• Jeremiah Cymerman

    La creación artística es una cualidad inherente a los seres humanos cuya práctica y disfrute nos distingue, caracteriza y define. En mayor o menor medida todos somos creadores de formas -imaginarias o reales- que sirven tanto para canalizar nuestros sentimientos, vivencias e ideas como también para interpretar la manera en que vemos el mundo. En cada creación artística –como afirmara el escritor y filósofo italiano Umberto Eco- está manifestado “lo que el creador sabe y lo que no sabe” pues la obra finalizada es siempre un complemento entre lo planeado, consciente y racional con lo impulsivo, subconsciente e irracional. En ese mismo sentido, el prestigioso pintor estadounidense Jackson Pollock -uno de los máximos referentes del expresionismo abstracto- señalaba que aun cuando el artista recurra al método creativo, los hábitos de trabajo, el empleo sistemático de técnicas o la repetición de pautas que se ajustan a la razón, en ello siempre estará implícito lo irracional. No sólo porque el comportamiento racional incluye elementos irracionales e inconscientes -de la misma forma en que no existe una separación total entre lo considerado normal o patológico- sino también porque resulta imposible evitar que el acto de la creación artística no incluya al automatismo psíquico, el factor emocional y a todo aquello que se encuentra por debajo del umbral de la consciencia.

     

    Si aceptamos como válido lo dicho por el psicólogo y ensayista suizo Carl Jung en relación a que “el inconsciente puede reservar mensajes esenciales para los oídos que sepan ponerse a la escucha”, podríamos establecer que la amalgama de la consciencia y lo que está por debajo de ella puede desembocar -al menos en el campo del arte- en un proceso creativo fundado en el autoconocimiento progresivo, exponencial y evolutivo que muy poco tiene que ver con las ideas tradicionales sobre la creatividad artística.

    La nueva dinámica del arte ya no acepta como única lectura posible la idea del artista como un individuo con capacidades o dones especiales que actúan bajo los enigmáticos mecanismos de la inspiración. Incluso la interpretación de la obra de arte, como logro supremo de un proceso artístico limitado a unos pocos elegidos, tampoco parece ser la más acertada para describir al arquetipo del artista del nuevo milenio.

    Las radicales transformaciones experimentadas por el arte en tiempos recientes han afectado a las prácticas de creación, los códigos de interpretación, la difusión de la obra y su valoración estética; al punto de llegar a desplazar sus ejes principales hasta ubicarlos en una posición impensada para quienes suscriben a los conceptos artísticos tradicionales. Hoy el arte en general y la música en particular, parecen haber empujado sus difusos límites hacia territorios que no eran considerados ni estaban identificados con lo artístico pero, además, se han establecido conexiones (otrora inimaginables) entre diferentes disciplinas, ámbitos de actuación dispares, formas de expresión y tecnologías y entre artistas y espectadores.

     

    En ese complejo entramado de ampliaciones e interconexiones que identifican el arquetipo de la creación artística del siglo XXI -caracterizado por su apertura mental, la elusión sistemática de rígidos parámetros conceptuales, la aplicación de renovados lenguajes estéticos, la utilización de las nuevas tecnologías y la dilución de lo que es “posible o imposible” en el arte- pueden encontrar un ejemplo paradigmático en la figura del clarinetista, compositor, productor, ingeniero de sonido y curador estadounidense Jeremiah Cymerman.

     

    Este joven artista con base en la ciudad de Nueva York desde 2002, es uno de los músicos de su generación con mayor proyección de la nueva música creativa. En su corta pero fructífera trayectoria ha estado involucrado en un amplio rango de contextos musicales que incluyen grabaciones y performances junto a figuras consulares del arte contemporáneo de la talla de John Zorn, Nate Wooley, Harris Eisenstadt, Evan Parker, Toby Driver, Butch Morris, Peter Evans, Mary Halvorson, Jessica Pavone, Otomo Yoshihide, Anthony Coleman y Matthew Welch, entre muchos otros. La notable producción discográfica de Jeremiah Cymerman también da cuenta de la diversidad estética, el riguroso compromiso creativo y la vocación innovadora que lo animan.

     

    Esa amplitud de intereses ha quedado debidamente testimoniada en cada uno de los cinco álbumes que editó a la fecha. En su debut oficial con Big Exploitation de 2007 lo encontramos en el rol de conductor de un ensamble de música improvisada integrado por Chris Bradburn y Jeff Reiter en bajos, Chris Lieske en guitarra, Christopher Hoffman en cello, Jason Calhoun en violín eléctrico, Killick en H’arpeggione (guitarra/cello de 18 cuerdas), George Davidson en saxo tenor y saxello (saxo soprano recto con campana inclinada), Tony Evans en saxo tenor, The Sickness en trompeta, Mitchell King en batería y Chris Herron en percusión. Su siguiente trabajo, In Memory of the Labyrinth System de 2008, encuentra a Cymerman en un álbum para solo de clarinete en el que exhibe su cabal dominio en técnicas extendidas y conocimientos en manipulación de sonidos procesados y uso de técnicas de cut-up (técnicas de cortar, reordenar y reeditar sonidos). En tanto que su tercera labor discográfica, Under the Blue Gray Sky de 2010, lo muestra comprometido en un proyecto electro-acústico en el que confluyen los electrónicos operados por el propio Cymerman y un estelar cuarteto de cuerdas integrado por Jessica Pavone en viola, Christopher Hoffman en cello, Tom Blancarte en contrabajo y Olivia de Pratto en violín.

     

    Sus obras más recientes (ambas de 2011) son Tartar Lamb II: Polymage of Known Exits y Fire Sign; la primera de ellas en sociedad con el compositor y líder de Kayo Dot, Toby Driver (Jeremiah Cymerman en clarinete y electrónicos, Toby Driver en guitarra bajo y voces, Terran Olson en saxo alto y sintetizador, Daniel Means en saxo alto y Tim Byrnes en sintetizador, trompeta y corno francés), mientras que en la segunda, Fire Sign, trabaja exclusivamente en técnicas de cut-up y sonidos reciclados con aportaciones de Nate Wooley y Peter Evans en trompetas, Christopher Hoffman en cello, Sam Kulik en trombón, Tom Blancarte en bajo y contrabajo y Brian Chase en batería.

    Seguramente debe haber mucho más para decir sobre el fascinante universo creativo de Jeremiah Cymernan; pero quizás podamos empezar a saberlo, en primera persona, a través de los fundamentos que sustentaron cada uno de los álbumes que eligió incluir en su selección.

     

    Cuando Sergio (Piccirilli) me pidió una contribución para esta serie, inmediatamente vinieron a mi mente varias grabaciones que quería incluir como esenciales; así que reducirla sólo a cinco resultó muy difícil. Mirando esta lista, encuentro que es menos una selección para llevar a una “isla desierta” y mucho más una colección de música con un común denominador que, sin embargo, no resulta tan obvio. Desde mi propio punto de vista estético estoy menos interesado en la música como un entretenimiento de lo que lo estoy en cuanto a que la música pueda romper la cuarta pared (*) y se manifieste al oyente con momentos de profunda intensidad.

     

    (*) “Romper la cuarta pared” es un término original del teatro que se ha adaptado al cine, la televisión y otros medios del arte y que se refiere a atravesar la pared imaginaria que está al frente del escenario permitiendo que los personajes interactúen con el público.

     

    A veces, en la música, busco confort o escapismo pero jamás distracción. Toda ésta es música que demanda máxima atención pero también una apertura y una disposición para abandonar la rigidez y comprometerse con ella hasta entrar en un estado de incredulidad suspendida, renunciando a las nociones de qué es lo bueno y qué es lo malo o posible e imposible en la música. Ésta es música que sigue su propia lógica y sus propias reglas y no debe disculparse por nada. Ésta es para mí una breve lista de música sacra, música sagrada que no quiero escuchar en otras circunstancias que no sean las ideales o en la que no pueda rendirme completamente ante su poder. La mayor parte de todo esto es bella música que me hace sentir como si todo fuera posible.

     

    1 – Kayo Dot – Coyote

     

    Toby Driver, la voz composicional primaria detrás de Kayo Dot, es uno de mis amigos más queridos y ambos tenemos una estrecha relación con la gente que hace que su música favorita le brinde una mirada especial al interior y le otorgue un asiento en primera fila a su proceso creativo. Coyote, el cual fue compuesto entre 2008 y 2009, es una pieza de música intensamente emocional que fue escrita en colaboración con su difunta pareja, Yuko Sueta, durante sus días finales. Sería muy difícil encontrar música con un mejor trabajo en la utilización de técnicas avanzadas de composición moderna que represente la abrumadora angustia y desesperación expresada aquí; los punteos armónicos pesadamente coreados en bajo eléctrico te dan escalofríos en la espina dorsal, las fúnebres trompetas en la parte superior del registro se sienten como si el alma estuviera dejando tu cuerpo, los sintetizadores distorsionados nos recuerdan un dolor en carne viva; pero quizás uno de los aspectos más llamativos de este disco es la voz de Toby (Driver). Nunca antes en la música de Kayo Dot ha estado tan en un primer plano en la mezcla y nunca ha sido tan difícil de escuchar. Esto no quiere decir que haya un problema con la forma de cantar de Toby, de hecho en este disco él traza un nivel de virtuosismo que raramente es escuchado en la música popular, sino porque el resultado obtenido es absolutamente desgarrador. A ratos gritando, a ratos llorando y en otros momentos susurrando, las voces en Coyote terminan oficiando como una guía a través de un confuso mundo de angustia, dolor, tristeza e introspección. Hacia el movimiento final de la pieza “Cartogram out of Phase” me queda la sensación como si tomara parte de un meticuloso ritual de purificación. La música aquí es tan cruda, conmovedora, elegante y bella que me parte el corazón como nada que haya escuchado antes.

     

    2 – William Basinski – The Desintegration Loops I-IV

     

    Mi historia de amor con la música y mis intensos hábitos escuchando música comenzaron cuando tenía seis años y ahora, veinticinco años más tarde, se me hace difícil pensar en una pieza de música que me haya afectado más que en la forma en que William Basinski lo ha hecho con The Desintegration Loops. Escuché esta música, literalmente, cientos de veces; y cada vez que lo hago me encuentro a mí mismo detenido por su profundidad emocional y resonancia espiritual. La obra ha sido muy reseñada y sobre su creación se ha escrito mucho, así que sólo me limitaré a decir que la inquietante y majestuosa belleza de esta música, la elegante sencillez y la pericia detrás de cada momento son de primer orden. Que Basinski haya podido hacer tanto con tan poco, la convierte en verdadero testamento de su creatividad y de su arte.

     

    3 – Evan Parker – Six of One

     

    Cualquier intento por describir la música y la forma de tocar el saxofón de Evan Parker en un solo párrafo o dos está condenado al fracaso desde un comienzo. Tratar de parafrasear toda una vida con tan singular dedicación y creatividad no sería buena para ninguno. Por lo tanto, no haré ninguna introducción al trabajo de Evan Parker y, en su lugar, hablaré sobre el impacto que tuvo en mí este disco en particular, asumiendo que estoy hablándole a iniciados. La primera palabra que viene a mi mente cuando escucho música en solo de saxo de Evan Parker es: Posibilidad. Su música para solo de saxo soprano de los ochenta, en particular, tuvo un efecto increíblemente fuerte en mí y en el arco de toda su producción lo veo como algo especialmente poderoso. The Snake Decides, Conic Sections, Lines Burnt in Light… todos esos registros tienen sustancia suficiente como para que te dure toda la vida; no obstante, hay algo más en juego en Six of One, algo casi sobrenatural. Muchas veces, mientras escuchaba este disco, he sentido como si el corazón se fuera a salir de mi pecho. Siempre he considerado la música de Evan (Parker) en solitario como una bella línea recta que te permite disfrutar de la línea misma o, si estás inclinado a ello, también puedes hacerlo con las múltiples capas del bello prisma que es. Hay muchas cosas sucediendo en esta música; pero en su centro hay una ternura y una extraña belleza que tiene la habilidad de transportarte a un lugar de perfecto orden y profunda satisfacción. En este disco, Evan suena particularmente flexible; y mientras uno está escuchándolo podría sentirse impelido a preguntarse “¿qué clase de música es ésta?” Puedes gastar tu tiempo respondiéndote preguntas o puedes escuchar esta música y aceptar que, a veces, las cosas son simplemente bellas.

     

    4 – John Zorn – Songs from the Hermetic Theater

     

    Desde mi llegada a Nueva York en 2002, John Zorn ha sido una constante en mi vida, una figura mentora que ha apoyado mi trabajo, ofrecido los consejos necesarios y su amistad una y otra vez. De los muchos registros importantes que John (Zorn) ha publicado, Songs from the Hermetic Theater es el único en el que no depende de nadie más con excepción del archivo First Recordings: 1973 y es la única grabación en solitario sin saxofón que haya lanzado Zorn. También es, sin lugar a dudas, uno de sus discos más complicados. El hecho de estar escuchando allí a un compositor tocando todos los instrumentos es algo que encuentro profundamente fascinante y satisfactorio. La música se convierte en algo que no tiene que ver con el virtuosismo y la limitada capacidad instrumental se presta, a su vez, a un tipo de expresión libre de todas las restricciones de la pedagogía histórica. Cuando todos esos instrumentos se suceden -incluyendo agua, $82 en efectivo, discos de 78 rpm rotos, barro, tubos de metal y una engrampadora- uno sabe que algo completamente diferente pasará. Un montón de esa música suena para mí como Zorn in the Wilderness pero comunicado con una inmediatez e intimidad que en todo momento está siendo guiada por la intuición del intérprete/compositor. Esta grabación resulta un adecuado tributo a algunas de las mayores influencias de Zorn (Maya Deren, Harry Smith y Joseph Beuys) y con la singular y peculiar belleza de no depender de nadie para desarrollar un extenso cuerpo de trabajo cuya envergadura aún se mantiene después de cuatro décadas.

     

    5 – Andre Popp – Delirium in Hi-Fi

     

    El hecho de que esta grabación no sea citada comúnmente como uno de los grandes trabajos electroacústicos del siglo XX, es un auténtico testimonio de la profunda ignorancia y estupidez de la gente que hace tales etiquetas. Tras una primera escucha de Delirium in Hi-Fi la única respuesta natural ante eso es “Me cago en la puta madre, ¿¡en dónde había estado esto durante toda mi vida!?”. Lamentablemente, como con un montón de música grande de verdad, este álbum ha sido excluido como música novedosa por “los que saben”.  Lo que escucho aquí es el sonido de dos genios locos (Andre Popp y Pierre Fantosme) empujando su creatividad al borde absoluto. No hay punto de referencia para esta música porque nada como esto existió antes o después. El resumen del disco es éste: en 1957 Andre Popp, un joven compositor y arreglista de París, convocó al ingeniero de sonido y mago de los efectos de sonido Fantosme para que hiciera una contribución con la tendencia audiófila de la época. En suelo estadounidense, Juan García Esquivel ya estaba volando cabezas con sus “hiperarreglos” en sonido cuadrafónico. Con la idea de crear una grabación de música tridimensional que pudiera empujar las cosas tan lejos como fuera posible, los dos hicieron una lista de técnicas de estudio, que incluía manipulación de cinta, empalme, fundido activado por blowing fuses, partes escritas y grabadas al revés (¡¡a veces a la mitad y otras al doble de velocidad!!), tiempo de retraso entre dos máquinas de grabado, etc., etc. El resultado es uno de los documentos más exasperantemente creativos de música grabada que se haya hecho jamás. En la superficie, esta música parece ser una especie de polka circense; pero escarbando un poco te encontrarás a ti mismo abrumado por una música de creatividad sin límites. ¿Es música divertida? ¡Sí!  ¿Es divertido escuchar esta música? ¡Sí! Esta música es ambas cosas y también laboriosamente original e intensamente innovadora. No hay disco en la historia de la música grabada que pueda recomendar tan fervientemente como Delirium in Hi-Fi.

     

    El +1:

    Jeremiah Cymerman – Fire Sign

     

    Fire Sign, mi quinto álbum y el segundo que hago para el sello Tzadik, es el producto de casi un año de hibernación artística. Después de mi lanzamiento de 2010 Under a Blue Grey Sky me encontré en un lugar en donde no tenía idea de qué iba a venir después. En mi corta carrera artística siempre me he encontrado a mí mismo en la extraña posición de que cuando quiero hacer algo el apoyo casi siempre está allí pero, por el contrario, en esta ocasión mi teléfono nunca sonó. Sin que timbre mi teléfono y sin una idea de lo que yo quería hacer a continuación, estaba sintiéndome bastante perdido; así que empecé a hacer toda la música que está en este álbum como una forma de mantenerme ocupado hasta que las cosas fueran saliendo. En pocas palabras, estaba haciendo música en el estudio de mi casa por el puro placer de hacer música. Estando ubicado en ese entorno, rodeado de libros, CD’s, micrófonos, grabadoras, cables y pedales de efectos, me encontré volviendo a las técnicas de cut-up ya exploradas en In Memory of the Labyrinth System. Desde el momento en que lancé ese disco, he estado trabajando en una variedad de montajes, en muchos de los cuales utilicé, hasta cierto punto, ese proceso. Sin embargo, en esta colección de piezas es la primera vez que trabajo con ellas exclusivamente desde Labyrinth. Si hay un tema en esta música, más allá de la técnica de cut-up, es que toda la música incluida aquí -a excepción de Touched with Fire- utiliza sonidos reciclados como material de base. “Hacer arte con basura”. Cada pieza fue construida a partir de grabaciones en vivo, tomas de otras sesiones y varios experimentos caseros abandonados. A continuación va una breve explicación de cada una de las cuatro piezas que componen el álbum:

     

    Collapsed Eustachian: como ocurre con todo el mundo por estos días, estoy completamente deslumbrado por la musicalidad y el lenguaje personal que están desarrollando en la trompeta Peter Evans y Nate Wooley. Ellos son virtuosos absolutos y también dos de mis personas favoritas. Durante seis meses estuve programando una serie de conciertos en Brooklyn en el cual tanto Peter (Evans) como Nate (Wooley) tuvieron sus respectivos conciertos en solo de trompeta. El material de partida para esta pieza fue extractado enteramente de esos dos conciertos así que Nate y Peter nunca estuvieron en la misma sala para esta grabación. Diría que mi mayor desafío con esta pieza fue encontrar el equilibrio justo que hiciera honor a las voces de estos dos maestros mientras iba creando, simultáneamente, un mundo sonoro al que pudiera considerar como propio.

     

    I Woke Up Early the Day that I Died: la totalidad de la materia prima aquí fue obtenida de tomas descartadas de secciones de improvisación pertenecientes a mi anterior CD Under Blue Grey Sky. Tom Blancarte es una clase de músico cuyo sonido puedo reconocer inmediatamente. Esta pieza está estructurada como una serie de escenas en miniatura, cambiantes en densidad y dinámicas, que utilicé para presentar una especie de (psico) drama para contrabajo solista. Mi meta era crear una pieza en la que yo pudiera sentir que Tom (Blancarte) disfrutaría al escucharla, lo cual te aseguro que no es tarea sencilla.

     

    Touched With Fire: el título fue tomado prestado del libro del mismo nombre (“Touched With Fire: Manic-Depressive Illness and the Artistic Temperament” es un libro del psicólogo estadounidense Kay Redfield Jamison que examina la relación entre el desorden bipolar y la creatividad artística). Ésta fue la única pieza expresamente creada para este lanzamiento. Chris (Christopher Hoffman) y yo hemos estado tocando juntos desde 2004 y él estuvo involucrado en cada CD que he editado hasta ahora. Con Brian (Chase) empezamos a colaborar recientemente, con frecuencia en situaciones en dúo que de forma inevitable nos llevan al patio de comidas del Flushing Mall (un reconocido centro comercial neoyorquino). La pieza surgió un día en el estudio mientras encauzábamos unas estructuras de improvisación que luego fueron reinterpretadas para obtener el resultado final; lo cual representa, en algún nivel, un acuerdo entre el trastorno maníaco-depresivo y el temperamento artístico. Esta pieza está dedicada a Virginia Woolf, Vincent Van Gogh, Ernest Hemingway y Delmore Schwartz.

     

    Burned Across the Skyfor Christopher Bird: inspirada directamente del álbum Desintegration Loops de William Basinski y dedicada a mi difunto padrastro, ésta pieza es una especie de kadish (el kadish es uno de los rezos principales de la religión judía), una meditación sobre el muy corto tiempo que tenemos para estar en este planeta. El fundamento de la pieza es una frase de seis compases tomada de la performance de un ensamble en el Roulette de Nueva York en 2009 “loopeado” (el loop o bucle consiste en uno o varios samples sincronizados que son grabados o reproducidos en secuencia uno tras otro dando una sensación de continuidad) y mínimamente procesado en forma gradual, instrumento por instrumento, atenuado dentro de la memoria. Arriba hay un solo de clarinete procesado que grabé en el estudio de mi casa. No puedo decir que haya una estructura composicional increíblemente compleja aquí. Lo que oigo cuando escucho esto es un tono exuberante que se siente como la forma perfecta de hacer una ofrenda a alguien que tuvo un impacto increíble en mi vida, alguien a quien quise mucho y sobre el que pienso cada día (se refiere a su padrastro Christopher Bird, a cuya memoria está dedicada la composición).

     

    www.jeremiahcymerman.com

     

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