• Brad Mehldau: Por una lágrima

    Martes 8 de Septiembre de 2009 – 21:00 hs.
    Teatro Gran Rex – Buenos Aires

    Se denomina lágrima a cada una de las gotas que segrega la glándula lagrimal. Ésta se encuentra dividida por la expansión lateral del tendón del músculo elevador del párpado superior en 2 partes: una porción superior u orbitaria y una porción inferior o palpebral. Lo que al menos resulta extraño o llamativo, es que el nervio que estimula a la glándula lagrimal para la producción de lágrimas es un nervio motor y vegetativo… "parasimpático". Mirá vos… Pero hay más: Las fibras parasimpáticas preganglionares secretomotoras viajan desde el nervio facial (séptimo par craneal) por medio del nervio petroso mayor y del nervio del conducto pterigoideo hasta llegar al ganglio pterigopalatino, lugar en el cual hacen sinapsis con los cuerpos neuronales y salen como fibras postganglionares.
    Mire usted qué lío se arma cuando de su ojo cae una simple gotita…

    Habitualmente a las lágrimas se las relaciona con al llanto. Se dice que los hombres lloran, en promedio, una vez por mes. Las mujeres, en cambio, quintuplican esa cantidad. Especialmente, ejem… "en esos días".
    También sabemos que no sólo se llora por tristeza, dolor o angustia, sino también (resumiendo) por alegría o emoción.
    La película lagrimal consta de tres capas: lipídica, acuosa y mucosa. Si bien se compone en un 98,3% de agua (algunos especialistas aseguran que el porcentaje no supera el 98,26% y otros todo lo contrario; es decir, un 62,89%), la lágrima también contiene glucosa, albúmina, globulina, lisozima, sodio y potasio.

    También se denomina "lágrima" a la bebida compuesta por leche caliente y una pequeña dosis de café. Pero también tenemos lágrimas de Moisés, Job, David y San Pedro. Hay quienes se deshacen en lágrimas, lloran a lágrima viva, son un valle de lágrimas, o un mar o un paño de ídem, tenemos el vino de lágrimas, las de Batavia u Holanda, las lágrimas de sangre y, por supuesto, las lágrimas de cocodrilo.

    Conocida es… bueno… no tanto… la historia del Squonk (Lacrimacorpus dissolvens), que originó un notable tema de Genesis (A Trick of the Tail, 1976) y la inclusión en El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges. El hosco y fulero bichito es fácil de rastrear porque se la pasa llorando. Eso sí, cuando está acorralado o siente que está en peligro, se disuelve en lágrimas. Así que andá a cazarlo… Quien estuvo cerca fue un tal J. P. Wentling. Un día imitó su llanto y logró que se introdujera en una bolsa. Pero de pronto el animalito dejó de llorar y, al abrir la bolsita de marras, se encontró con que sólo quedaban lágrimas y burbujas.

    Usted se preguntará a título de qué le estoy contando estas cuestiones y la verdad que, por el momento, estoy tan desorientado conmigo mismo que hasta siento ganas de llorar.
    A propósito… el llanto es… ah… sí… disculpe.

    Para no seguir profundizando en el tema y que usted no se me ponga a lagrimear (además de que en un acto de humildad le evito mi erudición al respecto), le cuento que el martes 8 de septiembre se presentó, en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires, el pianista Brad Mehldau. Que ya nos visitara previamente acompañando a su esposa, la cantante Fleurine, y con su trío. Pero esta vez estaría solito y solo. Y con su piano, claro está.
    Los entendidos sindican a Mehldau como el gran pianista contemporáneo. Algunos incluso lo declaran el sucesor de Keith Jarrett, especialmente cuando no cuenta con compañía alguna. Certezas o exageraciones al margen, es indudable que estamos frente a un claro referente para sus colegas y un espejo para sus sucesores. Pianista de jazz, con una frondosa discografía (aún no ha cumplido los 40 años), su serie Art of the Trio (que consta de 5 entregas) ha sido tal vez la llave por la que se lo ha comenzado a emparentar con el mencionado Jarrett. Pero Mehldau también se ha nutrido de otras fuentes; y a su formidable formación clásica le ha agregado, entre otras (muchas) cosas, un particular interés por versionar a compositores ligados al rock y al pop. Sus relecturas de grupos como Radiohead o solistas como Nick Drake, así lo certifican.

    Y estábamos entusiasmados, tensos, expectantes, ansiosos, curiosos y agregue usted una infinita cantidad de etcéteras. Brad Mehldau y su piano. Un Steinway, además. Con los notables antecedentes de sus álbumes Elegiac Cycle y Live in Tokyo. No era poca cosa, créame.

    A las 21:20 hs. el concierto comienza con Airegin, del saxofonista Sonny Rollins. El romanticismo alemán se fusiona con líneas melódicas asociadas a elementos contemporáneos. Mehldau, que realiza aquí varios pasajes tocando con una sola mano, muestra que ambas extremidades superiores son igualmente hábiles. Un buen y auspicioso comienzo. Dos composiciones propias se suceden. El final batallesco y lúdico de Airegin hace que cueste acomodarse a este nuevo estadío. Mehldau mira hacia los costados, hacia el techo, como intentando leer el guión de lo por-venir. Cuando retorna el clima festivo (y también amable), el pianista muestra una profunda inclinación hacia la melodía, que sufre quiebres pero sin recorrer caminos excesivamente arriesgados.

    Aquí nos permitiremos hacer un salto, una suerte de paréntesis, pasando directamente a la quinta entrega, un medley en el que confluyen Retrato em branco e preto (o Zingaro, como lo anunciara), de Jobim y Paris, del pianista y que incluyera originalmente en Places. Jobim ha sido un gran compositor y Mehldau es un notable arreglador, pero aquí no se nota mucho. Al desembocar no tan progresivamente en Paris, aparecen aires de vals, cierto espíritu tanguero atravesado por el Hot Club parisino, en una versión atormentada, caótica, acelerada y con algunos atractivos.
    Dish Here, de Bobby Timmons, es un blues sin contratiempos, sin sorpresas, sin malabarismos. No aporta demasiado pero el pianista se lleva una de las ovaciones más estruendosas de la noche.
    El final oficial es con God Only Knows, el clásico de The Beach Boys. Aquí Mehldau recurre a una constante durante el concierto: la repetición de acordes de manera sistemática, mientras pareciera estar buscando qué hacer con la melodía. Este viaje a los terrenos exploratorios que Laurie Anderson y Phillip Glass supieron conseguir (en otros contextos y con suerte diversa), resulta monotemático, repetitivo (justamente) y asfixiante. Por momentos la sensación es la de un ensayo o work in progress para todo público. Esto no debería terminar así. Y vinieron los bises.

    Fueron cuatro. En River Man, de Nick Drake, hubo una generosa dosis del Mehldau que supimos degustar. La relectura es tan intimista y dolorosa como la original. Respetuosa, además. Un gran momento. El segundo bonus fue para una atribulada, arremolinada y hasta un tanto barullera Paranoid Android, de Radiohead. Cualquier similitud con la versión de Live in Tokyo (genial) es decididamente inexistente. La tercera reaparición del pianista fue para Cry Me a River, profunda, atildada, sin demasiadas complejidades, otro momento de los buenos. Y el final verdadero resultó ser con una versión ATP de Mother Nature's Son, de The Beatles.

    Me siento en la necesidad de contarles algo. A la salida del teatro, varios me han preguntado acerca del concierto. Mi respuesta fue "sin dudas es un grande y, en principio, estuvo bien".
    A medida que fueron pasando las horas, que releí lo escrito durante la actuación, que se me fue yendo la habitual euforia post-concierto, empezó a ganarme cierta decepción. Me preguntaba: ¿por qué dos días después recuerdo mucho más los solo piano de Chick Corea y Michel Petrucciani que el que presencié "recién"? Incluso el sonido del Steinway no fue para tirar bengalas, con un extraño sonido metálico (especialmente en los agudos) impropio de semejante instrumento. El sonido del Gran Rex siempre fue para destacar; luego nos enteramos que el propio sonidista del pianista anduvo metiendo mano y no sabemos qué fue, pero no funcionó como debía.

    No obstante, retomaré al momento de esta nota en la que hice un paréntesis. Fue cuando Brad Mehldau interpretó el cuarto tema del concierto. Una versión de más de 20 minutos de Teardrop (Lágrima), de Massive Attack. Les cuento que el arreglo fue impecable, al igual que la ejecución (a pesar de ciertos desbordes que hemos descripto). Allí el pianista habló y tocó con su cuerpo, con movimientos lentos, exentos de brusquedad, inclinando su cabeza casi hasta tocar el teclado, con graves profundos y provocando una suerte de hipnosis general.
    O, al menos, personal.
    Casi sin darme cuenta, noté que rodaba por mi mejilla una gota estimulada por el nervio motor y vegetativo parasimpático.
    Brad Mehldau pasó por Buenos Aires.
    Y aprobó por una lágrima.

    Nota: Las fotos de Brad Mehldau en el Teatro Gran Rex, son gentileza del fotógrafo Jorge Malinverni.

    Marcelo Morales

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