• Harris Eisenstadt: Woodblock Prints

    Lado A: Hasui for Brass Trio, The Floating World, After Left Wall Lado B: Hiroshige for Woodwind Trio, Hokusai, Andrew Hill

    Músicos: Harris Eisenstadt: batería Michael McGinnis: clarinete Jason Mears: saxo alto Sara Schoenbeck: fagot Mark Taylor: trompa Brian Drye: trombón Jay Rozen: tuba Jonathan Goldberger: guitarra eléctrica Garth Stevenson: contrabajo

    No Business, 2010

    Calificación: A la marosca

    Si el mundo fuera obvio, el arte no existiría (Albert Camus)

     

    Por lo general se describe al arte como una actividad o producto con finalidad estética o comunicativa que, mediante diversos recursos (lingüísticos, sonoros, plásticos, etc.), permite expresar ideas, sensaciones, pensamientos o incluso una visión particular del mundo. Sin embargo la definición de arte es tan abierta, discutible y subjetiva como su percepción. Esa subjetividad que alberga en el arte puede hacer que una persona se emocione hasta las lágrimas leyendo Una temporada en el Infierno de Arthur Rimbaud y que otros lo hagan con En busca del Tiempo Perdido de Marcel Proust; permite que algunos observen extasiados La Tentaciónde San Antonio de Salvador Dalí mientras otros experimentan idénticas sensaciones ante el Mingitorio de Marcel Duchamps. La experiencia sensible del arte hace que muchos se conmuevan al escuchar el pináculo del contrapuntismo que emana de la partitura de las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach en tanto que otros pueden maravillarse de manera similar ante el desconcertante silencio de 4’33” de John Cage; el arte posibilita que uno, al sumergirse en las profundidades del psicodrama cinematográfico Solaris de Andrei Tarkovski, disfrute hasta el paroxismo o que ciertas personas experimenten la misma fascinación ante el hermetismo argumental del film Hace un año en Marienbad de Alain Resnais. Esa diversidad experimental permite argumentar que no sólo no existen códigos universales que una vez descifrados determinan el autentico valor estético de una obra sino que, por el contrario, toda respuesta sensorial ante cada obra de arte siempre proviene desde la autonomía emocional y está sujeta a la propia sensibilidad del observador. Por lo tanto, esa experiencia es individual e intransferible ya que (como afirmara Immanuel Kant) en la percepción estética “el motivo determinante es el sentimiento del sujeto y no el concepto del objeto”. De todas maneras algunos expertos (no es mi caso) coligen que, aun en la diversidad perceptiva ante el objeto artístico, pueden existir elementos comunes tales como la emoción, la supremacía de lo bello o el rigor técnico que sustenta la finalidad estética de una obra. Desde mi ignorancia (éste sí, es mi caso) me pregunto: ¿el arte es sólo emoción?, ¿el arte únicamente expresa belleza?, ¿el arte depende exclusivamente de la técnica?

    Debo confesar, con todo el dolor del alma, que no tengo las respuestas pero me sobra voluntad. En relación a esto último (es decir, la voluntad sobrante) y casi pensando en voz alta me animaría a decir que el arte no es sólo emoción. La sonrisa de un hijo, amanecer junto a la persona que amamos o un recuerdo de la infancia nos pueden hacer vibrar de la emoción pero no son arte. Y no lo son porque debido a su fenomenología, contenido filosófico y estético, el arte es siempre una obra de procedencia humana realizada intencionalmente por la voluntad del artista. En consecuencia, aunque el arte emocione, nunca podrá ser sólo emoción. En cuanto a que debe expresar la supremacía de lo bello, podríamos afirmar temerariamente que el arte es trascendente como toda verdad y la verdad (al igual que el arte) no tiene que ser necesariamente bella. Incluso en muchas ocasiones el arte proviene del dolor, la tristeza o el sufrimiento y eso se ve reflejado en el objeto artístico. Ergo, el arte puede pero no debe magnificar con exclusividad la belleza. En relación a su dependencia de la técnica… Bueno, cierta vez un periodista le pidió a Albert Einstein que le explicara de la manera más sencilla posible la Teoría de la Relatividad. La respuesta fue: “¿Usted me podría explicar cómo freír un huevo? Eso sí, al hacerlo tenga en cuenta que yo no sé lo que es una sartén, ni el calor, ni el aceite”. Con esto quiero significar que en la apreciación de la técnica artística también existe un grado de subjetividad; ya que si bien es cierto que el artista a través de ella perfecciona el mensaje contenido en su obra, su valoración dependerá de la plataforma de conocimientos, tanto del creador como del observador. En definitiva, queda claro que resulta virtualmente imposible arribar a razones conclusivas sobre los motivos que llevan a que algunas obras nos gusten, emocionen o convenzan más que otras. No obstante, es muy probable que esas causas sean similares a las que hacen que un artista se decida por realizar una determinada obra en lugar de otra y que en ese juego de similitudes, tanto el artista a través de la creación de la obra misma como el espectador en el ejercicio de la percepción, estén liberando y transformando sus respectivos mundos interiores.

    Estas desmañadas reflexiones, más que oficiar como prólogo al comentario del álbum Woodblock Prints del baterista y compositor Harris Eisenstadt, son un intento por explicar(me) las razones por las cuales, desde una primera audición, experimenté la sensación de estar frente a una obra con capacidad para emocionar, convencer y liberar o transformar el mundo interior del oyente. Antes de continuar quiero dejar constancia que no está en mi ánimo determinar qué es arte y qué no lo es; o cuándo una obra debe ser considerada genial o no. En su lugar prefiero compartir información e invitarlo a que haga su propia experiencia perceptiva y arribe a sus propias conclusiones. (Y en este caso lo invito enfáticamente). Woodblock Prints es una obra de características infrecuentes e inusuales, no sólo por el amplio rango de influencias que contiene (que van desde el jazz a la música clásica contemporánea) o por recurrir a una alineación tímbrica que casi no registra antecedentes, sino también porque su sólido alegato estético se entrelaza a las implicancias multiculturales de la globalización. Woodblock Prints es un álbum de un músico canadiense radicado en Estados Unidos, ha sido editado por un sello discográfico de Lituania y su título está inspirado por un arte milenario de origen japonés. A esas  complejas confluencias debe sumarse el hecho de que este material sólo fue lanzado en vinilo en una edición limitada (apenas 300 copias) aunque, por suerte, también se encuentra disponible para su descarga en formato digital. En Woodblock Prints hallamos un enfoque de dimensión orquestal permeable a ciertos conceptos emergentes de la música de Arnold Schoenberg pero también influencias extra-musicales que provienen del Ukiyo-e (género de grabados en madera realizado mediante xilografía al que también se conoce como -justamente- woodblock prints).

    El álbum abre con Hasui for Brass Trio, título que alude al pintor (y pionero del movimiento shin hanga) Kawase Hasui (1883-1957). El encuadre camarístico de la pieza y la recurrencia a una alineación circunscripta a un trío entre el trombón de Brian Drye, la tuba de Jay Rozen y el corno francés de Mark Taylor; nos llevan a pensar que en lugar de estar frente al álbum de un baterista que compone estamos ante el de un compositor que toca la batería. The Floating World (en inglés, El mundo flotante) refiere a otro de los nombres con los que se conoce al grabado en madera de imágenes paisajistas. Aquí el noneto construye un luminoso y delicado universo sonoro en el que despliegan una melodía de estructura cíclica con numerosas variaciones y ornamentaciones que en ningún momento lucen superfluas o innecesarias. Incluso a pesar del amplio rango de géneros que abarca la pieza (jazz, música clásica, blues, rock, libre improvisación, etc.) y la multiplicidad de matices dinámicos que integra, jamás parece alejarse de su núcleo temático. Todo magnificado por impecables intervenciones solistas entre las que sobresalen el atinado aporte del contrabajo de Garth Stevenson y la conmovedora exposición del fagot de Sara Schoenbeck.

    La consistencia motívica de After Left Wall parece obedecer a las leyes de la atonalidad organizada. Su definición melódica se desarrolla al amparo de unidades armónicas y refinados adornos cromáticos que permiten, siempre en un contexto de excelencia de conjunto, el lucimiento de la imaginativa guitarra de Jonathan Goldberger y los sutiles acentos de la batería de Harris Eisenstadt. Hiroshige, for Woodwind Trio es una exquisita pieza de impronta barroca que enhebra al clarinete de Michael McGinnis con el saxo alto de Jason Mears y el fagot de Sara Schoenbeck. Hokusai (en honor al pintor y grabador japonés del período Edo: Katsushika Hokusai) es otra de las gemas que posee este álbum. Una partitura de innegable encanto melódico, adornada con elegancia y ejecutada brillantemente. El cierre, con el intenso y refinado Andrew Hill, rinde pleitesía al genial compositor y pianista de jazz fallecido en 2007. Harris Eisenstadt configura en Woodblock Prints una obra magnífica y consagratoria, que apela tanto a los sentidos y a la emoción como a la lógica estructural y las formas racionales, cuya percepción estética nos conduce a un territorio de inasible belleza.

    Es bello todo lo que procede de una necesidad interna del alma (Vassily Kandinsky)

    Sergio Piccirilli

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