• Ensamble Real Book Argentina en Concierto: Buena letra

    Thelonious Club – Buenos Aires (Argentina)

    Martes 5 de abril de 2011: 21:30 hs.

     

    Ustedes saben, imaginan o se enteran en este momento, que me gusta coquetear con las palabras, sus significados, de dónde vienen y también (por qué no) hacia dónde van.

    Es que a veces uno se lleva muchas sorpresas, tal vez porque da por sentado ciertos significados. Y cómo no recurrir al diccionario de la Real Academia Española una vez más…

    Pero fíjese qué curioso… la primera definición de “libro” es la siguiente: “Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”. ¿A usted le cierra? Porque se asemeja mucho a la definición de “cuaderno”: “Conjunto o agregado de algunos pliegos de papel, doblados y cosidos en forma de libro”.

    Que viene a ser más o menos… lo mismo, ¿no?

     

    Por eso no está mal recordar una vez más al gran José Duval, famoso autor e intérprete de célebres temas de los años ’20 encarnado por Marcos Mundstock en La hora de la nostalgia, obra estrenada en 1989 por el conjunto de instrumentos informales Les Luthiers en el espectáculo El reír de los cantares.

    Allí, al presentador (Daniel Rabinovich) le espeta frases de antología de las cuales citaremos sólo la que nos compete: “Un libro que no está escrito, más que un libro es un cuaderno”. Una definición extraordinaria que deja claramente manifestado que un libro no es lo mismo que un cuaderno, ya que aquél debe (sí o sí, aunque la definición principal de la RAE no lo mencione) estar escrito.

    Si quiere otro día discutimos si un cuaderno escrito es un libro o si hay libros que merecerían haber sido editados en blanco, pero no se distraiga, ni me arrastre usted hacia terrenos fangosos que no sé nadar.

    Pero, tozudos, seguimos investigando en la RAE; allí nos encontramos que hay numerosos y diversos tipos de libros, de los que mencionaremos sólo algunos: blanco, amarillo, antifonal, copiador, de cabecera, de estilo, de familia, entonatorio, maestro, moral, penador, procesionario, sagrado, sapiencial, verde… pero en ningún momento aparece “libro real”. Que no tiene que ver con la realeza ni mucho menos… sino con… con…

     

    Libro real sería la traducción del inglés de Real Book. En términos musicales, viene a resultar algo así como una especie de libro sagrado que compila transcripciones de standards y clásicos de jazz. Y al que todo músico enrolado en el estilo (y además bien nacido) debe acercarse para profundizar sus conocimientos o, al menos, iniciarlos.

    Hete aquí que gracias al, fundamentalmente, empuje del pianista y compositor Esteban Sehinkman, contamos desde no hace mucho tiempo con el Real Book Argentina, un proyecto que no utilizó la magnética opción del sedentarismo sino que se encuentra en constante crecimiento y evolución (que, se sabe, no es lo mismo).

     

    Porque luego de lo que podría denominarse como “primera edición oficial” del RBA, que puede bajarse en forma gratuita desde su sitio web, vino la presentación oficial en el Festival Internacional Buenos Aires Jazz 2010, la grabación de un álbum, también disponible para ser descargado sin costo alguno (incluyendo gráfica y ficha técnica), el agregado permanente de composiciones de diversos autores y, entre otras actividades y aconteceres, la realización de un ciclo de conciertos en Thelonious Club.

     

    El Ensamble Real Book Argentina, en la actuación que presenciamos el martes 5 de abril, se presentó de arranque con Daniel “Pipi” Piazzolla en batería, Mariano Sívori en contrabajo y bajo eléctrico, Alan Plachta en guitarra eléctrica, Diego Schissi en piano, Richard Nant en trompeta, Gustavo Musso en saxos y Bernardo Monk en saxos y flauta. Luego participarían Esteban Sehinkman (teclados), Nicolás Sorín (voz, piano), Cirilo Fernández (piano y teclados) y Juan Raffo en melódica y teclados.

     

    Afrotango, composición de Alejandro Ridilenir con arreglos de Bernardo Monk aporta, desde un inicio que invita a la reflexión, un arreglo con destellos ciudadanos; Nant liderando sobre una sólida base que gana paulatinamente en intensidad hasta la explosión de los saxos. Bernardo Monk parece querer exprimir su instrumento hasta la agonía. Schissi comanda con pulso tanguero y el septeto ataca sin piedad. Gran comienzo.

    En Buey, de Santiago Vázquez con arreglos de Alan Plachta, se suma Esteban Sehinkman en teclados y Sívori se pasa al bajo eléctrico. La energía disminuye, lo que permite disfrutar de un buen momento liderado por los bronces. Sin escalas, Schissi lidera un pasaje un trío que completan Piazzolla y Sívori. El pianista aporta los acordes justos y necesarios mientras Piazzolla realiza un atractivo juego en los tambores. Gustavo Musso es el artífice de que el octeto avance a paso redoblado con Plachta, desde la retaguardia, ofreciendo sutiles toques desde su guitarra eléctrica. El final nos encuentra con un intento de retorno a la calma inicial.

     

    El velo de la noche, de Wenchi Lazo y arreglada por Nicolás Sorín, también viene con cambios: Cirilo Fernández reemplaza en el piano a Diego Schissi, mientras Sorín se hace cargo de la voz líder. Una melodía simple, bien arreglada que deviene en un jazz-pop con aire festivo gracias a otra lucida intervención de los caños. Por momentos, y antes del abrupto final, este Velo… se asemeja a un Philip Glass atravesado por Bitches Brew

    La primera parte se cierra con Va Román, de Guillermo Klein, con arreglos de Schissi. Tremendo tema donde Cirilo Fernández, luego de una interesante intro, gambetea, hace la pausa y mete un gran pase-gol. Nant, Monk y Musso brindan sutiles destellos y se produce un interesante diálogo piano/teclado a cargo de Fernández (piano) y Schissi (teclados). La voz vuelve a ser propiedad de Nicolás Sorín y hay que decir que Román va… y es gol.

     

    El segundo segmento da comienzo con La luz, de Matías Normandi con arreglos de Alan Plachta. La versión, de ineludible atmósfera pop, cuenta con la voz de Sorín, buenas participaciones de Sívori en bajo eléctrico y Monk en flauta, una descollante intervención de Sehinkman en teclados (sostenido lúdicamente por Schissi en piano acústico) y el magno aporte telúrico de Daniel Piazzolla. Las puertas abiertas (de Bernardo Monk, arreglos de Cirilo Fernández) devuelve a Sívori al contrabajo, a Cirilo Fernández a los teclados y deposita a Nicolás Sorín en el piano. El carácter épico inicial desemboca en el liderato de Sorín, con arrestos minimalistas hasta que el solo de Bernardo Monk (en trío, sostenido por el tándem Piazzolla – Sívori), le apunta a la vehemencia y, a su vez, potencia a sus compañeros. Alan Plachta pide pista mientras el octeto vira hacia un rock and roll furioso de abrupto y sorpresivo final.

     

     

    Go Up, de Gabriel Cuman y arreglada por Sergio Álvarez, es energía pura desde el primer acorde con Schissi conduciendo a los demás hacia un terreno donde el funk y el rock se dan un portentoso abrazo. Furioso dueto Nant – Monk. Complejo, atractivo, adictivo y, sin decir “agua va” (ni viene), la clásica contemporánea domina la escena. Buen aporte de Raffo en teclados y el funk-rock que asoma nuevamente. El grupo acelera hasta lo indecible y grand finale grand, como para volverse a casa…

    Pero no… faltaba Escape, de Juan Pablo Compaired, con arreglos de Raffo (aquí en melódica). Menos potente y con una fuerte presencia de la melódica; es para un cuadro el pasaje camerístico a cargo de Schissi (piano), Sívori (contrabajo), Nant (trompeta) y Monk (flauta). Lo que sigue no supera el nivel de la corrección, con una melodía amable en exceso (símil créditos finales de ciertos films setentistas) del que Daniel Piazzolla emerge con ímpetu, precisión y recursos.

     

    El Ensamble Real Book Argentina llegó para quedarse, de eso no hay duda alguna. La idea de ofrecer en concierto temas de compositores argentinos arreglados por colegas es, además de una buena iniciativa, un riesgo de los buenos; como corresponde a todo libro que se precie y que a pesar de tener ya unos cuantos capítulos en su haber tiene, afortunadamente, una gran cantidad de páginas por ser escritas.

    Y, apueste tranquilo, con caligrafía de la buena.

     

     

    Marcelo Morales

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