• Pretty Monsters: Pretty Monsters

    Relief, Patricia Highsmith, Feldspar, Crushed, For Autonauts For Travelers,  Deuterium, Entropy

     

    Músicos:

    Katherine Young: fagot

    Erica Dicker: violín

    Owen Stewart-Robertson: guitarra, electrónicos

    Mike Pride: batería

     

    Sello y año: Public Eyesore Records, 2012

    Calificación: A la marosca

     

    Sólo hay un medio para matar a los monstruos: aceptarlos (Julio Cortázar)

     

    La palabra monstruo ocupa un amplio abanico de significados. Según las instituciones culturales que promulgan las normativas dirigidas a fomentar la unidad idiomática, el vocablo monstruo puede expresar la “producción contra el orden regular de la naturaleza”, describir a un “ser fantástico que causa espanto”, aplicarse a toda “cosa excesivamente grande o extraordinaria en cualquier línea”, servir en la descripción de una “persona muy cruel o perversa” y hasta utilizarse -en lenguaje coloquial- para definir a un”individuo de extraordinarias cualidades en el desempeño de una actividad determinada”. Atento a esa diversidad de acepciones puede colegirse que, en el supuesto caso que intentásemos llevar adelante un ejercicio estadístico dividiendo en grupos a las personas que les cabe cada una de las definiciones mencionadas, llegaríamos a la fatídica conclusión que el total de la poblacion mundial pertenece a la categoría de monstruo. Hilando un poco más fino, se arribará también al convencimiento de que el concepto de monstruo está ligado -de manera indisoluble- a la mitología y la ficción, ya que el término se ha usado desde épocas pretéritas para referirse a criaturas –ficticias o reales- que están fuera de los estereotipos de normalidad de la sociedad.

    La tendencia a creer en monstruos data de tiempos inmemoriales y lo único que ha ido cambiando a través de los años es el contenido de esas creencias; según parece, esto es así debido a que –como afirmara el psicólogo Brian Cronk- “el cerebro siempre está tratando de determinar por qué suceden las cosas y, cuando la razón no es clara, tendemos a dar explicaciones harto extravagantes”. Incluso lo que hoy se adjudica a lo sobrenatural sigue manifestando ese esfuerzo innato por comprender aquello que no podemos explicar, mediante un mecanismo que -de acuerdo a lo señalado por el científico Benjamin Radford en su columna en LiveScience- “es básicamente el mismo proceso que el de la mitología: lo que no se entiende se adjudica a lo sobrenatural”. Por ello, hoy se engloba en la palabra monstruo a vampiros, hombres lobo, zombis y chupacabras; del mismo modo que antes la mitología nos hablaba de centauros, gorgonas, esfinges y arpías, sin importar que unas u otras se sustenten en brumosas evidencias, comprobaciones dudosas, informes adventicios e ideas cuestionables.

     

    Sin embargo, la palabra monstruo suele utilizarse también de manera arbitraria y prejuiciosa para descalificar a personas que realizan actos opuestos a los valores morales del entorno social imperante o que representan intereses antagónicos a los que uno profesa. La subjetividad inherente a este tipo de comportamientos, admite que se adjudique a una persona el mote de monstruo por el solo hecho de pensar diferente o que determinadas conductas sean catalogadas como monstruosas cuando, en realidad, obedecen a otros arquetipos conductuales. Esta pluralidad de criterios permite –por dar unos pocos ejemplos- que alguien califique como “monstruo” a un golpeador de mujeres del mismo modo que otro hace lo propio con una vendedora de telemarketing (cuando es sabido que la insistencia de estas últimas puede transformar a la persona más pacífica del mundo… en lo primero) o que muchos consideren a un asesino serial como el paradigma de la monstruosidad mientras algunos entendamos que ese lugar le corresponde a… no sé… digamos, mi cuñado. En este caso la falta de equivalencias es insalvable ya que, usualmente, un asesino serial termina pagando sus crímenes y abrumado por la culpa y el remordimiento; en cambio, mi cuñado… ¡bueh!

    En el campo del arte las representaciones de la noción de “monstruo” y su simbología como manifestación de oscuras fuerzas y espacios del subconsciente han sido retratadas vivamente en incontables ocasiones. En tal sentido bastará con mencionar el carácter tenebroso hallado en el cuadro La Novena Ola del pintor ruso Ivan Aivazovsky o recurrir al monstruo tragador del ámbito infernal pergeñado por El Bosco en El Jardín de las Delicias, recordar a los monstruos que encuentra en sus fantasías el pequeño protagonista del cuento de Maurice Sendak (luego trasladado al cine por Spike Jonze) Donde viven los monstruos, revivir la mirada introspectiva a los monstruos interiores del cuadro de Goya Saturno devorando a su hijo o revivir la frase de Henry James (“Nadie sabrá nunca si los niños son monstruos o los monstruos son niños.”) con la que el cineasta Lucio Fulci cerraba Aquella casa al lado del cementerio.

    Tal vez una de las miradas más inquietantes sobre este tópico es la ofrecida por el escritor argentino Julio Cortázar en su cuento Casa Tomada (incluido en Bestiario de 1951); allí, la monotonía de sus personajes es invadida por una fuerza invisible -que no es otra cosa que un símbolo de los monstruos que moran en la fantasía de los protagonistas- y a la que deben enfrentar para no ser expulsados de su propia casa.

     

    Esta última referencia –y buena parte de lo anterior- guarda estrecha relación con el debut discográfico de Pretty Monsters, banda que encabeza la notable fagotista y compositora Katherine Young (Till By Turning, Anthony Braxton’s Diamond Wall Quartet, Architeuthis Walks on Land, Leah Paul’s Bike Lane, entre otros) y completan el baterista Mike Pride (From Bacteria to Boys, Drummer’s Corpse, I Don’t Hear Nothin’ but the Blues, MIllions of Dead Cops, etc.), el guitarrista Owen Stewart-Robertson (Make a Circus, Even Though You’re Only One, Negative Nancy) y la violinista Erice Dicker (Till By Turning, Anthony Braxton’s Falling River Quartet, I’m in You).

    En este proyecto –nacido como una extensión del álbum solista de Katherine Young Further Secret Origins de 2009- se congregan los patrones del sistema de notación tradicional y los códigos encriptados de la libre improvisación, la música de cámara experimental y el noisy improv y se yuxtaponen la heterodoxia instrumental del Art Ensemble of Chicago, elementos del noise rock heredados de U.S. Maple, un tratamiento armónico emparentado a la música del precursor del espectralismo Giacinto María Scelsi e influencias literarias –aceptadas por su líder- que provienen, justamente, de Julio Cortázar.

     

    La apertura, con Relief, nos sumerge en un inquietante paisaje sonoro basado en pocas notas alteradas por medio de inflexiones microtonales, dinámicas y tímbricas en donde vale menos la construcción de un relato homogéneo que la súbita aparición de fragmentos de alta intensidad abstracta e infrecuente temperamento estético.

    Los climas misteriosos y opresivos en Patricia Highsmith ilustran apropiadamente el carácter de las obras de suspenso ideadas por la novelista estadounidense (autora de Stranger on a Train, The Talented Mr. Ripley, Small g: a Summer Idyll, entre muchas otras) aludida en el título de la pieza, mediante una notable conjunción entre los poderosos arrestos percusivos de la batería de Mike Pride, las vibrantes intervenciones de Erica Dicker en violín –primero en solitario y luego en un fenomenal contrapunto con el imaginativo fagot de Katherine Young- y las arrolladoras disonancias que provee la guitarra de Owen Stewart-Robertson.

    Tras el atrapante, visceral y volcánico andamiaje sonoro del breve Feldspar; sobreviene la original confluencia de música de cámara experimental, arte sonoro y ruido del sorprendentemente nostálgico Crushed, aquí con cardinales aportes de Erica Dicker en violín y Owen Stewart-Robertson en guitarra y electrónicos.

    Las influencias de Julio Cortázar en la propuesta de Pretty Monsters se hacen ostensibles en el enigmático viaje que plantea For Autonauts for Travelers, título que esboza una elíptica referencia al libro que ese autor escribiera poco antes de su muerte en sociedad con Carol Dunlop: Los autonautas de la cosmopista de 1982. Tema que encuentra, en la temeraria exploración de los recursos tímbricos del fagot a cargo de Katherine Young, a su principal protagonista.

    El extenso e hipnótico Deuterium va evolucionando a partir de un bucólico pasaje camerístico de extraña belleza -con epicentro en las frases del violín y los profundos acordes en guitarra- hasta converger en una coda libremente improvisada.

    En el abrasivo Entropy –aquí con un desempeño sobresaliente de Mike Pride en batería- se funden elementos provenientes de noise-music, rock de avant-garde e improvisación para conferirle al álbum un epílogo tan convincente como poderoso.

     

    Más allá de lo dispuesto en el imaginario colectivo, todos en algún momento nos hemos enfrentado a los monstruos y fantasmas que residen en nuestras propias fantasías.

    Y, en ocasiones, esos monstruos –como en el caso de los deliciosamente desafiantes y asombrosamente originales Pretty Monsters- merecen resultar victoriosos.

     

    Los monstruos son reales y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan. (Stephen King)

     

    Sergio Piccirilli

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