• Hugo Francisco Bauzá: Al Sur De Luxor

    (Extraído de Ofrenda a Mnemosýne – Ediciones Parthenope-2005)

    BauzaEn pocos sitios experimenta el viajero una sensación tan extraña como la que vive en Luxor. Piedras por doquier, pero piedras milenarias, apiladas en forma de pirámide más que para sepultar a un faraón, para desafiar al cielo.
    En Luxor el lenguaje no alcanza para expresar las emociones que embargan al peregrino (sí, porque en esa tierra de dioses no se puede ser turista, simo necesariamente pergrino, alguien que deambula entre sombras en busca de sombras). Esa limitación del lenguaje ¿no será, acaso, la imposibilidad de expresar lo divino con palabras?
    En esas arenas sacras quiso la Fortuna -aunque nos resistamos, esa deidad, la Tyche de los griegos, guía nuestros pasos- que me encontrara con un grupo de argentinos (a uno de ellos había conocido en Chascomús y sabía de su viaje pues lo había encontrado en el hospital Rivadavia cumpliendo con el engorroso trámite de las vacunas). Tenían programada una excursión al sur de Luxor a un sitio apartado del mundo y, fundamentalmente, del turismo.
    Me invitaron a sumarme a la comitiva.
    Primero tomamos una especie de jeep con ruedas pantaneras, especiales patra moverse en la arena. Llegamos hasta un poblado donde como ya no era posible proseguir en vehículo, debimos prolongar la travesía en dromedario. Era la primera vez que montaba uno y evidenciaba ser poco diestro. Percatado de ello, el animal, de vez en cuando, doblaba el pescuezo y me tiraba un mordisco.
    Éramos una procesión de doce intrépidos con un guía que montaba el primero de estos animales. Como ninguno era experto, el conductor nos había atado a una cuerda, no fuera cuestión de que alguno se disparara y arrojara a su jinete en el desierto.
    Llegamos a un tinglado de chapa, junto al cual había unas palmeras. Se trataba de un recinto de baile -¿club de pueblo?, ¿casa non sancta?, no pude saberlo, lo único que puedo asegurar es que no era un espacio armado para turistas-.
    Se escuchaba música lugareña nacida de instrumentos extraños. Alguna que otra pareja de negros se atrevía a surcar una suerte de espacio de baile, pero eran muy pocas las que bailaban. De pronto, sí, lector, no divago, de pronto de uno de los altoparlantes, se escuchó "La Felicidad" -huelga mencionar el nombre del autor, tú bien lo conoces- y como por arte de magia los aldeanos salieron a bailar. Yo no salía de mi asombro. estaba como estupidizado.
    Con los años refería esa anécdota a un musicólogo de nuestro medio -Ernesto Epstein-. Me dijo que era lógico ya que el ritmo de esa música, además de sumamente pegadizo, es algo así como el ABC de la música, una suerte de melodía germinal que incita a tararearla y, por cierto, al baile. Quedé algo tranquilo con la explicación, sin embargo…

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