• Nicole Mitchell’s Sonic Projections en concierto: Ecos del Alma

     

    Blue Whale – Los Angeles, California (USA)

    Lunes 14 de enero de 2013 – 21:00 hs.

     Mitchell

    El poder implícito en la música y sus indiscutibles efectos sobre el cuerpo y el alma, permiten ensayar un abordaje de impronta esotérica sobre el arte musical. En ese contexto las cualidades estéticas que lo motivan e impulsan parecen formar un todo indivisible con los atributos que procura pero también nos inducen, de manera inexcusable, a intentar descubrir en donde reside ese poder. Sobre este tema podemos hallar un amplio abanico de representaciones, múltiples enfoques, pretendidas soluciones e inagotables argumentos –supuestamente- reveladores. Acudiendo a los extremos teóricos que pretenden develar este enigma, podrá decirse desde una perspectiva dogmática que las respuestas se asientan en leyes matemáticas; por el contrario, quienes abogan por respuestas relativistas evocarán aquello que –emparentado a lo que Immanuel Kant denominó  “objeto de la experiencia sensible”- ha sido dado en llamarse “fenómeno de condicionamientos” y cuya manifestación medular describe el proceso mediante el cual, al escuchar cierto tipo de música, se propicia el acceso a un estado de trance preestablecido.

     

    A nuestro modesto entender, estas respuestas pueden resultar parciales e incompletas cuando no se contemplan los perfiles del entorno cultural de desarrollo, las naturalezas del intérprete y el auditor, los condicionamientos espacio-temporales y, muy especialmente, si los encauces de la observación soslayan ese –aparentemente impenetrable- halo místico e inasible del poder musical que mencionamos con anterioridad. Hay quienes afirman –y con argumentos difíciles de rebatir- que el poder esencial de la música se manifiesta al influjo del mundo interior del ejecutante, la calidad de su concentración y hasta por el despliegue de una especie de línea iniciática con apariencia similar a lo que en el mundo árabe antiguo denominaban baraka  para hacer referencia a los actos sujetos a una “bendición divina” o que se atienen a la “suerte providencial”. Incluso aquellos que son más proclives al enfoque racional y empírico no deben olvidar que –como afirmara el psicólogo suizo Carl Jung- “el intelecto por sí solo difícilmente puede abarcar toda la mente”  y mucho menos tratándose, como en este caso, de una las actividades más indeterminadas e inabarcables de la existencia humana: el arte musical. Al fin de cuentas, y para acentuar ese encuentro vital entre lo material y lo inmaterial, vale recordar aquí la memorable frase del compositor Iannis Xenakis que dice: “la música es un arte que ha creado un puente entre el ente abstracto y su materialización”.

     

    En conclusión, podemos colegir que estos aspectos extáticos y místicos del arte musical -aun siendo polémicos, discutibles y relativos- quizás nos expliquen las causas por las cuales un intérprete asido al dogma, conocedor de la base matemática de la música e idóneo técnicamente, no logra fascinarnos cuando carece de fuerza interior y, en cambio, alguien con menos destrezas y conocimientos pero de una fuerte espiritualidad nos cautiva y provoca efectos increíbles aun ejecutando motivos muy simples. Asimismo, ese aspecto dicotómico que distingue por una parte la existencia de la motivación, fuerza interior e intención del músico y, por otra, la presencia objetiva de los medios, técnicas y conocimientos utilizados para expresarse, no invalidan ni impiden que en singulares ocasiones ambos conceptos se encuentren y confluyan para dar vida a una especie de “Big Bang” de la creatividad musical. La convergencia en un mismo artista de mente y espíritu, dogma y apostasía, la razón y lo visceral, realidad y abstracción, lo sagrado y lo mundano, dan como resultado a músicos cuyas obras –debido a su carácter integrador- se ubican más allá de todo debate posible y parecen inmunes a las polémicas y los cuestionamientos fútiles.

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    A ese grupo –integrado por unos pocos elegidos- pertenece la excepcional flautista y compositora estadounidense Nicole Mitchell quien, junto a su banda Sonic Projections (Craig Taborn en piano, David Boykin en saxo tenor y Chad Taylor en batería), llegó hasta la costa oeste estadounidense para grabar y presentar en escena The Undercover Escapades of Velvet Anderson, proyecto discográfico -de inminente lanzamiento- dedicado a la memoria del saxofonista, improvisador e ícono de la vanguardia jazzística de Chicago: Fred Anderson (1929-2010).

     

    La prestigiosa trayectoria de Nicole Mitchell se ha manifestado en años recientes a través de múltiples emprendimientos musicales que, aun en su diversidad, han estado enlazados por una invariable calidad estética y profunda espiritualidad. En la actualidad Mitchell lidera –en compañía de Josh Abrams, Frank Rosaly y Jason Adasiewicz- Nicole Mitchell’s Ice Crystal (banda cuyo debut discográfico tuvo lugar este año con el álbum Ice Crystal, Aquarius), encabeza el Black Earth Ensemble (David Young, Jeff Parker, David Boykin, Tomeka Reid y Josh Abrams) y Black Earth String (Renee Baker, Tomeka Reid y Josh Abrams) e integra -con Hamid Drake y Harrison Bankhead- el Indigo Trio. Todo esto, sin dejar de mencionar sus aportes en la Rob Mazurek’s Exploding Star Orchestra, Harris Eisenstadt’s Golden State, Truth or Dare, Anthony Braxton’s 12 (+1) tet, Frecuency, David Boykin Expanse y el AACM Great Black Music Ensemble.

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    Sonic Projections, desde su debut discográfico en 2010 con Emerald Hills, se perfiló como una propuesta que desdibuja de manera premeditada los límites entre composición e improvisación, en todo momento caracterizado por la claridad y el equilibrio sonoro e impulsado al conjuro de pulsos rítmicos llenos de apostura y entusiasmo. Su alegato estético, además, parece hurgar en los confines del blues y nutrirse de las raíces africanas del jazz pero sin apartarse de una ruta cuyo destino principal son las formas musicales más avanzadas del nuevo milenio.

    Ahora, con el material pergeñado por Nicole Mitchell para el álbum The Undercover Escapades of Velvet Anderson, se agrega además el componente emocional que implica una dedicatoria a favor de su mentor y amigo: Fred Anderson. De hecho, el título de la obra hace una poética referencia al afamado Velvet Lounge, club de jazz que cobijara por décadas a las nuevas generaciones de músicos de Chicago y del cual Anderson fuera su silencioso e incansable promotor y organizador.

     

    El concierto, en el angelino Blue Whale, da inicio con el intenso Secret Assignment. La composición abre con un aquilatado dueto entre la batería de Chad Taylor y el piano de Craig Taborn al que se suman el saxo de David Boykin en contrapunto y los sutiles ornamentos que provee la flauta, para luego evolucionar en un espectacular crescendo desde donde van aflorando la calidad y madurez interpretativas de los solistas; aquí, con particular destaque en la enorme fuerza interior que transmite la intervención en solitario de Nicole Mitchell. Una carta de presentación inmejorable.

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    En Velvet’s Disguise in the Bright City nuevamente el piano y la batería marcan el camino mediante un juego de complicidades no exento de intercambios de sonrisas. Al amparo de un letal impulso rítmico se suceden los soliloquios en flauta y saxo hasta converger en una catarsis colectiva que va desvaneciéndose con sutil naturalidad.

    Discovery of the Jewel es una pieza evocadora, hipnótica, mínima en su duración y poderosamente abstracta, que encuentra en el piano de Craig Taborn -merced a la perfección en el acabado de sus frases, los intersticios entre las notas, las coloridas armonías y los estratégicos silencios- a un protagonista casi excluyente.

    A la ascética introspección de Velvet Anderson’s Plan le sobrevienen los dinámicos, encantadores y sincronizados movimientos en swing de Running Rooftops que dan cierre al primer segmento del concierto.

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    Tras un breve intermedio, el cuarteto regresa para sumergirse en las profundidades rituales de Fort he Cause. El climático y reflexivo preludio de saxo y flauta desemboca en un feroz ascenso colectivo de impronta tribal que incluye oportunos adornos vocales a cargo de Nicole Mitchell.

    Los oblicuos arrestos improvisadores de Scaling the Underworld, Crawling Between Walls atraviesan distintos humores y cadencias sobre los que se adosan sucesivamente una secuencia de notas repetidas en flauta, una impecable intervención en solitario dominada por técnicas extendidas del saxo de David Boykin, un vibrante dueto entre este último y el piano de Craig Taborn y una reexposición final con la banda a pleno.

    A continuación, Chad Taylor deja su batería para pasar a la guitarra acústica y -en comunión con el piano- ornamentan el bellísimo solo de flauta de Nicole Mitchell que indica la apertura de The Capture In the Thorny Maze. La íntima desnudez, el temperamento reflexivo y los tonos minimalistas iniciales de la pieza, prontamente se trastocan en un sincronizado remate de ágiles dinámicas.

    sonic projectionsEl cierre del concierto llega con el épico afro-free de The Heroic Rescue, aquí un ascenso infinito propiciado por el piano de Craig Taborn –quien descuella sin llegar al solo- va escalonando las protagónicas intervenciones del saxo tenor de David Boykin y la flauta de Nicole Mitchell, hasta alcanzar su clímax en el fenomenal –y ejemplar- solo de Chad Taylor en batería. Final demoledor.

    Nicole Mitchell’s Sonic Projections ofreció un concierto muy difícil de olvidar y en donde se dieron cita la calidad, el talento, la creatividad, gracia y pasión.

    Pero, además, el innegable efecto revelador sobre el cuerpo y el alma que tuvo su música en la noche angelina nos lleva a creer que sus “proyecciones sónicas” no son otra cosa que… Ecos del Alma.

     

    Sergio Piccirilli

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