• Mariana Bianchini – Felipe González: Ninguna pesadilla

    2Café Vinilo – Buenos Aires (Argentina)

    Viernes 25 de julio de 2014 – 00:00 hs.

     

    El evento llevado a cabo en el Café Vinilo el pasado 25 de julio llevó por título En el país de las pesadillas. No es la primera vez que la cantante y compositora Mariana Bianchini hace referencia a la palabra pesadilla. ¿A qué se deberá esta suerte de recurrencia? Ya de por sí es complejo, aunque fascinante, intentar imaginar un país donde habiten. Sería interesante averiguar si se ponen en contacto entre ellas, si sus costumbres son uniformes, si los patrones de comportamiento dependen de determinadas reglas, en fin… un sinnúmero de posibilidades que surgen a partir de una sentencia que podríamos denominar utópica.

    No obstante, siendo al menos un poco más terrenales y apostando a que a la cuestión se esté refiriendo metafórica, figuradamente y no en forma literal, desde ya es significativo que se hable de pesadillas y no de sueños; también podríamos decir que se habla de un país y no de un continente o provincia o ciudad o barrio o… pero aquí todo parece estar bastante más claro: no creemos que tenga que ver con una cuestión patriótica o nacionalista sino más bien con una porción de territorio determinada.

    Si nos atenemos a las clásicas definiciones hallables en el diccionario de la RAE (que últimamente está protagonizando ciertos papelones pero aún es la voz más autorizada a la hora de verificar el significado de los diferentes epítetos que supimos conseguir), una pesadilla es un ensueño angustioso y tenaz, una opresión del corazón y dificultad de respirar durante el sueño, una preocupación grave y continua que se siente a causa de alguna adversidad y también una persona o cosa enojosa o molesta.

    Lo primero que debe quedar claro es que toda pesadilla es un sueño, pero no todo sueño es una pesadilla. Ahora… ¿cuándo un sueño pasa a ser una pesadilla? Indudablemente que depende de cada ser (de su circunstancia, de su psiquis, etc.). El mismo sueño puede resultar celestial para algunos o una aterradora pesadilla para otros. Al respecto se ha escrito mucho. Científicos, psicólogos, psiquiatras, médicos, filósofos, cineastas, opinadores, panelistas y -por supuesto- algunos porteños, han dado su opinión, su parecer, su visión.

     

    jorge-luis-borgesPodríamos hacer hincapié en La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, pero sería casi un insulto a la erudición de nuestros lectores recurrir a lo remanido, a lo previsible. Alejados de ello, se ha decidido utilizar –en forma unánime- el CBP (Caprichoso Bolillero Personal). Y la bolilla seleccionada reza JLB (Jorge Luis Borges); y no ha sido una decisión azarosa desacertada: el escritor argentino le dedicó un poema (La pesadilla), aquél que se inicia con “Sueño con un antiguo rey…” y que finaliza diciendo “El día entra en la noche. No se ha ido”. Pero también la segunda de las “Siete noches”, una serie de conferencias llevadas a cabo en 1977 en el Teatro Coliseo de Buenos Aires donde se transforma en una máquina de citar: Spiller, Groussac, Browne, Dunne, Boecio, Shakespeare, Frazer, Calderón de la Barca, Víctor Hugo, Coleridge, Addison, Dante Alighieri, los pintores De Quincey y Füssli… y su propio sobrino, entre otros.

     

    La cantidad de conceptos y travesuras que encadena Borges en la mencionada conferencia invita a la relectura, a intentar encontrar el desatino, la contradicción, la vacuidad. Llega un momento en que lo que (me) importa es la magia que sus palabras transmiten, provocando un estado de ensoñación y no de somnolencia. Arranca diciendo “Los sueños son el género; la pesadilla, la especie”, sintiéndose defraudado de los libros de psicología que ha leído, que no hablan “sobre lo asombroso, lo extraño del hecho de soñar”.

    Me gustaría detenerme en algunas cuestiones puntuales, que pueden considerarse válidas aún fuera de su contexto: “en las pesadillas lo importante no son las imágenes (…) es la impresión que producen los sueños”; o bien “los sueños son una obra estética, quizá la expresión estética más antigua. Torna una forma extrañamente dramática, ya que somos, como dijo Addison, el teatro, el espectador, los actores, la fábula”. Y muy interesante es el pasaje en el que el escritor se refiere al nombre en sí, sosteniendo que en castellano el diminutivo parece quitarle fuerza. En cambio en griego (efialtes), latín (incubus), alemán (Alp), sus nombres son más potentes, significando que se trata de un demonio que inspira la pesadilla.

    Finalmente, en inglés llegamos a “la palabra más sabia y ambigua: nightmare, que significa para nosotros <la yegua de la noche>. Shakespeare la entendió así. Hay un verso suyo que dice <I met the night mare>, <me encontré con la yegua de la noche>”. Para luego agregar que “según los etimólogos la raíz es distinta. La raíz sería niht mare o niht maere, el demonio de la noche”.

     

    7Mire usted lo que nos ha disparado el título de la presentación que protagonizaran Mariana Bianchini (voz) y Felipe González (electrónicos)… Y si hemos intentado buscar alguna hendija para entrarle a dicha denominación es porque, a priori, no pareció una noche de pesadillas, con demonios inspirándolas y tampoco con una yegua de la noche. Sin embargo, algo de lo referido por Borges nos ha ayudado a poder interpretar mejor no pocas cosas, sin dejar de tener en cuenta que algunas de las líricas perpetradas por Bianchini sí tienen algún tinte pesadillesco.

    Felipe González se halla (y no se moverá de allí) en el centro del escenario, sentado, ejecutando sus electrónicos. La dinámica, el movimiento, es propiedad exclusiva de la cantante de Panza y líder de Las Bailarinas Anarquistas. El repertorio (con sólo una excepción, el tema de apertura) constará de material pre-existente en los tres álbumes solistas de Bianchini: Post-incubadora, Bú (especialmente) e Indisciplina. Pero, en general y afortunadamente, no se ha tratado de versiones muy fieles que digamos a las originales.

    El inicio es con el único inédito de la noche que íbamos a denominar “Intro”; pero que habida cuenta de que no se trató de un instrumental, el CNQTTQD (Comité de Notables Que Titula Temas Que Desconoce) decidió –arbitrariamente- bautizarlo Buda (otro gran candidato era “Sumo”). Una base onírica (mire usted) sobre la que Bianchini se siente liberada para gemir, suspirar, narrar: “Hace unos días vino un luchador de sumo y se quedó; en mi pecho se quedó. Él se acomoda como en un sillón entre el esternón y mi corazón…“ Y este ser (¿será un Buda?) deja mensajes,  se esconde “por ahí”, tiene gotitas en los ojos, un charquito en la nariz, pero –además- “él reconoce tu sabor, sabe que estás en mi canción, que se vuelve pesadilla si no vuelvo a su guarida”. Un gran comienzo casi “a capella” al que Felipe González imprime vigor provocando un leve in crescendo que recuerda en un todo a ciertas atmósferas bjorkianas, con la cantante en estado de éxtasis.

    9Seguirán cuatro temas correspondientes a ; el primero de ellos –el que da título al álbum-, parece una continuidad en cuanto a lo sonoro. Bianchini se apropia de la triste historia con soltura, pasión y dolor. La lucha por superar el desamor continúa en Ley seca; la cantante sobreactúa torpes pasos de danza (“Bailo sobre mis patas de palo”) sobre una intro hipnótica. E interpreta (no sólo canta) magníficamente con un manejo de los climas y de la voz realmente admirables.

    Uno se pregunta a esta altura si no sería más conveniente la no utilización de sonidos percusivos no-humanos a favor del clima intimista; pero no me haga mucho caso… tal vez sean manías de uno…

    Estaba cavilando sobre lo antedicho cuando se hacen presentes –en carácter de invitados- Esteban Sehinkman (piano) y Sergio Álvarez (guitarra eléctrica) para Inundación y Súper chica. La pérdida persiste cual concepto en la primera; un intento de querer sentirse superior para ser –realmente- inferior, el poder como absurdo eje amoroso en la segunda. El universo sonoro se amplía ante la presencia de Sehinkman y Álvarez que brindan un final con sutilezas en Inundación y detalles mágicos en una Súper chica que se disfruta tanto arriba como abajo del escenario.

    11Tsunami viene con una soberbia intro a cargo de Sergio Álvarez que, vagamente, me recordó a un tal Steve Hackett; uno de los mejores temas de Indisciplina muestra a una Bianchini más contenida que en el álbum y al guitarrista en estado de gracia (gracias). Volvemos a para Pura realidad (otra alusión onírica explícita: “y cuando duermo ya no sueño, me desvelo y enloquezco”), con su inicio lúdico, buena faena de González en electrónicos, Sehinkman aportando cotas minimalistas, Bianchini que pasa progresivamente del candor a la ira in-contenida y una fantástica coda final a cargo de Álvarez con una cita a Hey Jude que fue mucho más que un detalle azaroso. Revelación (Indisciplina), con la precisa entrega de Felipe González y un Sehinkman superador al piano, resulta uno de los momentos más logrados de la noche. Se suceden otros dos temas de : Escena de amor es impecable y sublime, interpretada en dúo de piano y voz reflotando aquello de que menos es más (aunque sea a veces, como acá); Sehinkman deja el escenario (y ya no volverá) y entonces, en trío, interpretan Tu peor error (“Y entonces sueño que estoy con vos…”) con base percusiva a cargo de González, Álvarez ofrendando un racimo de sutilezas y Bianchini que primero luce celestial y, luego, desgarradora. Desde Post-incubadora llega la pesadillesca La escondida en sentida versión; luego la cantante toma una pequeña guitarra acústica para entonar, entre el público, sin amplificación y con aroma a fogón, El viaje (Indisciplina). Otro momento exquisito que contó con ascéticos aportes de Álvarez. Del mismo disco, una interesante (más intimista) relectura de Ruta al infinito.

    10Para el final, otras dos entregas de Post-incubadora. Bianchini desdramatiza la excelente adaptación de Fantasía con su (una vez más) interpretación, empujando lúdicamente con su cara el micrófono a diestra y siniestra. El cierre es con Lagañas; nuevamente la presencia de la electrónica bjorkiana –robótica, violenta, mérito de Felipe González- pero esta vez atravesada por una brillante intervención de Sergio Álvarez. Y Bianchini que afirma “Algo debo estar haciendo mal”, pero no seguramente en esta noche, y exprime su garganta en un final estremecedor.

     

    Mariana Bianchini perpetró, junto con Felipe González, un espectáculo que da toda la sensación de ser apenas (¿apenas?) un indicio de algo por venir. La propuesta difiere y bastante de las anteriores o paralelas de la cantante: Panza, Las Bailarinas Anarquistas, Hipnótiko, La Orquesta de Señoritas, etc. Se la vio cómoda, con cosas que ajustar por supuesto, pero sólida en el riesgo. Y si el camino que se viene pasa por el tema de apertura (¿Buda?), la ansiedad por la novedad superará a la cautela.

    Volviendo a Borges y para que se entienda lo ocurrido en el Café Vinilo, hay correlato en la cita a Addison ya que en todo sueño (y una pesadilla lo es) somos “el teatro, el espectador, los actores, la fábula”. Los asistentes hemos formado parte de la propuesta sin premeditación, de manera envolvente, inevitable. He ahí quizás el mayor mérito de los artistas.13

    Pero también está el segmento donde Borges afirma que el vocablo “pesadilla”, etimológicamente, sugiere algo sobrenatural. Y se pregunta: “¿Y si las pesadillas fueran algo sobrenatural?”

    A priori, algo sobrenatural resulta algo difícil de entender, de explicar…

    Tan difícil de entender y de explicar, como lo que sucede cada vez que Mariana Bianchini se sube a un escenario.

    Y que, seguro, no pertenece a ninguna pesadilla.

     

    Marcelo Morales

     

    Nota: Se agradece el aporte fotográfico de Doloresg Fotografía

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