• Fernando Otero

    Y hablando de lo que no está a nuestro alrededor… Como vos sabés, los músicos aquí son muy receptivos y están ávidos por absorber otras culturas musicales. Cuando me encuentro con ellos suelen manifestarse interesados en conocer más sobre la música de Argentina y los músicos que mejor la representan. Seguramente te preguntarás adónde voy con todo esto… (risas) En realidad quiero confesar que, en tu caso, me ocurrió todo lo contrario: fueron músicos de Estados Unidos quienes me recomendaron que escuchara tu obra. Más allá de mi ignorancia… ¿qué experimentás ante un relato de estas características? ¿Sentís orgullo por ser reconocido por músicos de otras culturas o pena porque tu propia gente no te reconoce de la misma manera?

    El tema de que mis compatriotas no conozcan en profundidad mi música o que sí conozcan (sonríe). Se dan los dos casos… No es algo que haya venido preocupándome. No soy una persona que se sienta rechazada por su propio público. Tampoco me persigo con “¡Uy! Acá no me entienden y allá si” o viceversa. No es algo que haya sentido en ningún momento ya que creo que la presencia de uno en cualquier espacio, en el propio u otro, significa estar. Significa ir, tocar y trabajar. Representar lo que uno hace posibilita que te conozcan; y como pienso que todo es consecuencia del trabajo, no siento mucho eso de no ser reconocido en un lugar pero sí en otros lados.

    Hablemos de Páginas de Buenos Aires… Desligándome de lo emocional, aspecto al que me referiré después, podría decir que el álbum expresa un pulso rítmico tanguero en conciliación con procedimientos contrapuntísticos y armónicos de la tradición musical europea y la temperatura proveniente del jazz. ¿Te parece apropiada una descripción de esas características?

    Sí, me parece totalmente acertada esa descripción… No creo haber tenido la intención de reflejar algo en particular o hacer una manifestación específica sobre cómo entiendo tal música u orientada a expresar un género de tal manera; y si me lo hubiera preguntado en algún momento, tampoco habría podido responder…

    Entonces fue algo más emocional que un intento deliberado por alcanzar una meta especifica en la que estuvieran contenidas todas las influencias recibidas y todos tus intereses musicales…

    Podríamos decir que fue emocional… En un momento sentí “tengo que escribir y grabar esto” y, simplemente, me dejé guiar por lo que iba sintiendo a medida que estaba pasando.

    ¿Qué rol le adjudicaste a la improvisación en ese proceso creativo?

    Hay muchos solos que son improvisados y adquieren el carácter de lo que se hace en una jam session de jazz en los cuales se hace una re-exposición del tema; pero también hay solos en secciones que no responden a esa marcación del jazz.

    ¿A qué otros patrones responden?

    Responde a una nueva sección creada dentro de la pieza a partir de alguna cadencia, patrón rítmico u ostinato ya existente dentro de la pieza.

    Cuando pretendí describir Páginas de Buenos Aires aclaré, dije, que me desligaba momentáneamente de lo emocional para referirme a ese aspecto después. Ahora es el momento (risas). Al escuchar el álbum, confirmé que los elogios y recomendaciones eran justificados; pero además experimenté una fuerte identificación cultural y eso es algo en lo que sólo puede reparar alguien que nació y vivió en Buenos Aires. La pregunta tiene que ver con los rótulos: ¿te sentís cómodo si alguien le adjudica a tu obra una etiqueta que diga “Música de Buenos Aires”?

    Sí, absolutamente.

    Si la identificación queda circunscripta a quien proviene de Buenos Aires, ¿cuáles son los aspectos que pueden atraer a quienes no tuvieron ese trasfondo emocional? Dicho de otra manera: ¿qué hallan en tu música aquellos que provienen de una cultura o una geografía diferente o cómo logran identificarse?

    Observan el cuadro en general y, al igual que en la pintura, identifican el factor contraste…

    Profundicemos en eso…

    La combinación de instrumentos es la primera impresión. Es como cuando uno aprieta “play” e inmediatamente dice «es tal grupo o tal cosa». Es el timbre, la combinación de instrumentos o algo determinado que los hace característicos. Si escuchás una introducción de los Beatles o de Weather Report, los reconocés al instante; y es la parte tímbrica la que los identifica…

    Y con la música de Fernando Otero, ¿qué identifican primero? ¿Lo asocian de inmediato con la música de Buenos Aires?

    Saben, en cuanto escuchan el bandoneón, que hay tango. Ése es uno de los elementos; y después, seguramente, los remite a lo que han escuchado de tango tradicional y de Ástor Piazzolla, quien hizo llegar su valor tímbrico a todo el mundo permitiendo que puedan reconocer al instrumento y su asociación con el tango…

    Tango… Es un gran tema para tratar. Borges dijo que, cuando un músico de otro lugar quiere componer un tango, “descubre no sin estupor que los oídos no lo reconocen, la memoria no hospeda sus sonidos y que el cuerpo rechaza su dramatismo, la melancolía, lo sensual…” ¿Estimás que por esas razones el músico extranjero, aun disfrutando y elogiando al tango como género musical, tiene dificultades para incorporarlo en sus composiciones?

    Me he encontrado con muchos que perciben nociones exactas y que hacen sonar un tango como tal. Aun cuando estén lejos de su contenido o de la parte temática. Por emulación y trabajando se puede llegar a desarrollarlo. De hecho, cuando uno estudia una composición de Bach o una pieza de ese tipo (y yo estudié así), estás evolucionado en géneros que no son propios. No sólo me refiero a la música clásica sino también a composiciones que provienen del pop, del jazz y del rock.

    Regresemos al punto de partida de tu viaje… Buenos Aires, la infancia, el principio… Vos provenís de una familia de artistas. ¿Eso condicionó y limitó… o liberó y potenció tu desarrollo como músico?

    A medida que va pasando el tiempo me voy dando cuenta de los enormes beneficios de eso.

    ¿Por ejemplo?

    (Reflexiona unos instantes) La distribución de los espacios personales, ponerse a tocar el piano por una hora y media o más sin tener que pedir permiso. Cualquiera de nosotros lo podía hacer y además sabía que se podía hacer. Eso era lo habitual, así que nadie se sorprendía (sonríe). Como si nada, uno estaba tocando el piano y alguien podía encender el televisor o hacer otra cosa. En un cuarto donde había otro piano a veces estábamos todos. Mi mamá tomando mate, mi abuela mirando televisión y tejiendo, mi hermana haciendo los deberes y yo tocando el piano. Todo eso existía a la vez (risas). Eso se da en el contexto de una familia de artistas y es muy, pero muy bueno. Me doy cuenta de esto recién ahora, aunque tal vez en otros momentos lo veía diferente…

    ¿Y en aquel momento cómo lo vivías?

    No sé… era demasiado chico. Empecé a ser consciente de todo eso en los ochenta, durante la adolescencia. Cuando ingresé en la secundaria empezó la vida social y vi lo que pasaba en otras familias, en otras casas…

    ¿Te sorprendió darte cuenta que lo que ocurría en una familia de artistas no era tan frecuente? ¿Te costó conciliar esas diferencias?

    Visto desde ahora me doy cuenta que sí… Pero en ese momento, con los pequeños recursos de una mente de un chico de 12 años, no tanto; recién cuando empecé el secundario me di cuenta que la gente era muy diferente y fue como que quería ser “más normal” (risas), tener horarios como todo el mundo. Si bien yo estaba en los mismos lugares que los demás, existía una cantidad de licencias que se permitían en mi casa que no sucedían en otras. Lo cual no tenía nada que ver con que fuera joven sino con que cada uno podía hacer lo que quería. Mi mamá nunca me iba a preguntar si había hecho los deberes o no… sólo me sugería algo o me decía: ”¿Preparaste todo para mañana?” y entonces yo ya sabía lo que tenía que hacer. Ella siempre sabía…

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