• Nate Wooley x 3

    Nate Wooley: The Almond

    The Almond

     

    Músico:

    Nate Wooley: trompeta, voz

     

    Sello y Año: Pogus, 2011

    Calificación: Dame dos

     

     

    Nate Wooley Quintet: (Put Your) Hands Together

    Shanda Lea 1, Hands Together, Erna, Shanda Lea 2, Ethyl, Cecilia, Pear, Elsa, Hazel, Shanda Lea 3

     

    Músicos:

    Nate Wooley: trompeta

    Josh Sinton: clarinete bajo

    Matt Moran: vibráfono

    Eivind Opsvik: contrabajo

    Harris Eisenstadt: batería

     

    Sello y Año: Clean Feed Records, 2011

    Calificación: Dame dos

     

     

    Nate Wooley: Seven Storey Mountain II

    Seven Storey Mountain

     

    Músicos:

    Nate Wooley: trompeta, amplificador

    C. Spencer-Yeh: violín amplificado

    Chris Corsano: batería

     

    Sello y año: Important Records, 2011

    Calificación: Está muy bien

     

    En cierto modo, el arte es siempre una crítica de la realidad (Arturo Graf)

     

    Una minuciosa observación de las transformaciones ocurridas en el ámbito del arte en los últimos años, nos permite extraer algunos de los rasgos fundamentales que trazan el eje sobre el que se fundan las nuevas claves de la creatividad artística. En una mirada profunda se percibe que la perspectiva tradicional del arte ha ido dejando su lugar a un paradigma de la creatividad, cuyo complejo andamiaje entrelaza la interconexión de elementos -inéditos o hasta hace poco desconocidos e ignorados- que trastocaron la forma en que el arte es concebido, interpretado, difundido y valorizado. En las prácticas actuales, artísticas en general y musicales en particular, se observa una tendencia indisimulable a abandonar los planteamientos estéticos arcaicos basados en el concepto de permanencia inalterable del objeto creado por el artista, para dirigirse hacia un nuevo territorio en donde el proceso de creación parece ser más importante que el resultado final. Ese espacio transformativo, a la vez que se aleja de la supremacía del objeto artístico como único valor, nos va acercando a la idea de que el arte puede ser contemplado como un viaje, un acontecimiento y una exploración que –en todo caso- requiere de la correspondencia mutua e integración entre el creador, el contexto y los destinatarios de la obra.

    Esta nueva dimensión procesal del arte fue enhebrando y fecundando una relación solidaria entre diferentes disciplinas artísticas pero también permeabilizó su conexión con territorios no considerados o identificados anteriormente con lo artístico, permitiendo –a partir de ese amalgama interdisciplinaria- la construcción de un complejo entramado estético signado por la diversidad, la multiplicidad y una permanente interacción. Además, al conjuro de las nuevas herramientas tecnológicas y comunicacionales, han ido proliferado los canales multimedios, el entrecruzamiento de escenas, la deliberada generación de hibridaciones estilísticas, el desarrollo de nociones artísticas plurivalentes y –sobre todo- la simultaneidad de proyectos y proyecciones desplegados por el artista y también el aumento exponencial de su capacidad para yuxtaponer y documentar cada una de esas ideas en forma sincrónica.

     

    En el campo de la música, el resultado de este innovador enfoque -caracterizado por una mayor autonomía creativa y por su difusión a través de canales alternativos a los que dicta la mercadotecnia de la industria discográfica tradicional- también lleva implícito una declaración de principios filosóficos y políticos sobre temas tan esenciales al ser humano como la libertad, la independencia y el derecho inalienable de poder construir –incluso desde el arte- una ética social descentrada, integradora, sin mordazas y lo suficientemente amplia como para provocar e incentivar una nueva percepción de la realidad que permita la apertura de nuevos caminos, aunque éstos vayan a contramano del status quo o disgusten al poder de turno.

    En ese flamante contexto ha emergido un inédito arquetipo de músico que se ve impelido a explorar, desarrollar y documentar en forma simultánea cada una de sus múltiples aspiraciones creativas, incluso interrelacionándolas entre sí y con el medio del cual han germinado para potenciar su carácter dialógico e interactivo.

    El trompetista y compositor estadounidense Nate Wooley no sólo ha llevado el vocabulario de su instrumento más allá de los límites conocidos sino que, además, encaja con naturalidad –tanto por la diversidad de su obra como por su vocación exploratoria- en el paradigma del músico del nuevo milenio.

     

    En el actual ideario artístico de Nate Wooley conviven sin interferencias las obras para solo de trompeta (materializadas en 2011 a través de los álbumes The Almond y (8) Syllbles), su quinteto (que incluye las rutilantes presencias de Harris Eisenstadt, Matt Moran, Josh Sinton y Eivind Opsvik), sendos dúos con Paul Lytton (Creek Above 33 de 2010), Joe Morris (Tooth and Nail en 2010) y Peter Evans (High Society de 2011), el cuarteto colectivo que integra junto al bajista Damon Smith, el pianista Scott R. Looney y el baterista Weasel Walter (Scrowl de 2011) y su proyecto en serie Seven Storey Mountain (cuyas dos primeras partes han sido editadas sucesivamente en 2009 y 2011), además de sus valoradas aportaciones instrumentales en Harris Eisenstadt Canada Day, Daniel Levin Quartet y Matt Bauder’s Day in Pictures.

    A modo de ejemplo de los disímiles frentes abordados por Nate Wooley en tiempos recientes, nos abocaremos a repasar sucintamente tres de sus últimas producciones: The Almond, (Put Your) Hands Together y Seven Storey Mountain II.

     

    The Almond es una obra para solo de trompeta que, por su naturaleza conceptual, establece un nuevo prototipo en su género tanto en términos de calidad sonora como de enfoque y modos de producción. En origen The Almond fue concebido como un breve estudio para trompeta –de unos veinte minutos de duración- que le fuera oportunamente comisionado a Nate Wooley por encargo del sitio británico Compost and Height. En la radical contextualización para improvisaciones en trompeta que exhibe esa obra, su autor e intérprete se entregó a elaborar texturas de sonido en estado puro sin recurrir al uso de técnicas extendidas pero adoptando un complejo proceso de elaboración que unifica -en un mismo plano sonoro- entre tres y diez trompetas con distintas afinaciones, registradas en varias salas de grabación y utilizando diferentes micrófonos.

    El álbum The Almond es una versión ampliada a setenta minutos de la pieza original pero que conserva – a pesar de la laberíntica elaboración- su aspecto sintetizado y ascético, una subyugante economía expresiva y su inseparable ligazón con el timbre de la trompeta, aunque en ciertos pasajes ésta suene como una voz u otro instrumento.

    El resultado es una obra absolutamente hipnotizarte que va arrastrando al oyente en una marea de sensaciones auditivas infrecuentes ante las que no se puede permanecer indiferente. Una propuesta que sorprende, atrapa y modifica drásticamente el horizonte conocido de la música improvisada para solo de trompeta.

     

    El segundo trabajo al que haremos referencia es (Put Your) Hands Together, álbum en donde Nate Wooley junto a su quinteto ofrece una comunión de géneros y estilos asociados al jazz que van –sin perder homogeneidad- desde el post-bop a la improvisación libre y de la tradición jazzística al avant-garde; cuyo personal temperamento sonoro se ve acentuado por una alineación tímbrica no demasiado transitada como lo es la de trompeta, clarinete bajo, vibráfono, batería y contrabajo. La apertura, con Shanda Lea 1, nos ofrece un lírico solo de trompeta cuyo motif central se extiende al espacioso dueto de trompeta y clarinete bajo en Shanda Lea 2 y cierra su círculo con un inmejorable soliloquio de trompeta con sordina en Shanda Lea 3. El resto de las piezas –ya con el quinteto a pleno- aun cuando siguen una impronta signada por el equilibrio y el buen gusto interpretativo, van intercalando matices y humores en contraste. Así es como se suceden el cristalino bebop y los minuciosos ornamentos en Hands Together; el introspectivo romanticismo de Ema, la espaciosa dinámica en swing de Ethyl, el contundente free-bop de Cecilia, la delicada aproximación a la balada de jazz en Hazel, los envolventes climas de Pear y una revitalizada lectura del jazz moderno en Elsa. En síntesis, un álbum disfrutable de principio a fin con una fortaleza melódica y rítmica que emerge de la partitura pergeñada por Nate Wooley pero que se materializa de la mejor manera merced al superlativo nivel de ejecución que exhibe cada uno de los integrantes del quinteto.

     

    Por su parte, Seven Storey Mountain es un ambicioso proyecto dividido en siete partes orientado a crear un cierto estado de éxtasis musical mediante la combinación de cintas de audio, notación grafica e improvisación, con interpretación a cargo de diferentes músicos y recurriendo a distintas alineaciones tímbricas. El nombre que identifica a la serie está extractado del libro autobiográfico homónimo (conocido en español con el título de La Montaña de los Siete Círculos) perteneciente al monje trapense, poeta y pensador estadounidense Thomas Merton. La elíptica conexión entre dicha obra –a la que se considera un clásico de la literatura espiritual- y el proyecto encarnado por Nate Wooley, se basa más en los aspectos personales, temores y fracasos relatados por Merton en el trayecto de un joven de vida disipada que llega a ordenarse como monje trapense, que en el carácter religioso y espiritual, propiamente dicho, que representa. En el primer álbum de la serie (Seven Storey Mountain de 2009) Wooley estuvo acompañado por el guitarrista estadounidense de avant-rock Dave Grubbs y el percusionista e improvisador británico Paul Lytton. La segunda parte aquí mencionada (Seven Storey Mountain II) cuenta con la participación del baterista Chris Corsano (Sunburner Hand of the Man, Björk, Six Organs of Admittance, etc.) y el violinista C. Spencer Yeh (Burning Star Core)  y la tercera –de inminente lanzamiento- reúne a los participantes en ambos álbumes más el agregado de los vibrafonistas Matt Moran y Chris Dingman.

     

    Lo cierto es que Seven Storey Mountain II –aun conservando la médula estética del proyecto original- exhibe un universo sonoro denso e inquietante, oscuro y catártico que parece establecer una simbólica analogía entre el éxtasis religioso o la fenomenología de un estado de trance con el alivio que experimenta el artista cuando disipa sus bloqueos creativos y enfrenta el temor ante la posibilidad de equivocarse o fallar en la consagración de su obra. Temores que, según parece, Nate Wooley ha venido enfrentando (y superando) de manera persistente a lo largo de su trayectoria.

    Esa actitud se ha traducido en labores tan diversas como las mencionadas en este comentario, algunas más asequibles y exitosas que otras pero todas con innegable honestidad creativa e, invariablemente, orientadas a imaginar un mundo en donde es posible vivir alejado de lo trivial y ajeno a la superficialidad de los sucesos cotidianos.

     

    El arte es la rebelión del hombre ante la malvada estupidez de los sucesos cotidianos (Alejandro Dolina)

     

    Sergio Piccirilli

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