• Festival Jazz em agosto – Primera parte: Lisboa, ciudad abierta

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    Anfiteatro ao Ar livre – Lisboa (Portugal)

    Miércoles 7  y Jueves 8 de agosto de 2013 – 21:30 hs.

     

    Lisboa tiene una plaza que la define: Praça do Comercio. Siendo un espacio rectangular como se presupone, tiene en uno de sus lados una abertura al estuario del Tajo al que se llega por unas escaleras. Estas escalinatas separan apenas la tierra del suave oleaje que choca en las márgenes de un río que ya aquí sabe a salado.

     

    Abierta a la vanguardia, Europa no tiene mejor tarjeta de visita para llegar hasta ella que esta capital, entre tanto festival que sigue los caducos parámetros de Montreux, los del North Sea de Rotterdam o el de San Sebastián. Sin ningún reparo por la complacencia, sin ningún tipo de rubor por ofrecer sonidos de exigencia y percepción auditivas, Jazz em agosto cumple 30 años y tira la casa por la ventana con un cartel que pasará a la historia.

     

    Coincidiendo con el sexagésimo cumpleaños de ese gran ideólogo de la modernidad y la apertura del jazz a infinidad de lenguajes y formatos como John Zorn, el programa -que pivota básicamente entre dedicarle un ciclo, posibilitar nuevos tamaños a proyectos en funcionamiento y dedicar un espacio a figuras de la vanguardia histórica- ha puesto especial cuidado en fomentar formatos electroacústicos. Plantillas que, no en vano, venían reafirmadas por la polivalencia servida a través del “all stars” de The Dreamers o Electric Masada.

     

    Efectivamente, estos proyectos maduros de Zorn tendrían su equivalencia o relevo en la versión extendida de The Thing (en septeto) o la del quinteto de Peter Evans (aquí en octeto). Sobre la vanguardia histórica, la otra baza que sirve de pilar argumental en una edición tan señalada, vino dada por la presencia de Anthony Braxton y Pharoah Sanders, además de visionar dos conciertos históricos que tuvieron lugar en este mismo escenario de Jazz em agosto del World Saxophone Quartet (1987) y la Sun Ra Arkestra (1985).

     

     

    The Thing XXL

     

    Mats Gustafsson (saxo tenor, saxo barítono), Ingebrigt Håker Flaten (contrabajo, bajo eléctrico), Paal Nilssen-Love (batería), Peter Evans (trompeta, trompeta píccolo), Mats Aleklint (trombón), Terrie Ex (guitarra eléctrica), Jim Baker (piano, teclados)

    Fundação Calouste Gulbenkian, LisboaCon la idea de facilitar sinergias en formatos mayores sobre los originales, la programación del festival -en manos de Rui Neves- hizo posible con la versión XXL de The Thing la oportunidad de unir dos -o tres, con Chicago- de las escenas que más interesan a este festival: la escandinava (que en esta misma edición ya tuvo su protagonismo un día antes con otra versión extendida y eléctrica de Elephant 9) y la neoyorquina (bastaría citar a John Zorn). Quizá por ello, llevando el sonido del trío a una nueva dimensión, se hizo posible uno de los mejores resultados a los que este cronista pudo asistir. Música sin complejos que necesita de la potencia de sonido de un concierto de rock de calibre grueso, música hecha de precisión y de ruido, contundente, desgarrada, brutal.

     

    Como en el primer tema, auténtica tormenta de ruido sin descanso, una nube cargada de distorsión que engullía todo a su paso, quince minutos de fuego ensordecedor y amenazante. Toda una inicial declaración de intenciones que luego fue más que matizada en diferentes ángulos. Para un auditorio avezado en música contemporánea conectada con el arte sonoro, esto podría ser calificado de “bruitismo”. Para el aficionado al jazz que sabe de dónde viene y adónde puede llegar esta música desde el último Coltrane (de hecho hicieron una versión desmitificada y arrolladora de India por la que Gustafsson pidió disculpas…), con sus capas de sonido y energía en colisión, esto sería una continuación polucionada del free. Quizá lo más interesante del planteamiento de The Thing es su cercanía al rock; de ahí, quizá, que la colaboración con Neneh Cherry -más hacia el pop- haya podido llegar a buen puerto. Su actitud y su sonido tienen tanto que ver con el free como con el rock garage, pero sobre todo el punk: si la actitud es importante en esto, el sonido lo es más; pero baste con señalar los ademanes, el vestuario y el balanceo nervioso, paso adelante y hacia atrás, del guitarrista holandés Terrie Ex.

     

    En cierta forma, las maneras contestataria y agresiva, el volumen masivo que expele este grupo -llevado al paroxismo cuando Gustafsson coge el barítono y toma impulso en la energía de los hiperactivos e inmensos Håker Flaten y Nilssen-Love-, ponen en evidencia todas las categorías antes señaladas, a unos y a otros por igual. ¿Y quién mejor que Don Cherry para derribar muros de estilo? Si nos gustó la intrigante melodía arábiga que describía Golden Heart en el reciente The Cherry Thing, con la voz lejana de su hija cantando desde las laderas del Atlas, imaginen el juego hecho de capas de sonido que se cruzan y amontonan creando tensión mientras el saxo dibuja la melodía al unísono con el bajo. El intercambio milimétrico entre Gustafsson y Håker Flaten servía para subrayar el empuje rítmico o melódico pero también, de manera esclarecedora en sus silencios, para comprimir y descomprimir la tensión sobre los registros graves, es decir.. la masa de sonido.

     

    Fundação Calouste Gulbenkian, LisboaHay dos factores llamativos en este formato aumentado en cuatro músicos. Por un lado el piano y los teclados de Jim Baker y la guitarra de Terry Ex. Por otro la participación de Peter Evans -con su exquisita digitación y efusión de líneas- y el trombón de Mats Åleklint. Baker se dio cuenta rápido de que con el piano, ante el caudal de sonido, poco tenía por decir. Sólo en Golden Heart, entre sus velos misteriosos, pudo introducir alguna figura melódica.  Con el teclado, disparando (más que tecleando) fogonazos psicodélicos, estuvo mucho mejor. La guitarra funcionó como un elemento “rudista”, nunca melódico ni tampoco rítmico. Ex, con ese balanceo incómodo, creaba el zumbido de un enjambre de abejas y planos cortantes y repetitivos. Lo suyo era “incordiar”, agitar… Peter Evans estuvo muy acertado; era, si cabe, el músico que más líneas claras trazaba, en su gusto por los fraseos elípticos. Trompeta y trombón sirvieron para desarrollar la melodía con apuntes siempre concisos. La fogosidad de los metales, sobre todo del trombón, se adaptó bien al ambiente ruidista.

     

    Un tema largo fue lo mejor del concierto. Ahí todas las claves antes apuntadas se resolvieron de manera excepcional. Red River (de Ingebrigt Håker Flaten) es un tema insistente que con modulaciones en unísonos y silencios en suspenso entre barítono y bajo llevan, desde principio a fin y a lo largo de 20 minutos, un esquema de repetición aditiva sencillamente desbordante. Como bis planteado en la base rítmica, guitarra y teclado, como un patrón de rock and roll. Sin más. Luego se empieza a desmenuzar desde los metales y a dividir en células que crecen. Se recupera totalmente ya dividido en partes, con sus tiempos, con los que se juega a unísonos colectivos por secciones de manera descompasada. En uno de ellos se detiene.

    Contundente, desacralizado, agresivo, descomunal… XXL

     

     

    Peter Evans Octet

     

    Peter Evans (trompeta, composición), Ron Stabinsky (piano, trompeta), Brandon Seabrook (guitarra eléctrica, banjo, electrónicos), Dan Peck (tuba, tuba amplificada), Tom Blancarte (contrabajo, bombardino), Sam Pluta (electrónicos, voz, trombón), Jim Black (batería), Ian Antonio (percusión)

    Fundação Calouste Gulbenkian, LisboaCuando creíamos que este concierto sería una versión ampliada de Ghosts, el señalado trabajo que en quinteto tenía como principal reto actualizar la no muy transitada frontera que hay entre la expresión natural del jazz y la improvisación electroacústica, llega Peter Evans con un concierto de música nueva escrita en forma de un solo set y con un planteamiento con voluntad (entiéndase de hoy) orquestal.

     

    Dejó algo fría a parte de la crítica que no se sabe muy bien por qué esperaba algo parecido a lo que Evans ha hecho junto a Agustí Fernández… Esto no era improvisación libre, sino música escrita con segmentos improvisados y varias, hasta ocho, fuentes de sonido y dimensión electroacústica (guitarra, teclado, ordenador, por un lado; dos tubas y dos bajos al mismo tiempo, por otro). Difiero de Sam Pluta cuando, tras el concierto, dijo que su trabajo tenía que ver con la música concreta. No veo objetos fijados, no encuentro conexiones con Pierre Henry o Pierre Schaffer, le contesté. Sí en cambio con el sonido interiorizado en células de un Xenakis o en los patrones repetitivos de un Steve Reich. Aquí es donde la crítica de jazz, no creo que la portuguesa, habituada a este escenario, se pierde. No cabe establecer paralelismos en el jazz, a no ser que llevemos al presente la brecha exploradora abierta por Dave Douglas en Sanctuary (1997) o ciertos trabajos de los cerebros de la AACM.

     

    El juego entre tensiones por secciones, los puentes entre temas pivotando en determinados instrumentos, solos que tuvieron entre los más destacados al gaseoso y siempre acústico -aunque no lo pareciera por sus modulaciones y timbres- del propio Evans; o el muy creativo y personal del pianista (gran sorpresa) Ron Stabinsky, aunando blues y atonalidad sin parecerse a Cecil Taylor, o el que realizó con arco el gran contrabajista Tom Blancarte, emulando en su comienzo a un didjeridoo o el de  Brandon Seabrook, que favoreció con su nervio un segmento rítmico que recordó a Steve Coleman; sirvieron de transiciones a la vez que de rupturas y amplitud del mensaje. Lástima que entre tanta notación, y con un percusionista a su lado, Jim Black apenas destacara.

     

    Fundação Calouste Gulbenkian, LisboaMúsica que es esponja y faro. Quizá demasiado atada a la literalidad de unas partituras que se presentaban en Europa por primera vez. Peter Evans es una mente acaparadora y resolutiva. Sabe muy bien lo que hace y cómo hacerlo. Rupturas, transiciones, unísonos, modos repetitivos, volumen, atmósferas, tensión-relajación, ritmo palpitante en planos o en aristas, orden y concierto, desbordamientos no por saturación sino por compresión… Aquí hay una personalidad muy formada que hace posible concitar el mundo académico contemporáneo y el alternativo.

    Una sinfonía fantasmagórica.

     

    Jesús Gonzalo

     

    Nota: Se agradece el aporte fotográfico de Calouste Gulbenkian Foundation y Nuno Martins

     

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