• Ricardo Gallo

    Las fronteras siempre guardan una relación inseparable con los mapas, la geografía y la política porque en su implícita construcción ideológica se halla la piedra basal del estado moderno. La historia nos enseña que, al conjuro de una bilateralidad bélica nacida del pensamiento medieval, se fue trazando una línea que separaba al mundo en dos, estableciendo así una falsa concepción binaria entre vasallaje y dominación, entre buenos y malos, elegidos y rechazados, en donde no debían existir espacios de relación ni caminos viables para la integración de diferentes etnias y culturas.
    Esa forma esquemática de ver el mundo se manifiesta hoy a través de una forma infinitamente más sutil, perversa y compleja, que deriva del efecto de los flujos migratorios, los intereses económicos superpuestos, la avalancha tecnológica y el acceso selectivo a la información que promueven los medios masivos de comunicación. Está claro que sería un despropósito analizar la percepción humana de la idea de frontera con una mirada desconectada de lo social, lo cultural y lo político; pero resulta innegable que, además de ser un tema territorial, también involucra aspectos psicológicos, éticos y filosóficos.
    Quizás, como alguna vez afirmara Oliver Zimmer, “ha llegado la hora de romper con la diferenciación clásica entre formas cívicas y étnicas de identidad nacional”; no sólo para manifestar la voluntad de quebrar esa siniestra concepción binaria del mundo, sino también porque su rigidez doctrinaria no alcanza a interpretar debidamente la naturaleza de los procesos sociales de nuestro tiempo.
    Marshall McLuhan, cuando pergeñó la idea de “aldea global” en su libro The Gutemberg Galaxy de 1962, posibilitó que comenzara a desarrollarse una forma de imaginar a las fronteras como representación de zonas de confluencia y no como meros límites geopolíticos. Esa idea, aplicada al campo del arte, abrió las puertas al entendimiento de que la frontera debe ser una región de influencia y de intercambio de culturas tanto como una zona común de difusión y encuentro.

    Hoy en día, afortunadamente, observamos que en el arte en general y en la música en particular, hay muchos artistas dispuestos a transgredir los antiguos límites no sólo para evitar la esterilidad creativa que produce todo encasillamiento, sino también con el ánimo y la convicción de recuperar el valor y el significado real de las diferencias culturales y sociales en la construcción de una nueva forma de comunicación.
    En la época de la globalización ya no es posible insistir con la idea de límites asfixiantes entre distintas formas estéticas ni seguir sujetándose a tajantes divisiones sociopolíticas. En consecuencia, cada vez son más los músicos que pretenden crear un espacio sin banderas en donde todos pueden volcar libremente su propia identidad para enriquecerse mutuamente.
    En ese tránsito, estos auténticos expedicionarios del arte, además de ir abriendo vías inexploradas van trazando, tal vez sin proponérselo, los caminos a seguir por artistas venideros.
    Uno de los músicos que mejor parece haber interpretado que en el arte las fronteras nunca son un límite para la creatividad es el joven pianista y compositor colombiano, hoy radicado en Estados Unidos, Ricardo Gallo.

    Su formación académica da inicio en la Universidad Javeriana de Bogotá en donde estudia composición y piano jazz. En 1999 ingresa a la Universidad de North Texas (Estados Unidos) para continuar su perfeccionamiento académico en composición, graduándose Magna Cum Laude (con máximos honores) en 2002. Ese mismo año también sería reconocido como Outstanding Composition Student (estudiante sobresaliente en composición). Tras un breve regreso a su país natal, en donde sigue su aprendizaje en música tradicional colombiana y participa como pianista en grupos de jazz locales, vuelve a los Estados Unidos para completar una maestría y seguir cursando un doctorado en composición en la Stony Brook University de New York. En esa prestigiosa institución educativa se desempeña luego como asistente de música electrónica, profesor de teoría musical y asistente del departamento de jazz bajo la dirección del sobresaliente compositor y trombonista Ray Anderson.

    En el imaginario creativo de Ricardo Gallo conviven en la actualidad diversos proyectos musicales. Desde 2004 lidera su cuarteto bogotano en el cual se entrecruzan elementos de libre improvisación y modos provenientes del folclore colombiano. Esta banda, integrada por el baterista Jorge Sepúlveda, el percusionista Juan David Castaño y Juan Manuel Toro en bajo; ha editado los álbumes Los Cerros Testigos en 2005, Urdiembres y Marañas de 2007 y su nueva producción: Resistencias. Ricardo Gallo también mantiene una fructífera sociedad musical con el guitarrista Alejandro Flores, materializada en el álbum Meleyólamente de 2009; además ha participado en diferentes bandas dirigidas por el trombonista Ray Anderson, es miembro del Peter Evans Quartet (grupo que completan el baterista Kevin Shea y el contrabajista Tom Blancarte con el que en 2010 lanzaran el álbum Live in Lisbon) e integra el trío Tauom en compañía del percusionista Satoshi Takeishi y el saxofonista Dan Blake.
    En tanto que con su entrega más reciente, el álbum The Great Fine Line, presentó en sociedad su nuevo proyecto grupal: Ricardo Gallo’s Tierra de Nadie, alineación que incluye a su líder en piano, Mark Helias en contrabajo, Ray Anderson en trombón, Pheeroan akLaff y Satoshi Takeishi en batería y Dan Blake en saxo.
    Ricardo Gallo compartió con nosotros, en la siguiente entrevista, algunas de las historias, conceptos, convicciones y objetivos que nutren y conforman su apasionado universo estético. Imperdible.

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