• Liliana Herrero

    Liliana Herrero

    De antemano, sabía que teníamos que estar tranquilos y con (mucho) tiempo.
    Puedo y debo afirmar (y también agradecer), que conmigo Liliana Herrero siempre se ha comportado de manera más que gentil.
    Generosa en sus apreciaciones, pensando cada una de las preguntas y contestando rápidamente y en forma extensa, estar con ella termina resultando una extraña combinación de placidez y terremoto.
    Porque habla en forma clara y acompañándose con las manos y, fundamentalmente, con la mirada. Pero a su vez es puntillosa (puede estar un largo rato intentando acordarse del nombre de alguien que conoció hace… ¡40 años!) y potente en sus declaraciones. Convencida, además, y sustentando cada una de ellas.
    La cantante es hoy un referente ineludible dentro de la música popular argentina. Iba a poner "del folclore", pero como ha coqueteado con otros estilos como el jazz, el rock y el tango, hubiese sido injusto, mezquino e irreal.
    Herrero - LitoralDebutó discográficamente en 1987 y este 2005 la encuentra con su décimo álbum, el primero doble de su carrera, titulado Litoral y sin dudas su proyecto más ambicioso.
    Esta egresada en filosofía, en un momento debió optar (como aquel Rey Enamorado de Les Luthiers) entre la carrera que había estudiado y la música.
    La decisión tomada nos permite apreciarla en sus interesantes discos (algunos con mucha instrumentación, otros decididamente intimistas) pero es sobre el escenario donde la experiencia con la Herrero se convierte en algo poderoso y, para muchos, inolvidable.
    Algunos critican lo que para este escriba es justamente lo más seductor de la cantante. Y es que suele interpretar más que cantar, incluso desestructurando y reconstruyendo las composiciones originales brindando decididas relecturas en cada interpretación.
    Nos encontramos en su amplia casa de San Telmo donde es difícil adivinar el color de las paredes: libros y discos hasta el techo. Y, acongojada, confiesa que debió hacer a un lado muchos de los demos que le entregan permanentemente aunque aclara que escucha todo y que gracias a ello ha conocido a muchos músicos con los que luego terminaría colaborando.

    Yo creo que me dan tantos discos porque se corre la bolilla de que los escucho y que después les contesto; pero también me interesa porque te encontrás con cosas maravillosas… al armoniquista (Franco) Luciani lo conocí así; me dio el disco y… ¡toca, eh! Por supuesto que te lleva un tiempo tremendo. El otro día lo hablábamos con León (Gieco) y a él le pasa lo mismo que a mí. Nos llenan de discos en cada concierto. Yo lo único que aclaro es que me den tiempo. Pero contestar… siempre.

    ¿Cómo te llevás con la electrónica?

    La uso para lo más elemental: el word y el correo electrónico. A la hora de grabar sí, usamos la computadora para maquetear.

    Pero… ¿vos componés?

    No puedo decir que compongo. En Litoral hay dos temas que están de yapa y que los hicimos con Diego (Rolón) en un verano. Pero no puedo decir que compongo. Yo toco
     y ahí… invento. Violeta de Gainza, con quien a veces tomo unas clases, me dice que yo sé; pero que no sé que sé.

    Y siempre con el piano

    HerreroSiempre. No entiendo la guitarra. No tengo la imagen… yo pienso en el teclado, tengo los intervalos del teclado metidos en la cabeza; tengo una imagen visual de eso. Por fotos que me han sacado me doy cuenta que, cuando canto, pareciera que estoy tocando un piano pero vertical, como si fuera un bandoneón. Muchas veces, tocando con Adrián (Iaies) , le miro las manos y veo cómo es la melodía. Tengo como un oído visual de los intervalos del piano; pero es porque yo estudié piano de muy chica…

    ¿En Villaguay (Entre Ríos)?

    HerreroClaro… con una profesora que se llamaba Juanita (Cinto de) Alsina, una genia. Todo lo que sé lo aprendí de ella. Ella vivía a la vuelta de mi casa. Mi padre era un gran músico. Orejero, por supuesto, todo de oído: piano, guitarra, violín… un día le golpeé la puerta a Juanita y le dije que quería estudiar. Tenía una casa antigua muy grande; el piano lo tenía en una sala. Ella me enseñó todo… cómo poner el peso de los dedos para tocar Mozart o para tocar cualquier impresionista, o Bach… y como yo no tenía piano me iba a estudiar a su casa y ella desde el fondo me corregía gritándome "do sostenido" (risas). Aprendí a conocer el teclado y a leer muy bien. Yo leo a primera vista; pero nunca me enseñó el corazón de la música, la armonía. Estudié desde los 8 años más o menos, hasta los 17 que me fui de Villaguay.

    ¿Y fuiste a…?

    A Paraná (Entre Ríos). Yo terminé el secundario en el '65 y estuve todo el '66 en Paraná. Mi papá y mi mamá se conocieron en Rosario. Mi mamá fue desde San Nicolás a estudiar Farmacia y mi papá, desde Gualeguay (a estudiar Bioquímica). Mi padre fue maestro rural durante mucho tiempo; cuando logró juntar dinero, se fue a estudiar a Rosario. Una vez recibidos, se fueron a vivir a Villaguay. Entonces, el destino de mis hermanos y mío estaba muy marcado: nos íbamos a ir a alguna universidad. Como estaba de novia, en lugar de ir a Rosario, me fui a Paraná y me anoté en Filosofía… porque era el único profesorado que no exigía curso de ingreso; así que ninguna vocación ni nada de eso. También estudié piano con una profesora de quien no me acuerdo el nombre, pero la verdad… extrañaba a Juanita. Al año estaba muy desorientada y en plena crisis. En el '67 me fui a Rosario, seguí estudiando y me encontré con cantidad de músicos maravillosos; el más importante, para mí, fue Alfredo Lliusá y me fui a vivir a un departamento con otras estudiantes. Cristina, una de mis compañeras, era la novia de Alfredo y él es… un genio total. Tocaba flauta, guitarra, violín, todo tipo de vientos… ¡y todo de oreja! Y yo me deslumbré con ese mundo. Y él me escuchó cantar y se deslumbró conmigo… porque la mayoría de los músicos eran más grandes que yo y no me daban bolilla… y Alfredo fue el que me abrió la puerta a ese mundo.

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