• Fernando Otero

    El artista encuentra su propia identidad cuando descubre un conjunto de valores con los cuales puede compenetrarse plenamente y logra vincularlos a partir de una cosmogonía que le permite representarse frente a sí mismo y también ante los demás. Para adueñarse de una fisonomía estética propia, el artista debe llevar ese conjunto de valores hasta las últimas consecuencias; ya que partiendo de la identidad como fundamento, debe iniciar un extenuante viaje que lo conduce a la identidad como propósito.
    La identidad es siempre una cualidad relativa, inexacta y a veces circunstancial debido a que está enlazada a un imaginario universo de representaciones que involucran lo individual y lo colectivo, el pasado y el presente, la autonomía creativa y la forma en que ésta interactúa con su entorno y también la relación entre la independencia del individuo y su ADN cultural. De alguna manera, todo esto sirve de plataforma para exponer las complejidades que afronta un artista para alcanzar su propia identidad, pero además nos sirve para justificar la infrecuencia con la que una voz individual puede llegar a obtener una representación de identidad cultural colectiva. Ese nivel, en un plano artístico, está reservado a aquellos pocos que logran construir un alegato personal en el que otros se sienten representados y con el cual se identifican. Uno de esos elegidos es el pianista y compositor argentino Fernando Otero.

    La música de Otero expresa sus propios intereses con una envidiable autoridad para integrar influencias sin perder identidad. Sus metas estéticas, aun siendo de alcance universal, enhebran elementos que lo erigen como un auténtico embajador de la música de Buenos Aires.
    En su obra la referencia al tango no aparece directamente, sino de forma sublimada. Esa aproximación es subjetiva y no explicita porque contiene imágenes, colores, sonidos y una cierta naturaleza que de inmediato se asocia más allá de un simple análisis formal o estilístico, con sentimientos y emociones enraizadas en su Buenos Aires natal. En el ideario creativo de Otero conviven la búsqueda de nuevas sonoridades, producto de una intencionalidad exploratoria manifiesta, las complejidades de la música erudita heredadas de su rigurosa formación académica, el espíritu liberador de la improvisación jazzística y la dramática intensidad del tango emparentada a sus orígenes culturales.

    Fernando Otero nació en 1972 en el seno de una familia de artistas. A los cinco años comenzó con el piano. Más tarde recibió lecciones de canto a instancias de su madre (Elsa Marval, cantante de ópera de fama internacional). A los diez incorporó la guitarra y luego hizo lo propio con la batería. Si bien la orientación recibida era mayormente clásica, durante esa etapa formativa empezó a experimentar un interés creciente por diferentes géneros de música popular tales como el rock y el jazz.
    Tomó clases de composición, orquestación y dirección con el maestro Domingo Marafiotti. Esa experiencia y su acercamiento tanto a obras de cámara y sinfónicas como al jazz, terminarían por reafirmar su interés por la música instrumental. Impulsado por otro de sus maestros (Marcelo Braga Saralegui) comenzó a incorporar sonoridades coligadas a la ciudad de Buenos Aires. La suma de esos elementos terminaría por configurar las fuentes principales de inspiración que estimularon la evolución de su propia identidad musical.

    En los noventa Otero dejó su país y, tras un breve paso por Madrid y Londres, se afinca en Brooklyn, New York, lugar en el que desarrollaría el cuerpo principal de su obra.
    Su debut discográfico se produjo en 1994 con X-Tango, proyecto que rescata atmósferas y sonidos urbanos realzados por la incorporación del bandoneón a la paleta tímbrica de sus composiciones. En 1995 edita Factor y un año más tarde Unión. En 1998 se asocia al bandoneonista César Olguín y juntos presentan Tango de Mier y Pesado. Luego siguen Chamber Music en 2000, Vital al año siguiente y en 2002 llega su primer DVD: Fernando Otero X-Tango in NYC. En 2003 lanza el álbum Plan y en 2005, junto al violinista Nick Danielson, edita Revisión. La consolidada sociedad musical que une a ambos músicos se prolongaría también en el DVD de 2006 Live. Luego llegaría el consagratorio Páginas de Buenos Aires, obra en la que plasma definitivamente su alegato artístico y manifiesta su notable versatilidad para expresarse con idoneidad en una amplia variedad de formatos que van desde el solo piano a un ensamble orquestal.

    La complejidad técnica y la vivacidad de sus composiciones requieren tanto de un amplio dominio instrumental como exigen de un riguroso compromiso emocional, siendo esa confluencia de factores una marca registrada de su estilo.
    Otero, a lo largo de su carrera, ha escrito cuartetos de cuerdas, sinfonías, piezas para orquesta, conciertos y obras para variados conjuntos de cámara. Ha sido requerido para producir, grabar y arreglar para orquestas sinfónicas y destacados músicos argentinos como Nacha Guevara, Mercedes Sosa y Alberto Cortez y también ha trabajado junto a figuras del jazz moderno como Eddie Gomez, Dave Valentin, Dave Grusin y Paquito D’Rivera. Sin dejar de mencionar que fue comisionado por el afamado Kronos Quartet para componer algunas obras, las cuales se estrenaron el año pasado en el Carnegie Hall de New York bajo el título de El Cerezo.
    A todo esto debe sumarse el lanzamiento durante el año en curso de tres nuevos álbumes: Material, Vital y Expansión.
    Recientemente tuvimos el placer de dialogar con Fernando Otero y, como no somos egoístas, lo compartimos con usted…

    Me gustaría empezar evaluando el contexto en que va a desarrollarse este dialogo… en particular con referencia al hecho que somos dos argentinos en una especie de exilio voluntario. Uno talentoso, el otro… soy yo (risas). Shakespeare dijo que “el exilio es el otro nombre de la muerte»; más allá de la licencia poética y la carga de dramatismo que le dio Shakespeare al exilio… ¿cómo enfrentaste la pérdida del espacio familiar, social y cultural y el impacto emocional que representa la adaptación a un entorno desconocido?

    No llegué acá (refiriéndose a Estados Unidos) buscando trabajo o nuevas oportunidades, aunque sí me cambió bastante en cuanto a la situación afectiva que tenía antes de venir ya que me quedé aquí por una relación sentimental con una mujer…

    Suena muy tanguero…

    Sí, tal vez (risas). Lo cierto es que eso me mantuvo afectivamente bastante entretenido. A esto sumale que salí de Argentina a los 20 años. Todo aquello ayudó a que estuviera muy ocupado en la parte afectiva… Por lo tanto, al menos durante la primera época en que estuve fuera de Argentina, no sentí un gran impacto emocional. Sin embargo a medida que fue pasando el tiempo, llevo casi 16 años afuera y 12 viviendo en Nueva York, empecé a hacerme tiempo para ir más seguido a Buenos Aires porque sentí que era muy necesario para mí el contacto con los seres queridos, con la familia. Hay un factor importante en todo esto; la pasión de la gente por encontrarse choca con la realidad que vivimos en la cual estamos todos muy ocupados y eso es así en cualquier parte del mundo. Cuando vuelvo a Argentina me encuentro con gente que no se ve desde hace seis meses o más y, cuando le pregunto a alguien por tal o cual persona, me dicen “la última vez que lo vi fue cuando vos viniste” o sea que, aun viviendo en un mismo lugar, la gente que se quiere no se ve tan seguido.

    En psicología dicen que el exilio consta de cuatro etapas. La primera es el sentimiento de pérdida de identidad, la segunda el sentimiento de transitoriedad en el que el individuo mantiene la idea de volver, luego sobreviene la transculturación y finalmente, si se supera todo, se accede a convivir en el biculturalismo; ¿en cuál de esas etapas te encontrás ahora?

    No pienso en este momento en el regreso definitivo pero tampoco en el “no regreso definitivo” (sonríe). Analizar ese tema no es algo que me acompañe mucho actualmente, pero sí podría decirte que me identifico con la cuarta etapa, la de la integración, en donde uno va tomando un poco de un mundo y un poco del otro…

    Trasladando el concepto a lo musical, ¿considerás que tu música es más una representación cabal de biculturalismo que una metáfora del regreso?

    En algunos momentos es el resultado de la experiencia obtenida al vivir en otra nación que no es la tuya y eso significa asimilar tu entorno, pero también representa un lugar de melancolía ya que la música es un vehículo de conexión con el pasado o con aquellas cosas que no están a nuestro alrededor. Ése es el sentimiento que tengo…

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