• Cam Beszkin: Enamorar o morir

     

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    Músicos:

    Cam Beszkin: guitarra eléctrica, voz, guitarra acústica en Ciertas cosas

    Arnaldo Taurel: batería

    Músico invitado:

    Sergio Álvarez: guitarras acústica y eléctrica, teclados

     

    Sello y año: UMI, 2016

    Calificación: Está más que muy bien

     

    Si nos remontamos al siglo VII A.C. y nos situamos geográficamente en Atenas (Grecia), nos encontraríamos con una sociedad desigual, donde el Derecho se basaba en costumbres y tradiciones. El agravante (o al menos “uno de los”) era que, ante un litigio, la palabra de los pertenecientes a la aristocracia era mucho más tenida en cuenta que la de los ciudadanos de las clases media o baja, más o menos como siempre, bah…

    La reiteración sistemática de estas anomalías fue provocando una enorme y violenta tensión social que ameritaba una decisión política que pudiera intentar encauzar la situación que -como ha sido- es y seguirá siendo favorable a esa eterna minoría cuyo poder concentrado (económico, político) va indefectiblemente en detrimento de las mayorías. Que son silenciosas. Hasta que se hacen sentir.

    Al borde de la guerra civil por los constantes abusos a los que los trabajadores y pequeños comerciantes debían someterse, se tomó entonces una decisión que marcaría un punto de inflexión de singular relevancia en la historia social y política ateniense: se recurrió a los legisladores y se promovió la creación del cargo de tesmoteta o arconte, cuya función consistiría en registrar y hacer públicas las leyes.

    Y hubo uno de estos arcontes que fue bastante más allá, máxime si tenemos en cuenta el contexto histórico en el que debió desenvolverse. Nos referimos a Dracón, quien parecía tener una especie de obsesión o idea fija: sacarle los privilegios a los nobles, al menos en el aspecto judicial. Para ello llevó a cabo la primera codificación de las leyes, dejando así sin efecto la tradición del juzgamiento oral sin documento alguno que lo respalde.

    Así fue que en el año 621 A.C., Dracón (considerado sabio y justo por sus conciudadanos) se encargó de publicar una serie de leyes escritas eliminando así la posibilidad de la interpretación de las mismas poniendo a la justicia del estado por encima de la justicia familiar o privada. Un enorme paso hacia la democratización y que también tendría sus detractores: el rechazo hacia su código sería tal, que debió finalmente huir hacia Egina. Fue Solón quien, en el 594 A.C., se encargó de suavizar y, en algunos casos, derogar las leyes de Dracón que –dicho sea de paso- rozaban y un poco más la crueldad.

    A la distancia queda la sensación de que Dracón, abrumado por la realidad imperante en Atenas, decidió crear leyes ejemplares; la mayoría de ellas implicaban la aplicación de la pena de muerte aunque se tratare de delitos de poca monta. Su explicación al respecto era un tanto contundente y singular; Dracón sostenía que los delitos pequeños merecían la pena capital y que el problema con el que se encontraba era que, para los delitos mayores, no hallaba otro castigo superior. Solón, con sus reformas, sólo dejaría aplicable la pena de muerte para los asesinos.

    Hoy día es habitual calificar a una ley o medida excesiva como “draconiana”. Y también suele utilizarse “draconiano” como sinónimo de algo riguroso, enérgico, radical, concluyente, inflexible o drástico. Y, de alguna manera, con algunos de estos calificactivos bien podríamos estar refiriéndonos al último trabajo de la (en este caso) cantante, guitarrista y compositora argentina Cam Beszkin.

    Enamorar o morir es su tercer disco solista. Su debut fue en 2008 con Andaba cruda, disco en bajo y voz, exclusivamente, ambos a cargo de Beszkin; en 2010, compartió créditos con el guitarrista Manuel Fusari en Música que cambia por vida la pena que hace riego y que hace casi risa la vida. Con su trío RÍE (integrado además por Martín Fernández Batmalle en guitarra y voz y Manuel Caizza en voz y batería), editaría dos álbumes de estirpe rockera: RÍE (2011) y Volumen uno (2012). El rock siguió presente en su segundo disco solista: Este amor ya no es para tanto, junto a Elián Gallese en batería y percusión y -en tres temas- Lucas Finocchi en guitarras. En el medio también hubo espacio para grabar canciones infantiles, oficiar de bajista en la banda de la cantante Mariana Bianchini Las bailarinas anarquistas, presentaciones en diversos formatos, su participación en la banda de pop-rock Verne y en The Monkeyness, agrupación orientada al electro-folk.

    Pero para este nuevo álbum, Beszkin parece haber decidido patear un par de tableros. El disco lo ha registrado casi exclusivamente en compañía del ex baterista de Porco, Arnaldo Taurel, ha dejado de lado el bajo para ejecutar sólo guitarras y se ha hecho cargo de las composiciones y las voces. Y el título bien puede ser tomado como una suerte de sentencia draconiana, ya sea tomada como una orden imperativa hacia terceros “¡Enamorarse o morir!” o bien como una dicotomía autoimpuesta –y dicha en tercera persona- que no admite medias tintas: me enamoro… o muero.

    Desde el principio, Beszkin –como Dracón- muestra las garras sin anestesia desde los primeros acordes de Pizca de poder que va directo al hueso con su aire zeppeliano a pesar de tratarse de un dúo (no hay bajos en el disco, sólo unas escasas sobregrabaciones de guitarras y homeopáticas dosis de teclados en dos temas) y una sorprendente Beszkin que, como letrista, no se anda con eufemismos y canta además con suma autoridad. “La franqueza de tus ojos no es tu fuerte” brama en Del Latín: Mortualia, que por un momento me retrotrae al impacto ocasionado por Dry, aquel fantástico debut de P.J. Harvey. Es y está brava Cam Beszkin que celebra poder elegir enamorar o morir en el tema que titula al álbum para luego ordenarse un “basta de sobrevivir” mientras apela a toda la contundencia de su guitarra que va tomando tangentes (necesarias, bienvenidas), por encima de la potencia y solidez de un monolítico Arnaldo Taurel en batería. En El propietario Beszkin sigue sin dar tregua y, en lo que aparenta ser una (tensa) calma, pasa de aquel “enamorar o morir” a “macho o muerte” y el (buen) alegato feminista (o antimachista, como prefiera) en el patetismo instalado y aquí reflejado “Cruzo y te voy a buscar, a demostrarte que te va a gustar (…) Porque tus piernas se dejan ver, me doy permiso a proceder” Molesta. Duele.

    Mi casa mi nena compensa con su historia de amor tanta oscuridad. Historia de amor con “mi nena imperfecta” que alegra, echa luz y el tándem Taurel – Beszkin lo hace notar reflejando que “todo lo triste ya es sabio”. Y sobreviene la densidad de Shockroom (cantada en inglés), una historia de amor / desamor, sadomasoquismo incluso lingüístico.

    Como si se tratara de un quiebre, un punto de inflexión, llega Ciertas cosas, una bella composición interpretada a dos guitarras acústicas junto con quien también es el productor del álbum: el ínclito Sergio Álvarez. Una luminosa atmósfera “friselliana” necesaria, justa, fin y reinicio. La energía, nuevamente, en otra historia ambigua de amor / desamor, duda y certeza “Con esa mujer yo me casaré (…) no, tal vez no…” La complejidad de Mañana glacial con una destacada entrega de Taurel, el power dúo sin fisuras en (ese blues con especias) Construyendo belleza, el formato canción pop respirable en Reset, una gran (y sutil) intro a cargo de Sergio Álvarez que da paso a la explosión de Como un susurro, donde Beszkin sigue haciéndose preguntas (“¿Y cuál es la lección de la vida que en este momento no encuentro?”) y declamando deseos (“querría hacer de tu infierno algo más bello”), hasta llegar al cierre del álbum con Corazonotomía, jugando fuerte una vez más con los límites, con un notable trabajo instrumental tanto de Taurel como de –especialmente- Beszkin, repleto de sutilezas,en claro contraste con la sordidez que surge del “soy tu punching ball (…) pero también puedo ser tu armadura”.

    Cam Beszkin, muy bien acompañada por el baterista Arnaldo Taurel, ha entregado con Enamorar o morir un álbum de rock magnífico, luciéndose tanto en el tratamiento de las guitarras como de las voces. Con letras crudas, viscerales, en sintonía con la propuesta sonora del disco, Beszkin ha dado aquí un salto de calidad en varios frentes que la ubica –teniendo en cuenta, además, sus propuestas pretéritas y sus proyectos paralelos- como una de las artistas más versátiles surgidas en los últimos años. Mención aparte para la acertada decisión de haber confiado en Sergio Álvarez para la producción del CD, quien realizó una labor magnífica.

    Y que quede claro: a diferencia de Dracón, a Cam Beszkin, con su Enamorar o morir, no la espera ningún destierro. Más bien, todo lo contrario.

     

    Marcelo Morales

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