fértil.

    Marcelo Morales

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