• Marguerite Yourcenar: Alexis o El Tratado Del Inútil Combate

    Una noche, en el mes de septiembre, la noche que precedió a nuestro regreso a Viena, cedí a la atracción del piano que había permanecido cerrado hasta entonces. Estaba solo, en el salón casi del todo a oscuras; era, ya te lo he dicho, mi última noche en Woroïno. Desde hacía algunas semanas, una inquietud física se había metido dentro de mí, fiebre, insomnios, contra los que luchaba en vano y de los que echaba la culpa al otoño. Hay música fresca con la que uno se desaltera. Por lo menos, yo lo creía así. Me puse a tocar. Tocaba al principio con precaución, suavemente, delicadamente, como si tuviera que dormir a mi alma dentro de mí. Había escogido los trozos más serenos, puros espejos de inteligencia de Debussy y de Mozart y se hubiera podido decir que, como antes en Viena, le tenía miedo a la música turbia. Pero mi alma, Mónica, no quería dormir. O quizás ni siquiera fuera el alma. Tocaba vagamente, dejando que cada nota flotase en el silencio. Era (ya te lo he dicho) mi última noche en Woroïno. Sabía que nunca más mis manos se unirían a aquellas teclas, que nunca más se llenaría la habitación de acordes gracias a mí. Interpretaba mis sufrimientos físicos como un presagio fúnebre: había decidido dejarme morir. Abandonando mi alma sobre la cumbre de los arpegios, como un cuerpo sobre el reflujo de la ola, esperaba que la música me facilitara pronto la caída en el abismo y en el olvido. Tocaba con decaimiento. Me decía que mi vida estaba por renacer y que nada cura, ni siquiera la misma curación. Me sentía demasiado cansado para esa sucesión de recaídas y de esfuerzos igualmente agotadores y no obstante, disfrutaba ya, gracias a la música, de mi debilidad y de mi abandono. Ya no era capaz, como en otro tiempo, de sentir desprecio por la vida apasionada de la que, sin embargo, tenía miedo. Mi alma se había hundido más profundamente en mi carne y lo que yo sentía, remontando de pensamiento en pensamiento y de acorde en acorde, hacia mi pasado más íntimo y menos confesable era, no el haber cometido la culpa, sino el haber rechazado las posibilidades de felicidad. No el haber cedido demasiadas veces, sino el haber luchado demasiado tiempo y demasiado duramente.

    Notas Relacionadas o de Interés: