• Rodrigo Amado: Searching for Adam

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    Newman’s Informer, Waiting for Andy, Renee Lost in Music, Sunday Break, Pick up Spot, 4th Avenue Adam’s Block

    Músicos:
    Rodrigo Amado: saxo tenor, saxo barítono
    Taylor Ho Bynum: corneta, fiscorno
    John Hebert: contrabajo
    Gerald Cleaver: batería

    Not Two Records, 2010

    Calificación: Dame dos

    Un artista es alguien que se busca a sí mismo a través de su obra para reconocer que existe mucho más que eso a lo que llamamos “realidad”. (José Saramago)

    Uno de los más estimulantes y apasionados debates desarrollados a través de la historia en el campo de la Estética ha girado en torno a determinar las formas en que el arte se relaciona con la realidad. Desde la estética clásica se hablaba de un carácter mimético, en el cual la finalidad esencial del arte se reducía a la imitación de la naturaleza. En las antípodas de esa concepción podemos hallar posturas que le adjudican al arte un significado simbólico, mágico o surrealista, mucho más emparentado con el inconsciente, el automatismo creativo y el mundo de los sueños que con la simple representación de la naturaleza.
    Ante semejante diversidad de enfoques, sería un auténtico despropósito pretender establecer en pocas líneas si el arte es un espejo de la realidad o si sólo magnifica el mundo interior del artista. De la misma manera podría resultar un desatino intentar dilucidar si una obra de arte es mera consecuencia de la época en que se produjo o contiene un poder visionario adelantado a su tiempo. No obstante, podemos afirmar que el arte no sólo implica un tipo de vinculación con la realidad infinitamente más inasible y complejo que un simple reflejo de la misma sino que, además, es expresión de estados universales que se manifiestan a través de realidades particulares en donde el artista, mediante la sutil exacerbación de su sensibilidad, intenta captar en la obra una implícita interacción entre el contexto y su ser interior.

    Esa compleja ligazón entre lo universal, lo contextual y el Yo del artista es lo que hace perdurar una obra de arte aun mucho tiempo después que las estructuras socio-culturales en que emergió hayan desaparecido por completo. Es dable suponer entonces, por citar sólo unos ejemplos, que así como William Shakespeare en la tragedia de Macbeth describe la ambición desmedida y las traiciones palaciegas de la Escocia del siglo XI, también estaba indagando en verdades universales de la naturaleza humana; del mismo modo que Fiodor Dostoyevski en Crimen y castigo, al relatar el drama de un estudiante pobre que mata a una usurera, nos permite comprender tanto el problema social de su tiempo como los atemporales planteos metafísicos que permiten distinguir entre el bien y el mal. El arte no aborda las verdades universales como lo haría un tratado de filosofía ni pretende ser un espejo nítido y veraz de la estructura social de su época. La misión del arte no consiste en copiar la realidad; e incluso la relación entre ambas puede ser de negación o rebeldía, ya que el acto creativo también conlleva la capacidad de enriquecer la realidad o de crear nuevas realidades.
    Resulta imposible precisar cuánto del arte musical contemporáneo sobrevivirá a nuestro tiempo; pero sí podemos aseverar que mucho de lo producido a nivel creativo en la actualidad está al servicio de la construcción de nuevas realidades.

    El modelo de sociedad vigente parece estar gobernado por la superficialidad, el individualismo y lo efímero; pero la vanguardia de la música, en lugar de copiar esos patrones, está respondiendo a través de la reflexión más profunda, la colaboración artística solidaria y hurgando en regiones vinculadas a los límites de la condición humana. Quizás por ello es que en los amplios márgenes de la música creativa del nuevo milenio hallamos, cada vez con más frecuencia, experiencias enraizadas en los aspectos más insondables de la mente, un espíritu manifiesto de colaboración entre los músicos y una predisposición constante a desarrollar un arte de carácter intermodal. En ese vasto universo aún en construcción, confluyen la composición instantánea, la música improvisada, el recurrente cruce entre músicos de diferentes escenas y una predisposición natural a empalmar diferentes disciplinas del arte.

    Estas reflexiones guardan muchos más puntos de contacto de lo que podría suponerse con el álbum Searching for Adam del sobresaliente compositor y saxofonista portugués Rodrigo Amado. Esta obra, además de responder a la iconografía de la composición instantánea y reunir a cuatro de los músicos más destacados de la actualidad, también se desarrolla al influjo del entrecruzamiento de dos disciplinas artísticas: la música y la fotografía. Rodrigo Amado, quien además de músico es un consumado fotógrafo, no sólo utilizó algunos de sus retratos de la ciudad de New York como fuente de inspiración para Searching for Adam sino que además reunió para la ocasión a algunos de los más conspicuos representantes de la escena musical de esa ciudad, tales como el cornetista Taylor Ho Bynum, el baterista Gerald Cleaver y el contrabajista John Hebert. Músicos que, curiosamente, a pesar de los múltiples emprendimientos en los que han estado involucrados en tiempos recientes jamás habían trabajado entre sí antes de este álbum.
    Rodrigo Amado parece haber usado su cámara como herramienta para retirar muestras de la realidad que, luego, son presentadas como fragmentos musicales de un rompecabezas que queda sorprendentemente abierto para despertar la fantasía auditiva. La música, en Searching for Adam, se muestra unida y sin fisuras, puesto que el cuarteto encabezado por Amado construye un relato musical de carácter narrativo en donde se cuentan historias no verbalizadas pero que modulan el estado de ánimo, estimulan la sensibilidad e incentivan la imaginación del oyente.

    Esos atributos se manifiestan desde el inicio del álbum con el brioso alegato estético que concentra Newman’s Informer. A partir de un atrapante diálogo en donde se entrelazan el sonido redondo y definido del saxo de Rodrigo Amado con los tonos más abstractos que despliega la corneta de Taylor Ho Bynum y el posterior ingreso del impecable tándem rítmico que componen el contrabajo de John Hebert y la batería de Gerald Cleaver; la pieza va evolucionando mediante suculentas combinaciones tímbricas, poderosos desplazamientos armónicos e interconexiones instrumentales que, aun recalando en la libre improvisación, se desarrollan con envidiable naturalidad. Aquí salta a la vista que las partes solistas han sido concebidas como elementos narrativos cuyo rol principal estriba más en la función que cumplen con respecto al resto que en el exhibicionismo de su ejecución; por eso los solos no se transforman en un simple añadido ni lucen forzados sino que ofician como correlato orgánico de una trama central.
    Si los movimientos rápidos del tema de apertura resultan ágiles sin caer en el vértigo desmedido, los lentos vaivenes del introspectivo Waiting for Andy son llevados con serenidad pero sin dilaciones. Ese infrecuente control en la dinámica propicia la ingrávida y sugerente exposición solista de Taylor Ho Bynum; unas entradas rebosantes de imaginación del saxo barítono de Rodrigo Amado y el admirable soliloquio de John Hebert en contrabajo. Finalmente desembocan en un segmento catártico gobernado por la improvisación que, tras alcanzar su clímax dramático, se desvanece en el delicado pasaje en platillos que dibuja Gerald Cleaver.

    En la sutil y sublimada evolución de Renee Lost in Music se funden la innata musicalidad del cuarteto, un perfecto equilibrio entre introversión y extroversión, delicados matices ornamentales, concentración absoluta, ausencia de retórica y sobresaliente intensidad expresiva. Un relato sonoro de ejecución deslumbrante rematado por estratégicas inserciones basadas en diferentes alineaciones tímbricas a dúo; primero, entre la corneta de Bynum y el saxo de Amado, luego con la batería y el contrabajo de Hebert y, sobre el final, entre la corneta y la batería de Cleaver.
    En el brumoso y sugestivo clima, adornado con vaporosas pinceladas melódicas, que dibuja Sunday Break se intuyen las sombras de una carga sonora y emocional plena de melancolía, soledad y esperanzadora ensoñación. En tanto que el breve Pick up Spot tiene como protagonista excluyente a la batería de Gerald Cleaver mediante un solo en el que hace gala de su infinita variedad de matices y depurada técnica, sin recurrir a gestos triunfalistas o exageradas acrobacias. En el cierre, con 4th Avenue Adam’s Block, se divisan los difusos contornos del blues. Aquí, al amparo de ascéticos detalles ornamentales, lóbregos fraseos, mesurado uso de técnicas extendidas y ascendentes movimientos armónicos de sereno desarrollo, se va levantando un edificio sonoro en donde claridad y oscuridad parecen definir los extremos de un inmenso todo.

    La obra de un artista no es absolutamente individual pues aunque se nutre de su propia consciencia, siempre está aludiendo a hechos del mundo exterior. Ergo, toda obra es una ficción de ese mundo exterior que el artista, para concluir cabalmente su ciclo estético, reintegra a la comunidad mediante la construcción de otras realidades.
    Rodrigo Amado, en Searching for Adam, toma los seres reales que retrató su cámara y, utilizando ese estímulo visual, los devuelve a la vida con identidades imaginarias mediante un relato musical que cierra su ciclo estético en una nueva realidad.

    No basta con oír la música; además hay que verla (Igor Stravinski)

    Sergio Piccirilli

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