• Henning Mankell: Zapatos italianos

    (Tusquets editores)

    Henning MankellJansson se puso de pie, después de dar unos toquecitos sonoros en su copa. Vaciló, pero se mantuvo erguido. No dijo nada. Y, de pronto, se puso a cantar. Con la voz de barítono más limpia que imaginarse pueda, entonó el Ave María de un modo que me hizo estremecer. Creo que todos experimentaron la misma sensación. Hans y Romana se mostraron tan perplejos como yo. Nadie parecía saber que Jansson tuviese una voz tan poderosa. Y los ojos se me anegaron de lágrimas. Allí estaba Jansson, con todas aquellas dolencias suyas imaginarias y su traje, que tan estrecho le quedaba, cantando como si un dios hubiese venido a sentarse entre nosotros en la noche estival. Sólo él podía explicar por qué había ocultado su talento.
    De tal modo cantó, que hasta los pájaros callaron. Andrea escuchaba boquiabierta. Fue un momento grandioso, casi como un hechizo. Cuando Jansson terminó y volvió a sentarse, todos quedamos mudos. Hasta que Hans rompió el silencio con las únicas palabras que cabía pronunciar.

    – ¡Ha sido increíble!

    Jansson recibió un aluvión de preguntas. Qué bien cantaba. ¿Cómo no lo había hecho nunca antes? Pero Jansson no contestó. Y tampoco quiso volver a cantar.

    – Ha sido mi discurso de agradecimiento -nos explicó-. Con un canto. Desearía que esta noche no terminase nunca.

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