• Daniel Silva: El hombre de Viena

    (A Death in Vienna – Planeta Internacional)

    – Mi padre decidió quedarse en Viena -explicó Klein-. Creía en la ley. Estaba convencido de que si cumplía con las leyes, las cosas no le irían tan mal, y que con el tiempo pasaría la tormenta. Fue peor, por supuesto, y cuando finalmente tomó la decisión de marcharse, ya era demasiado tarde.
    Klein intentó servirse otra taza de té, pero la mano le temblaba violentamente. Gabriel se la sirvió y luego le preguntó con voz suave qué le había pasado a sus padres y a sus hermanos.

    – En el otoño de 1941, los deportaron a Polonia y los confinaron en el gueto de Lodz. En enero de 1942, los trasladaron por última vez al campo de concentración de Chelmno.

    – ¿Qué le pasó a usted?

    Klein inclinó la cabeza a un lado. La misma suerte, con un final diferente. Arrestado en Amsterdam en junio de 1942, alojado en el campo de tránsito de Westerbork, luego enviado al este, a Auschwitz. En el andén, medio muerto de hambre y sed, una voz. Un hombre con el uniforme de los prisioneros preguntó si había algún músico entre los recién llegados. Klein se aferró a la voz como un hombre que se ahoga se aferra a un salvavidas. "Soy violinista", respondió a la llamada. "¿Tienes un violín?" Él le enseñó el maltrecho estuche, la única cosa que había traído de Westerbork. "Ven conmigo. Hoy es tu día de suerte".

    El Hombre de Viena
    – Mi día de suerte -repitió Klein, abstraído-. Durante los dos años y medio siguientes, mientras más de un millón se convertían en humo, mis colegas y yo tocábamos. Lo hacíamos en las plataformas de selección para ayudar a los nazis a crear la ilusión de que sus víctimas habían llegado a un lugar agradable. Tocábamos mientras los condenados marchaban hacia las salas donde los hacían desnudarse. Tocábamos en los patios mientras pasaban lista. Por la mañana tocábamos mientras los esclavos salían para ir a trabajar y, por la tarde, cuando regresaban a los barracones. Incluso tocábamos antes de las ejecuciones. Los domingos tocábamos para el comandante del campo y sus oficiales. Los suicidios diezmaban nuestro grupo. No tardé mucho en ser quien iba a los andenes a buscar músicos para llenar las sillas vacías.

    Un domingo por la tarde (en el verano de 1942, lo siento, Herr Argov, no recuerdo la fecha exacta) volví a mi barracón después de un concierto. Un oficial de las SS se me acercó por detrás y me derribó de un golpe. Me levanté y adopté la posición de firmes, sin mirar directamente al rostro de mi agresor. Con todo, vi lo suficiente para recordar que lo había visto en una ocasión anterior. Había sido en Viena, en la oficina central para la emigración judía, pero aquel día llevaba un impecable traje gris y estaba nada menos que junto a Adolf Eichmann.

    El Sturmbannführer me dijo que quería realizar un experimento. Me ordenó que interpretara una sonata de Brahms. Saqué el violín de la funda y comencé a tocar. Pasó un prisionero. El Sturmbannführer le preguntó cómo se llamaba la pieza que interpetaba. El hombre respondió que no lo sabía. El oficial desenfundó la pistola y le disparó a la cabeza. Buscó a otro prisionero y le hizo la misma pregunta: "¿Cómo se llama la pieza que interpreta este gran violinista?" Así siguió durante toda una hora. Aquellos que respondieron correctamente fueron perdonados. A los demás los mató de un disparo en la cabeza. Cuando acabó, había quince cadáveres a mis pies. Saciada su sed de sangre judía, el hombre de negro me sonrió y se fue. Yo me quedé con los muertos y recé el Kaddish por ellos.

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