• Festival Jazz em agosto – Segunda parte: Lisboa, ciudad abierta (II)

     

    aficheAnfiteatro ao Ar livre – Lisboa (Portugal)

    Viernes 9 y sábado 10 de agosto de 2013 – 21:30 hs.

     

     “Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito” (Fernando Pessoa)

     

    No sé por qué -aunque intentaré explicarlo- esta frase del poeta lisboeta resume todo lo que el festival de vanguardia Jazz em agosto representa: la ciudad, el pasado no existe y el resto está por descubrirse. Quizá si atendemos al motivo central de este evento en su trigésima edición, descubriremos un símil parecido“o outro lado do jazz”. En la periferia, en la creación de extramuros.

     

    La vanguardia actual del jazz tiene afortunadamente muchas puertas y ventanas por descubrir. Este festival apuesta por aquellas más exigentes para el oído, aquellas más cercanas al “ruido organizado” y que requieren de una escucha atenta y formada. La melodía aquí no es el centro (intramuros) de la creación. En consecuencia se revela como un festival único, arriesgado o con un riesgo bajo control: son treinta años que han generado un público (por cierto, bastante joven), una escena y un sello como Clean Feed que registra las continuas conexiones de colaboración entre los protagonistas que suben a este escenario.

     

    En el festival, de la música nada sutil (ni falta que le hace) de The Thing y su versión XXL, pasamos al día siguiente a la muy pensada en timbres (sobre todo) y texturas de Peter Evans (sería el relevo neoyorquino en el programa de la propuesta del británico Evan Parker y su Electroacoustic Ensemble).

     

    Luego llegó uno de los primeros ideólogos de la AACM y que pronto emprendió solo su propio camino: Anthony Braxton.

    Sonido rocoso con The Thing XXL, exaltación de la dimensión tímbrica con Peter Evans Octet y ahora, con Braxton, estructuras íntimamente ligadas a un formato de cámara. La forma como elemento primordial de un arte que se expresa desde la consonancia “disociativa”. En esto consiste su dialéctica: estar dentro de la forma para, desde el discurso, salir de ella. “Una escapada sin final”, habría que añadir, parafraseando el título de la famosa película de Jean-Luc Godard À bout de soufflé o Al final de la escapada.

     

    Y después seguiría una alumna de Braxton: Mary Halvorson. Acaso la mayor relevancia de Braxton en el contexto del jazz actual haya que buscarla en su magisterio, en sus alumnos. Mary Halvorson, al igual que su mentor, plantea un alejamiento sensitivo aunque no tan pronunciado. Lo suyo también es formal; pero, en lugar de fría arquitectura, lo suyo es diseño, un diseño que permite un uso funcional y comunicativo a la vez.

     

     

    Anthony Braxton Falling River Music Quartet

     

    Anthony Braxton (saxofones, clarinetes y composición), Mary Halvorson (guitarra eléctrica), Ingrid Laubrock (saxos tenor y soprano) y Taylor Ho Bynum (trompeta, corneta)

     

    Fundação Calouste Gulbenkian, LisboaLa melodía es aquella expresión musical que se sostiene sobre momentos de consciencia y puede remitirnos a algún instante del pasado o facilitarnos la comprensión de la realidad inmediata en distintas épocas de nuestra vida. Es también un recurso de vital importancia en la gramática musical, pues acota con recordatorios la duración del fenómeno en principio y fin. Anthony Braxton es un perfecto organizador del sonido, baste con señalar que en dos atriles abiertos y sin pasar página, transcurrió la hora y algo más de música de su concierto. Su producción es tan vasta como poliédrica y jamás se podrá decir de él que no es un creador o un educador comprometido con sus inquietudes de vanguardia. Vanguardia y fecundidad a veces van acompañadas de especulación. No sería el caso de lo que escuchamos en Lisboa de la mano de unos músicos compenetrados y comprometidos con el autor, jóvenes de técnica impecable y con momentos -muy contados y efímeros- milagrosos.

     

    En Braxton existe una superestructura y una intención de progreso lingüístico que se manifiestan con este grupo en una plasticidad de cámara contemporánea y cuyo resultado auditivo –pese a tratarse de un miembro fundador de la estadounidense AACM- tiene temperamento europeo y recuerda en su posición intelectual a un Boulez aunque adopte técnicas aleatorias (no combinatorias) que sugieran a Cage. Por todos es sabido que también ha mirado a la tradición en su larga y prolífica carrera, leyendo de manera única a Charlie Parker y, como nada es casual, a Lennie Tristano.

     

    Muchas rotaciones en los instrumentos (Bynum tocó hasta cuatro tipos de trompetas, tres saxofones a cargo del líder y dos por parte de Laubrock), una organización dirigida hacia adelante y sin volver la vista a lo dicho (no hay recapitulaciones ni centros temáticos), una expresión marca de la casa que juega con la limpieza de líneas al natural y con el emborronamiento de las mismas (multifónicos), emparejamientos sin unísonos, solos inmersos en la forma (muy bien Taylor Ho Bynum en todos los suyos) y, en suma, un planteamiento en espiral sin un destino fijo y sin paradas.

     

    Fundação Calouste Gulbenkian, LisboaBrillante, organizada y de fría belleza, la música de Braxton y él mismo como personalidad creativa afroamericana salida de los ‘60, son la culminación de un largo recorrido de su raza por alcanzar y superar los obstáculos raciales en el mundo académico. Su obra es la reafirmación de una exigencia por intentar alcanzar la lucidez abstracta. Cuando la melodía es un accidente a evitar y la química orgánica un fenómeno evitable (sólo las combinaciones de los jóvenes Bynum y Halvorson las hicieron posible ya que aquí Ingrid Laubrock ocupó siempre un papel secundario), la emoción apenas cabe en este contexto elusivo. ¿Disyuntiva o dialéctica? ¿Música cerebral o música que emociona? A Braxton este problema no le interesa, aunque todos sepamos cómo naufragaron los postulados de la música serial (Darmstadt) y cuánto les alejó del público… El público, que casi llenó el aforo y aplaudió y aplaudió. ¿Esperaban un bis de esta música? Yo no. No lo hubo.

     

     

    Mary Halvorson Quintet

     

    Mary Halvorson (guitarra eléctrica), Jonathan Finlayson (trompeta), Jon Irabagon (saxo alto), John Hébert (contrabajo) y Ches Smith (batería)

     

    Fundação Calouste Gulbenkian, LisboaGuitarrista sin duda singular y requerida en mil frentes creativos, Halvorson es un músico fruto de su tiempo, con un pie puesto en la música académica (de los estudios de Biología la rescató el propio Braxton) y otro en el rock y el folk avanzados. Para servir de puente entre estos mundos, su obra se construye a modo de diseño.

     

    Su quinteto es un formato que en sí mismo no resulta demasiado alejado del jazz. Su música tampoco, pues hace uso de recursos organizativos de introducción, juego polifónico en los metales, rotaciones de solos, espacios para la base rítmica, rupturas y resoluciones que pertenecen a esta música. Eso sí, sus finales proponen un gesto inacabado que subrayan aún más la idea de boceto, de arquitectura inconclusa.

     

    Cabe resaltar el trabajo realizado por John Hébert y el gran Ches Smith, posiblemente uno de los bateristas más creativos y originales (fuera de la tradición del jazz en este instrumento) del momento. La genialidad fría de Jon Irabagon, con su impecable técnica, brillo en sus dos solos (uno de ellos con respiración circular, imprimiendo la energía que tanto Hébert como Smith demandaban). Jonathan Finlayson – a quien ya habíamos visto junto a Steve Coleman- es un trompetista que gusta de la limpieza de líneas alargadas y en tesitura de instrumentista clásico. El front line,  en contrario, no parecía muy involucrado en la interacción de un núcleo tan sólido y contrastado (es el germen de este quinteto) como el del trío de guitarra, bajo y batería.

     

    Fundação Calouste Gulbenkian, LisboaHalvorson juega con los acoples mientras mantiene un sonido acústico. Es tremendamente instintiva e inventiva, abre vías nuevas a sus compañeros al mismo tiempo que cumple rítmicamente (otra de sus bazas es que lo hace a través de glissandi) y crea ambientes repetitivos. Lo que más me gustó fue el bis final, una pieza heterofónica, basada en células repetitivas que jugaban con la tensión y la adición con modulaciones en todos los rincones instrumentales.

     

    Hébert se quitó el sombrero que traía. Su bigote le confería un aire parecido al de Pessoa. Al entrar en la música de Halvorson, esa visión desapareció.

    La ciudad sigue ahí. Abierta.

     

    Jesús Gonzalo

     

    Nota: Se agradece el aporte fotográfico de Calouste Gulbenkian Foundation y Nuno Martins

     

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