• Héctor Alvarado Díaz: Aria Dolorosa

    Me duele el pecho o el estómago o los pulmones. Algo ocurre alrededor de mí, danza de la muerte, danza de la calavera que ríe, martillo dando en el clavo, animal prehistórico atascado en el pantano…
    Maldita obesidad, cordillera de carne que no me permite discriminar entre la muerte, un infarto, una siniestra indigestión, un paro respiratorio…
    Si Mozart hubiera tenido encima 248 libras, sus dedos habrían desbordado cualquier teclado y entonces adiós óperas; de cierto yo sería otro: padre de familia, obrero, dueño de un restaurante, cualquier cosa menos un cantante tendido en medio de paños y telones viejos de otras funciones cuyos dibujos me parecen ridículamente infantiles; he ahí en cartón piedra los bosques, ciudades, iglesias y flotas imperiales; he ahí los siglos, los sueños obsesivos de coreógrafos y directores quisquillosos; tras de mí habita el trazo de una almena descompuesta por la gotera del techo, el moho, la negra mortaja de un ciclorama que terminará sus días pudriéndose en un basurero suburbano. Al fondo, como estrella, el titilar de un trombón inservible trata de decirme algo que no entiendo bien pero se relaciona con la extinción, el abandono, la ausencia.
    Si tuviera la fuerza para reír lo haría con gusto: puedo escuchar a operarios, actores, extras, vaya, al mismísimo Carlo dando voces sin ton ni son mientras yo aquí, preso de la gravedad, untado al suelo, oculto bajo el paño al que traté de aferrarme al tiempo que me vencía este mareo.
    (…)
    Sudo. Por mis poros surge el mar, o mejor, siento como si la marea me fuera alcanzando desde los pies, olas delicadas que dentro de un momento se pondrán celosas de mi cuerpo y querrán llevárselo lejos, más allá de la barrera de peces, del concierto de algas, mi cuerpo inútil disparado al centro de ese remolino donde está el oratorio de los ángeles y la voz divina no es privilegio de tres o cuatro seres vivos en el mundo… Si hubiera compartido esta función con Claudia, mirar de lejos su delgadez, el pecho delicado de donde emana esa voz dulce desde su lugar en el coro. Si no hubiera rechazado mi amor estaría ya confirmada en algún solo de acuerdo a su belleza, sÍ…
    Voces, dos mil años de Occidente y tan sólo cinco o seis voces han sido historiadas, el resto: flato indigno, sonidos cascados, voces tan triviales que apenas sirvieron para comunicar pálidamente el deseo, el dolor, la furia.
    ¿Cuándo se muere uno exactamente? ¿Cuando la respiración se hace delgadita y vana? ¿En el momento de que se retira todo el dolor y lo sustituye un aire tibio sobre la cara? Mi vida relampaguea frente a mis ojos: me estoy muriendo.
    Yo era un niño, el avión en que viajaba mi padre se derrumbó.
    Solamente hallaron pedazos de lo que fue el hombre más importante del universo.
    Mamá y yo competimos en el concurso del llanto. Me ganó.
    El sepelio fue en Nápoles.
    Nos mudamos a Milán. Engordé.
    Resolví ser piloto: inventé un avión infalible, rescaté a miles de hombres iguales a mi padre, descubrí nuevos continentes.
    Ocho años soñando despierto y dormido que conducía mi avión inmenso sobre los territorios inhóspitos de la Tierra, hasta que un día encendí el televisor y vi este planeta girando en el espacio, azul, perfectamente pacífico, lejos de toda la maldad que había matado a mi padre, inocente de las condenas sucesivas que había dictado en su contra.
    Ya no tuve a quien responsabilizar: fue el vacío, fue la sinrazón, fue la caída libre de mi aeronave mi sueño mi obsesión mi madre neurasténica mi casa mi planeta.
    Desperté de una depresión de seis semanas en medio de aquel salón oloroso a barniz y madera, desperté con los oídos de los maestros de la Escuela de Arte puestos en mi garganta, hiriéndome desde su alcurnia y su exigencia.
    A mamá le dijeron que mi potencial era el de un sobredotado, le asignaron una pensión mensual y no volví a verla sino en contadas ocasiones a lo largo de casi diez años.
    Están dando palmas allá afuera, el público no me ha olvidado, ah, tal vez este segundo es lo único que recordaré, tal vez uno se lleva sólo la imagen última, y no será una ovación, ni siquiera un aplauso de bienvenida sino palmas, manos inquietas, gente desesperada, hombres y mujeres que pronto hablarán de la última vez que vieron al tenor más grande de todos, el sin padre, el invisible obeso gordísimo inútil que no sabe sino cantar, el que es al abandono lo que la belleza al deseo… Los que me vieron hoy, sentirán la fortuna del coleccionista, dirán que me veía perfectamente bien, que canté como nunca, como si supiera que al poco tiempo me hallarían inmóvil, encallado como una ballena esclerótica, con la horrenda expresión del que agonizó en soledad estando todos tan cerca, mamá, tan cerca que soy intocable hasta para ti, ser céreo como de cera, hombre grasa, niño que se debate en la sinrazón sombría de tener que alejarse del mundo de los cuentos y los juguetes para lograr unas monedas.
    Siempre pensé: "Cuando yo muera mi capilla ardiente estará un día en la Escuela de Arte de Roma y otrA en la Scala; de más allá del océano vendrá gente a presentarme su respeto y terminaré con modestia en el cementerio de mi aldea siciliana."
    Lo patético no es esta escenografía descompuesta por el tiempo, lo que verdaderamente me lastima es la falta de luz, es la forma vergonzosa en que mi rostro está cubierto y nadie podrá atestiguar en mi descargo que en los últimos instantes no fui presa del miedo aunque sea una mentira del tamaño de este globoso abdomen del que surge la necesidad de un abrazo en vez de la soledad casi piedra. Ojalá pudiera aprender rápidamente cómo entregarme a lo que viene, pienso en mi avión, pienso que hubiera sido bueno caerme junto a mi padre, pienso que mamá me puede ver y espera paciente a que transite la distancia…
    Una extraña certeza me asalta: es Éste y no ningún otro el momento en que debería cantar, justo aquí, ante el sendero que me llevará a la muerte. Un aria dolorosa que me abriera las puertas del Cielo bajo la custodia de mil ángeles que se niegan a dejarme pasar, es ahora cuando la voz debe convertirse en luz, ahora cuando el fuego, cuando la pasión, la venganza, la frustración infinita de no poder moverme deberían concentrarse en una flecha que incendiara las puertas y permitiera a esta alma enfrentarse a la voz más alta, la perfecta tesitura de Dios.
    Claudia, ven, amore, canta en mi oído el dolor de Dido, acércate más, ¿dejarás al fin de repudiarme? Soy tan feliz, voy a hablar con Carlo, debemos comenzar nuestros ensayos inmediatamente, tú y yo, Claudia, abriendo la próxima temporada en Zurich…

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