• Masada Quintet – Stolas: Book of Angels, Volume 12

    Haamiah, Rikbiel, Psisya, Sartael, Tashriel, Rahtiel, Tagriel, Serakel, Rigal

    Músicos:
    Joe Lovano: saxo tenor
    Dave Douglas: trompeta
    Uri Caine: piano
    Greg Cohen: contrabajo
    Joey Baron: batería
    John Zorn: saxo alto

    Tzadik, 2009

    Calificación: Está bien

    Las religiones, como las luciérnagas, necesitan oscuridad para brillar.
    (Arthur Schopenhauer)

    John Zorn, además de haber integrado la elite del avant-garde neoyorquino por más de tres décadas se ha convertido, por merito propio, en uno de los compositores más prolíficos de la actualidad. En lo que va del nuevo milenio, el cuerpo principal de su imaginario estético ha sido ocupado por la serie Masada Song Book. El primer segmento de esa obra abarcó una revisión a cargo de músicos invitados de temas pertenecientes al proyecto Masada (grupo conformado en origen por Dave Douglas, Joey Baron, Greg Cohen y Zorn). En cambio la segunda instancia del ciclo, bajo la denominación Masada Song Book Two – The Book of Angels, incorporó más de un centenar de composiciones escritas exclusivamente para esta nueva serie.
    The Book of Angels conserva, aunque atenuados, los elementos asociados al free-jazz, la libre improvisación y la música radical judía contenidos habitualmente en el ideario creativo de Zorn pero manifestados con una explícita permeabilidad a corrientes musicales de mayor arraigo popular y por ende más accesible, tales como el rock y el mainstream jazz. Otro factor que distingue a la serie es que los títulos de todos sus álbumes y cada una de las composiciones que los integran llevan nombres coligados a la iconografía del mundo de los ángeles.

    Un ángel es un ser etéreo incorporado a muchas creencias religiosas, cuyos deberes esenciales son servir y asistir a Dios. En las tres principales religiones monoteístas los ángeles ofician como mensajeros a los que se les atribuye el papel de intermediarios entre lo divino y lo humano. Ese carácter revelador otorgado a los ángeles se repite a lo largo de la historia. Para los persas el encargado de revelar “la verdad” a Zoroastro fue un ángel; y lo propio ocurrió con el ángel Gabriel y Abraham en el judaísmo, el ángel Gabriel y la Virgen María en el cristianismo y con el ángel Gabriel y Mahoma en el islam. Los ángeles, tradicionalmente, han sido representados con alas, tal vez porque ese aspecto alado parecía apropiado para moverse con idoneidad tanto en el ámbito divino como en el humano. Ergo, guiados por la razón, podríamos deducir que llevan alas más por una cuestión aerodinámica que religiosa.
    También la tradición suele representarlos como varones a pesar que los teólogos, angelólogos y algunos de los más afamadólogos opinólogos aseguran que los ángeles no tendrían sexo debido a que son espíritus puros. Y cuando me refiero a que no tienen sexo no quiero decir que “no tengan sexo” sino a que… ¡no tienen sexo!
    A ver si me explico mejor: no es producto de una disfunción sexual o una racha de mala suerte (después de todo… quién no la ha tenido alguna vez… algunas veces) sino que los ángeles nunca tuvieron sexo, ni lo tendrán jamás.
    Es decir que la exégesis de la composición anatómica de los ángeles, en terminología científica, no incluye pilines ni pocholitas. Espero haber sido, academicismos mediante, lo suficientemente pedagógico y didáctico… ¡pichilas tampoco!
    De regreso a Book of Angels, corresponde señalar que esa denominación, además de expresar su relación con seres angélicos, tiene en sí mismo una notoria similitud con el título de uno de los manuscritos esotéricos más extraños y controvertidos de la edad media: Angelous ael Sabastu o El libro de los ángeles o Libro secreto de los ángeles. Se cree que este tratado fue escrito por alguna orden monástica de los monjes benedictinos del siglo XIII, cuya interpretación difiere al traducir el texto literalmente o cuando se hace del mismo una lectura cabalística o se le otorga valor de mensaje encriptado. Para evitarse problemas, lo mejor es no leerlo o no leer en general.

    Lo cierto es que la serie Masada Book Two – The Book of Angels compendia, al menos hasta aquí, doce volúmenes que incluyen participaciones en orden cronológico del Jamie Saft Trio (Aztaroth), el Masada String Trio (Azazel), Mark Feldman y Sylvie Courvoisier (Malphas), Koby Israelite (Orobas), The Cracow Klezmer Band (Balan), Uri Caine (Moloch), Marc Ribot (Asmoedus), Erik Friedlander (Volac), Secret Chiefs 3 (Xaphan), Bar Kokhba (Lucifer), Medeski Martin and Wood (Zaebos) y su álbum más reciente: Stolas a cargo del Masada Quintet.
    Esta nueva propuesta colectiva, además de incluir a los miembros fundadores del Masada Quartet, reclutó en sus filas al saxofonista Joe Lovano y al pianista Uri Caine. Sin embargo, pese a las similitudes apuntadas y a que las composiciones en ambos casos pertenecen a John Zorn, el espíritu y la dirección entre ambos proyectos contrasta ostensiblemente. Mientras el cuarteto exploró desde la perspectiva de la música judía territorios inherentes al free-jazz y la música creativa, el Masada Quintet se aboca a privilegiar la estructura tradicional del jazz con un fuerte apego al itinerario melódico emanado de la partitura.
    Stolas, nombre que da título al álbum, también tiene correspondencia con la iconografía de los ángeles. En la nomenclatura de “divinidades oscuras” el novelista esotérico Aleister Crowley ubica a Stolas en la categoría de ángel caído, identificándolo como el príncipe del infierno encargado de enseñar astronomía e impartir el conocimiento de las plantas tóxicas (psicotrópicas). Flor de pillo el tal Stolas, ¿no?
    Aclaremos que un ángel caído no es un ser etéreo que trastabilló y se pegó un porrazo, aunque en el caso de Stolas no estaría tan seguro. Los ángeles que tropiezan torpemente pertenecen a la categoría de angeludos; en cambio el concepto de ángel caído proviene del influjo de religiones basadas en los principios del bien y del mal como mecanismo de explicación para todas las cosas. Ese encuadre doctrinario contribuyó a la concordancia de los ángeles como parte del bien y a que los servidores del mal encajaran de modo natural como “ángeles malos” o “ángeles caídos”.

    La apertura del álbum es con Haamieh, nombre que identifica al ángel de la integridad encargado de ayudar a la toma de decisiones éticas. La composición ofrece una sólida aproximación al klezmer desde la perspectiva del mainstream (o viceversa) y suscribe a secuencias estructurales afines a la ortodoxia del jazz con democráticos espacios asignados a los solos. La sorpresa, o mejor dicho la falta de ella, no impide el disfrute de una impronta melódica de innegable encanto y de un nivel de ejecución superlativo en el que Douglas y Caine parecen quedarse con las mejores partes. La seductora cadencia de Rikbiel (nombre del ángel que conduce la carroza divina) no pasa a mayores aunque incluye sugestivos aportes de Caine, un luminoso solo de saxo a cargo de Lovano, una irrebatible intervención de Douglas en trompeta con sordina y el irrefutable sostén rítmico propulsado por Cohen y Baron. En el curso de Psisya (ángel-amuleto que protege el sueño de los niños) se diseminan pistas que unifican una melodía agridulce asociada al folk hebreo, el donaire rítmico de la bossa nova y una disposición armónica proveniente de la balada-jazz. Todo interpuesto por un convincente solo en contrabajo y una expresiva intrusión de la trompeta. El título del siguiente tema, Sartael, refiere en el Talmud al arcángel del mal que regla sobre las cosas ocultas. Aunque suene contradictorio, eso se traduce para “bien” en términos compositivos, ya que es una de las piezas más próximas a la fogosa médula creativa expresada en su momento por el Masada Quartet. Un efusivo alegato de free-bop que propicia un solo de Lovano pleno de matices interceptado por los fugaces fraseos de Douglas y un paso triunfal del piano de Caine rematado de manera impiadosa por la batería de Baron. Siguen con Tashriel (uno de los ángeles guardianes del primer cielo). A juzgar por los resultados de la composición, podemos deducir que en el cielo no hay demasiadas cosas entretenidas o interesantes para contar. El dramático Rahtiel es el único tema del álbum en el que participa el saxo alto de Zorn. Irónicamente, su ardiente intervención se da en una composición cuyo título alude al ángel encargado de mantener y controlar el buen curso de las constelaciones. La robusta arquitectura de Tagriel (el ángel de las 28 mansiones de la luna y del séptimo cielo) ofrece apasionadas variaciones tonales extrapoladas de sutiles motifs. Mientras que Serakel (ángel de los árboles frutales) reúne el lirismo melódico del klezmer con un irresistible groove que sirve de excusa para el lucimiento de Baron. El cierre es con la sutil dinámica de Rigal (otro ángel-amuleto que vela por el sueño de los niños). Tema que ya tuviera una versión en solo piano a cargo de Uri Caine en el álbum Moloch.

    Está claro que Zorn decidió desandar el camino de la experimentación para acercarse al acerbo cultural del jazz. Y lo hace con innegable prestancia, aun cuando los motivos de esa búsqueda resultan tan misteriosos y secretos como la vida de los ángeles.

    El guerrero es transparente en sus acciones y secreto en sus planes (Paulo Coelho)

    Sergio Piccirilli

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