• Anthony Braxton’s Diamond Curtain Wall Trio en concierto: Un modelo para el cambio

     

    braxton1Zipper Hall – Los Angeles, California (USA)

    Sábado 27 de septiembre de 2014 – 21:30 hs.

     

    En el Zipper Hall de la ciudad de Los Angeles -y como parte de un sensacional doble programa que incluyó también a Wadada Leo Smith’s Silver Orchestra- tuvo lugar la presentación del Anthony Braxton’s Diamond Curtain Wall Trio integrado por su líder en saxo alto, saxo soprano, saxo sopranino y electrónicos, Kyoko Kitamura en voz y Taylor Ho Bynum en corneta.

    Anthony Braxton es reconocido casi en forma unánime como uno de los músicos, educadores y creadores más importantes de los últimos cincuenta años. En el inagotable y revolucionario devenir de su trayecto artístico ha ido construyendo un fascinante universo estético caracterizado por la elaborada complejidad, innovación, autonomía e inmanente búsqueda de nuevos modelos para el desarrollo de la creatividad humana.

    La irrevocable profundidad espiritual e intelectual que lo distinguen y las invalorables cualidades de sus ideas, le han valido un enorme prestigio entre la comunidad de la música creativa de nuestro tiempo; pero, además, su persistente desarrollo a través de los años en prácticas artísticas orientadas a empujar al oyente afuera de su zona de confort, también le hicieron ganar el respeto tanto de quienes en algún momento fueron sus detractores como de los que tienden a experimentar cierto grado de incomodidad con todo aquello que ponga en tela de juicio lo establecido.

    braxtonLas tradiciones institucionalizadas –provengan éstas del jazz, el rock, la música clásica, etc.- nos enseñan a escuchar música con algún tipo de expectativa y eso se traduce en la formación de oyentes en serie que parecen no estar habilitados para encontrar satisfacción en aquello que pueda sorprender, incomodar o que, simplemente, no responda a sus expectativas.

    Hoy en día, pensar en términos de purismos puede resultar anacrónico ya que vivimos en una época signada por la diversidad cultural, el acceso inmediato a la información y una permanente conexión propiciada por las nuevas herramientas comunicacionales. Sin embargo, esa institucionalización de la tradición aplicada al arte en general y a la música en particular, no sólo existe sino que además obedece al –hoy cuestionado- concepto del poder que ha regido los destinos de nuestra sociedad durante décadas. En esencia, cada vez que alguien expresa con fuerza de ley “esto es jazz y esto no lo es” o que desde alguna institución se nos dice que el jazz, para ser tal, debe tocarse de una manera predeterminada –la idea es aplicable a todos los géneros, por cierto- nos vamos acercando a la noción del poder que aparece incrustada en la ideología liberal y a la cual Michel Foucault describiera apropiadamente como “el poder pastoral”. Es decir, un poder que busca someter la voluntad del individuo a la de un “pastor” que nos guía como si fuésemos un rebaño. En ese sentido, puede colegirse que las propuestas artísticas que rompen con las expectativas del espectador y se oponen al discurso emanado de ese “poder pastoral” nos impulsan a ser artífices de nuestro propio destino (en lugar de hacernos parte del “rebaño”) e implican, a su vez, un desafío al relato soterrado en la supuesta “historia oficial”.

    Anthony Braxton es uno de esos elegidos que poseen la constante capacidad para subvertir el orden establecido con su arte; y lo entregado en la noche angelina ofició, justamente, a modo de ratificación.

    braxton3En el concierto ofrecido en el Ziipper Hallpor, en el Diamond Curtain Wall Trio se amalgamaron la improvisación intuitiva con la electrónica interactiva que provino de un programa de software propio denominado SuperCollider; la utilización de partituras gestuales devenidas del sistema de Language Music pergeñado por Braxton con la notación gráfica enraizada en las bases conceptuales de su Falling River Music. Y todo esto con denominador común en la idea de abarcar la mayor cantidad de génerosy tradiciones musicales posibles sin obedecer las reglas de ninguno de ellos en particular para, de ese modo, construir una narrativa que –según su autor– aspira a ser transidiomática.

    Es probable que lo dicho parezca –en especial, para alguien que no esté familiarizado con la obra de Anthony Braxton- poco menos que un jeroglífico indescifrable; así que intentaremos ubicarnos en contexto aunque sin alejarnos demasiado por lo enunciado en aquella frase de Albert Einstein que dice: “Todo debe hacerse lo más simple posible, pero no más sencillo”.

    En primer lugar debe aclararse que Braxton adjudica un código de números a cada una de sus composiciones -como si quisiera emular por contraposición a Pitágoras, quien cuando hablaba de números hacía referencia a la poesía– y también que en el núcleo de su música existen una lógica de improvisación, una lógica de dinámica estructural y una lógica gestual. Ergo, los músicos que lo secundan deben entender a fondo esos tres componentes logísticos anclados en su obra. Asimismo, es necesario comprender que el conjunto de la obra de Braxton ha experimentado sucesivas transiciones que fueron llevándolo de la música  de fórmulas (usando, por ejemplo, jugadas de ajedrez o iniciales de nombres) a la música de lenguajes (con sintaxis y vocabularios vinculantes) y de allí a los sistemas musicales que aplica en la actualidad como la Diamond Curtain Wall Music, el Echo Echo Mirror House, la Falling River Music y el Ghost Trance Music.

    364aLos exigentes aspectos logísticos que sustentan la obra de Braxton pueden hacer creer –erróneamente, por cierto- que su música está reservada a una elite de iluminados; pero la realidad indica que su disfrute es viable para cualquiera que ame el arte, la música o la creatividad en todas sus formas y que esté dispuesto a ser sorprendido, movilizado y hasta incomodado.

    La actuación en Los Angeles del Anthony Braxton’s Diamond Curtain Wall Trio, debido a sus características inmanentes, no puede ni debe reseñarse de manera convencional o lineal; pero aun así, haremos el intento por ofrecer –suscintamente – algunas pistas sobre lo sucedido.

    El concierto hizo centro en una extensa interpretación desde la perspectiva de los principios de la Falling River Music (es decir, exploración sobre partitura gráfica con dibujos y pinturas) de Composition No. 364a (pieza cuya versión original -con Braxton, Tomas Fujiwara y Tom Rainey- proviene del box set 12 Duets de 2014). Durante el transcurso de la ejecución, el trío también acudirá –al conjuro de las indicaciones que imparte Anthony Braxton a modo de partitura gestual- a material secundario proveniente de la Ghost Trance Music (sistema que hurga en las profundidades rituales de la música de trance) como Composition No. 239 y Composition No. 192. De esta última pieza –en origen interpretada a dúo por Braxton y Lauren Newton en el álbum Composition 192 (For Two Musicians & Constructed Enviroment) de 1998- fueron extractadas las letras usadas por Kitamura durante sus improvisaciones vocales.

    Braxton2La apariencia laberíntica de la propuesta enarbolada por el trío se resolvería con sorprendente naturalidad, frescura y vivacidad. Esa indiscutible sensación estuvo rubricada por la emocionante y autorizada labor en escena de Anthony Braxton –alterando diferentes saxos con los electrónicos y la conducción del ensamble-, un imaginativo Taylor Ho Bynum alcanzando momentos plenos de magia desde la corneta y con una sublime e impactante performance vocal por parte de Kyoko Kitamura.

    Una ovación de pie al finalizar el concierto será el justo y merecido premio para una entrega que resultó ser la prueba viviente de que no hay una única manera de hacer las cosas, que es posible hacer aquello en lo que uno cree y que, por fortuna, la creatividad humana sigue dando muestras de tener una capacidad infinita para desarrollar ideas originales.

    La música creativa –y la ofrecida por Anthony Braxton’s Diamond Curtain Wall Trio lo es- tal vez no pueda cambiar el mundo pero nos esté dando…

    Un modelo para el cambio.

     

    Sergio Piccirilli

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