• Arturo Pérez-Reverte: La Carta Esférica

    Tres días más tarde, tumbado boca arriba en la cama de su cuarto del hostal La Marítima, Coy miraba una mancha de humedad en el techo. Kind of Blue. En los auriculares de su walkman, después de So What, por donde el contrabajo se había estado deslizando suavemente, la trompeta de Miles Davis acababa de entrar con el histórico solo de dos notas –la segunda una octava más baja que la primera-, y Coy aguardaba, suspendido en ese espacio vacío, la descarga liberadora, el golpe único de batería, el reverbero del platillo y los redobles allanando el camino lento, inevitable, asombroso, al metal de la trompeta.
    Se consideraba casi analfabeto musical, pero amaba el jazz: su insolencia y su ingenio. Se había aficionado a él en las largas guardias de puente, cuando navegaba como tercer oficial a bordo del Fedallah: un frutero de la Zoeline cuyo primero, un gallego llamado Neira, poseía las cinco cintas de la Smithsonian Collection de jazz clásico. Eso incluía desde Scott Joplin y Bix Beiderbecke hasta Thelonious Monk y Ornette Coleman, pasando por Armstrong, Ellington, Art Tatum, Billie Holiday, Charlie Parker y los otros: horas y horas de jazz con una taza de café en las manos, mirando el mar, acodado en el alerón, de noche, bajo las estrellas. El jefe de máquinas Gorostiola, bilbaíno, más conocido como Torpedero Tucumán, era otro apasionado de esa música; y los tres habían compartido el jazz y amistad durante seis años, en una ruta cuadrangular que estuvo llevando al Fedallah –después pasaron los tres juntos al Tashtego, otro barco gemelo de la Zoeline- con carga suelta de fruta y grano entre España, el Caribe, el norte de Europa y el sur de los Estados Unidos. Y aquélla fue una época feliz en la vida de Coy.
     Pese a la música de los auriculares, a través del patio que hacía de tendedero llegaba el sonido de la radio de la hija de la patrona, que solía quedarse estudiando hasta muy tarde. La hija de la patrona era una joven hosca y poco agraciada a la que él sonreía cortésmente sin obtener nunca a cambio un gesto ni una mirada. La Marítima era una antigua casa de baños – 1844, aseguraba el dintel de la puerta, abierta a la calle Arc del Teatre- reconvertida en pensión barata de marinos. Estaba a caballo entre el puerto viejo y el barrio chino, y sin duda la madre de la muchacha, una bronca dama de pelo teñido en color rojizo, la había alertado desde muy jovencita sobre los peligros de su clientela habitual, gente ruda y sin escrúpulos que coleccionaba mujeres en cada puerto, bajando a tierra sedienta de alcohol, droga y chicas más o menos vírgenes.
    Por la ventana podía oírse perfectamente, entre el jazz del walkman, a Noel Soto cantando Noche de Samba en Puerto España; Y Coy subió el volumen. Estaba desnudo, a excepción de un calzón corto; y sobre el estómago tenía Capitán de mar y guerra, de Patrick O’Brian, abierto y boca abajo. Pero su mente andaba muy lejos de las andanzas náuticas del capitán Aubert y el doctor Maturin. La mancha del techo se parecía al trazado de una costa, con sus cabos y ensenadas, y Coy recorría con la vista una derrota imaginaria entre dos de sus extremos más avanzados en el amarillento mar del cielo raso.
    Naturalmente, pensaba en ella.

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