• Nicolás Sorín: Noche Rapsódica

    Jueves 26 de Febrero de 2009 – 21:30 hs.
    Thelonious Club – Buenos Aires

    Desde el vamos, aclaramos que el título de esta nota debió, tal vez, ser distinto.
    Porque debo reconocer también mi ignorancia.
    ¿No está entendiendo nada?
    Simple. Casi aleatoria, caprichosamente, comenzamos a investigar acerca de los distintos estilos musicales; así, nos encontramos con algunos que conocíamos prácticamente al dedillo (bueno… no tanto…) y otros que desconocíamos perfectamente.
    Así las cosas, y prescindiendo de los que todos ustedes más o menos conocerán (tango, clásica, rock, jazz, salsa, merengue, cumbia, pasodoble, etc.), encontramos: antífona, bagatela, barcarola, cavatina, jarcha, motete, pasacalle, tiento, virelay, rapsodia y ensalada.

    Y vaya que uno se desasna si es curioso… porque así, de la nada… ¿usted qué entendería si yo le pidiera que me componga una bagatela, me prepare un pasacalle o me recomiende una ensalada?
    La verdad… creo que terminaríamos a las piñas (espere que me fijo…. no…. piña no es ningún estilo musical, es apenas un fruto de forma aovada… no… mejor no… mejor cambie "piñas" por trompazos y sanseacabó).

    Les hablaba del título, que hacía referencia a la rapsodia, una pieza musical compuesta por diferentes partes temáticas unidas libremente y sin relación alguna entre ellas.
    Pero luego me encontré con algo que, hasta ese momento, desconocía: la ensalada.
    Como la gran mayoría (quiero suponer), tenía entendido que una ensalada es un conjunto de hortalizas mezcladas, cortadas en trozos y aderezadas con sal, aceite, vinagre, etc.
    Pero musicalmente hablando, la ensalada (atenti) es un género donde se mezclan múltiples elementos, religiosos o profanos, homofonía, contrapunto, voces, elementos cómicos, épicos, serios o irónicos. Sus textos también pueden ser interpretados en diversas lenguas y también suelen incluirse onomatopeyas.
    ¿Qué tal?
    Yo bien, ¿y usted?
    (Perdón)

    Ya volveremos sobre el tema; lo cierto es que el jueves 26 de febrero asistimos al Thelonious Club para presenciar la que sería la última actuación del octeto del pianista, compositor y arreglador Nicolás Sorín.
    Era el primer acercamiento a su música, al menos seria y conscientemente, ya que algo habíamos escuchado desde su sitio de internet y cuando vimos las películas argentinas "El Perro" e "Historias mínimas", de las que fue el responsable de las bandas sonoras (obteniendo por esta última los Premios Cóndor y Clarín).
    Nacido en 1979, estudió Composición en el Berklee College of Music con profesores como Bob Brookmeyer, Maria Schneider y Vuk Kulenovic. Ha trabajado con artistas muy disímiles y dirigió orquestas como la London Session Orchestra, la Sinfónica de México y la Henry Mancini Orchestra.
    En la actualidad, Sorín lidera tres proyectos simultáneos: Malacara, Elbou y el que nos ocupa: el Sorín Octeto, que en esta ocasión formó con Daniel Pipi Piazzolla en batería, Mariano Sívori en contrabajo, Gustavo Musso en saxos ato y soprano, Martín Pantyrer en saxo barítono y clarinete bajo (estos cuatro, integrantes de Escalandrum), Nicolás Said en saxos tenor y soprano, Juan Suárez en trompeta, Lucio Balduini en guitarra eléctrica y Nicolás Sorín en piano y voz.

    Los ocho músicos subieron al escenario poco después de las 22:00 hs. Cómo hicieron para entrar todos en un espacio tan reducido, es un formidable misterio (salvo que todos usaran jabón Lux). La apertura es con No Idea; una locomotiva base, apoyada en loops del guitarrista, sostiene a la entrada de los caños, tímida, intermitente, potente. Musso lidera la sección, el combo va acelerando. Un económico Sorín empieza a soltarse a medida que intuye que todo va por el carril adecuado. El juego casi minimalista del pianista es apoyado por una constante aceleración / desaceleración de Pipi Piazzolla. Sívori, con el arco, aporta una breve grandilocuencia. La melodía no alcanza a tomar vuelo pero los cambios, constantes, mantienen el atractivo. Final anti-épico (te juro)..
    En Cavallería Boliviana, Piazzolla marca el pulso a paso redoblado; Sorín suma un aire folclórico que se hace pedazos en segundos. Una breve fanfarria desemboca en un pasaje calmo donde el pianista no hace alarde de virtuosismo (y se agradece). Gusso toma nuevamente la delantera y los aires folclóricos recrudecen. Un abrupto silencio y un breve momento lúdico que hace al líder danzar sentado. Un reflexivo pasaje en piano, guitarra y contrabajo preanuncia un final que llega sin sorpresas, pero con justeza.

    A esta altura no sé si el guitarrista está escondido adrede detrás del piano (más lugar no hay) o hay problemas de sonido y no logro escucharlo. Como respuesta a esto (ambigua, pero respuesta al fin) en Hey Mike, Balduini se hace notar por sobre una base con ciertos ribetes cercanos al rock y la voz de Sorín que canta con fervor. El tema no abriga muchas esperanzas pero un repentino corte, la aparición de los caños, cierto jugueteo de Pantyrer al barítono y las escasas pero atinadas notas aportadas por el guitarrista, reflotan el entusiasmo. Una trompeta asordinada comienza a jugar y luego se prende en un serio contrapunto con los saxos. Se desata una (¿innecesaria?) violencia que, paradójicamente, conduce a un reflexivo final.

    La introducción de Barroquette, en saxo tenor y clarinete bajo, entusiasma. Dicho sea de paso, hace un rato largo que Pantyrer viene haciendo todo bien. Atisbos de música ciudadana y flamenca. Said pasa a ser acompañado por Sívori. Se suma Gusso mientras Piazzolla y Balduini parecen conformar un dúo extrapartidario. La breve intervención de Sorín lleva al octeto a punto de explosión con un riff monotemático y contundente que dura lo que un suspiro. O dos. Un pasaje en cuarteto (piano, contrabajo, batería y guitarra) que atrapa y luego un ubicuo Balduini, el arco de Sívori que llena y llena y Pantyrer que lleva a su instrumento a una gravedad necesaria.
    En Sábado a la noche porteña (así fue presentado, suponemos que se trata de Sábado de noche) sobrevuelan aires del James Taylor Quartet, con Balduini y su guitarra a la "Hawaii 5-0" (¡?). Falso ritmo disco; la aparente simplicidad lo hace un ATP. Pero el guitarrista mete lo suyo, Piazzolla juguetea con contratiempos imposibles y un feroz ataque de Musso convierten al tema en un verdadero tour de force. El gran solo de Musso nos encamina a un violento final.
    La primera parte se cierra con Otra tonta canción de amor; sencilla intro de Sorín para una balada que no (me) entusiasma. El pianista, además, canta. O algo así. Se produce un violento arrebato que no logra rescatar al tema del letargo. Nunca (salvo gloriosas excepciones) me llevé bien con las baladas ni con las canciones de amor. No ha sido ésta la excepción.

    Tres percusionistas se agregan al octeto en el inicio de la segunda porción del concierto. Junto a Piazzolla arman flor de batucada; se suma Sorín y todos cantan en forma tribal. Por sobre el pandemonium musical, asoma Balduini con loops espaciales y atractivos. El momento probablemente sea más efectista que efectivo, pero hay contagio y contundencia.
    En San Argentine, una esquizofrénica base da paso a los caños que, a velocidad supersónica, se acercan y bastante al klezmer. Sorprendente precisión de Piazzolla. Casi sin darnos cuenta estamos próximos al ragtime. Pero llega el final, con un atractivo trabajo de Sívori en contrabajo con arco.
    Pegadiza base en contrabajo y batería en el inicio de Rusia pop. Otro tanto ocurre con los aportes de Sorín y Balduini. Está sobre el escenario El Negro, que aporta su voz con enjundia; pero nunca me he llevado bien con el falsete y ésta no es la excepción (parte dos). Pantyrer con su clarinete bajo y Juan Suárez en trompeta, hacen de necesario contrapeso. Luego de una intervención de El Negro sobre una base soul, la gente aplaude como nunca antes en la noche. Y para mí sigue siendo un misterio el porqué.
    El balero de Mabel me recuerda a las Gymnopedies de Erik Satie. Muy bien (más que eso) Musso en soprano y Pantyrer en clarinete bajo. Economía de notas pero no de recursos. Sencilla pero emotiva melodía. Pero de pronto… una velocidad tal vez innecesaria nos lleva a algo cercano al blues; sobresale la trompeta asordinada de Suárez.
    Orquídea es presentada como una balada y la intro en piano esta vez nos recuerda al Philip Glass de Koyaanisqatsi. La melodía no sorprende y parece estar sobrecargada de instrumentación. Me gustaría escucharla en piano solo. Abraxas, "una especie de tributo a Led Zeppelin", los tiene a Musso en soprano y a Pantyrer en barítono. Balduini mete un riff heavy de verdad, seguido en buena forma por el tandem Piazzolla / Sívori. Sorín canta nuevamente y no lo hace en buena forma. La versión, a posteriori, entrega la contundencia del Pipi Piazzolla y poco más.
    Final.

    Nicolás Sorín brindó un concierto con infinitas aristas, incluso en cada una de sus composiciones. Un gran mérito el haber recurrido a material original que encerraba, en su gran mayoría, enormes complejidades. A pesar de un piano que no pareció estar afinado como corresponde, pudo notarse una gran variedad de recursos desde lo interpretativo. Lo que no termina de cerrar es su aporte como vocalista.
    También nos quedó la sensación de que en varios momentos hubo una excesiva instrumentación y que cada tema, por momentos, pecó de una suerte de "excitación compositiva", como si en cada uno de ellos se hiciera presente la necesidad de tirar toda la carne al asador.
    El concierto, en definitiva y volviendo al principio, fue (y esto lo trasladaría a cada pieza) rapsódico. Pero también dijimos que había un error en el título. Más que una noche rapsódica pareció ser una ensalada nocturna. Esto, teniendo en cuenta la definición de "ensalada" como estilo musical, entiéndase bien.
    Por si anda desmemoriado, acá va de nuevo: "género donde se mezclan múltiples elementos, religiosos o profanos, homofonía, contrapunto, voces, elementos cómicos, épicos, serios o irónicos. Sus textos también pueden ser interpretados en diversas lenguas y también suelen incluirse onomatopeyas".
    Esto tiene sus riesgos que, afortunadamente, Sorín decidió correr saliendo más que airoso de una apuesta ambiciosa, atractiva y, por momentos, abrumadora.
    La ensalada contó con numerosos ingredientes.
    La mayoría de ellos, de primera.
    Y a seguir de cerca los proyectos de un Sorín que parece tener con qué.
    Y en la noche de Thelonious quedó claro que, lo que tiene, no es poco.

    Marcelo Morales

    Notas:
    – Las imágenes del concierto fueron gentilmente cedidas por Nicolás Sorín.
    – Los títulos de los temas pueden no ser exactamente los mencionados, es lo que captamos en el momento y lugar de los hechos.

    Notas Relacionadas o de Interés: