• Roy Hargrove Quintet: Cría fama y échate a dormir

    Catalina’s Bar & Grill – Hollywood, California (USA)
    Domingo 13 de diciembre de 2009 – 19:30 horas

    La música y el lenguaje tienen una matriz común y manifiestan la necesidad comunicacional del ser humano. Mientras el lenguaje conecta al hombre con el mundo que lo rodea, la música lo relaciona consigo mismo como entidad espiritual.
    En la música hallamos un código de signos con intencionalidad expresiva cuya sistematización y poder de comunicación le han permitido constituirse, hasta cierto punto, en un lenguaje de carácter universal.
    No obstante, es posible argumentar que la música y el lenguaje de las palabras han tenido una evolución equivalente ya que en ellas no sólo hallamos una similitud de recursos dinámicos, un parentesco en su nivel de representación grafica y un soporte homólogo fundado en el sonido, sino que también encontramos la sujeción a un basamento de símbolos específicos establecidos culturalmente por cada sociedad. Eso permite que, a pesar de sus raíces comunes y su curso evolutivo paralelo, no sea lo mismo el latín o el alemán que el castellano o el inglés, tanto como no es lo mismo un vals vienés y el rock ’n’ roll que el dodecafonismo o la música de los Apalaches.

    El lenguaje y la música coinciden en sus facultades emocionales e intelectuales debido a que ambas permiten expresar sentimientos y emociones tanto como estimular la curiosidad, el saber y la comprensión; pero a su vez, en la medida que se despojan de su carácter utilitario o funcional, pueden trascender en su proyección humana hasta erigirse en un fenómeno artístico. Esto nos lleva a preguntarnos sobre el auténtico grado de evolución alcanzado por los lenguajes de las palabras y la música, como si ése fuera un dilema que llama a la reflexión más profunda, como si se tratara de un interrogante que golpea la puerta de nuestra curiosidad, como si alguien estuviera llamando… ehhh… alguien está golpeando la puerta. Discúlpeme, enseguida vuelvo:

    ¡Quién! (note usted que en el lenguaje utilizado no sólo he reemplazado el tono habitual de interrogación por otro más imperativo sino que además le di un carácter interruptus a la frase, como si estuviese sobrentendido que estoy preguntando “¿quién es?” o “¿quién golpea la puerta?”).
    ¡Correo…! (La respuesta llega a tono con las circunstancias. Está claro que lo ideal sería: “¡Oh! Noble caballero, soy yo… el hidalgo representante de la oficina de correos y aquí le traigo una bienaventurada misiva que espero lo colme de beatitud”, aunque es probable que hubiese bastado con un simple “soy el cartero”).

    Reflexionar sobre lo sucedido no sólo echa un manto de dudas sobre la evolución del lenguaje de las palabras en sí mismo, sino también en cuanto a su supuesta equivalencia con el lenguaje musical. 
    La música no ha sufrido ese empobrecimiento estructural porque siempre provoca una estimulación sensorial, cuya organización sistemática de los fenómenos sonoros es una apertura a la exploración reflexiva. Es un proceso que nos hace abrir a su fenomenología, nos hace abrir a distintos puntos de vista psicológicos, sociológicos y estéticos, nos hace abrir… la carta que acabo de recibir.
    Para mi sorpresa, el sobre contenía una invitación especial al concierto que ofrecería días más tarde el Roy Hargrove Quintet en el coqueto Catalina’s Bar and Grill de la ciudad de Hollywood. Mi primera reacción fue: “¿Una invitación? ¡Qué extraño! Para mí que acá hay gato encerrado”, pero luego creí que no debía malgastar mi tiempo en sospechas infundadas y concluí que lo mejor sería “no buscarle la quinta pata al gato” (no el que está encerrado, otro gato) ni intentar encontrarle “el pelo al huevo” (no de gato, de gallina). Después de todo, “a caballo regalado no se le miran los dientes”.

    Esto demuestra que, al menos en mi caso, el lenguaje no sólo se empobrece cuando adquiere un brutal rango de síntesis sino también cuando se puebla de frases hechas o lugares comunes. Esa recurrencia a muletillas, aun cuando pueden conservar un saber implícito en su formulación, son producto de la pereza y la holgazanería en el acto de elaborar en palabras las ideas y conceptos que queremos expresar.
    No estoy haciendo alusiones personales. Lo aclaro “por si las moscas”. Además “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. En todo caso, si lo menciono es por dos razones: una es que hay que decir las cosas como son y la otra es que debemos estar prevenidos ante la posibilidad de caer en frases hechas; o sea… “al pan pan, al vino vino” y “hombre prevenido vale por dos”.
    Es cierto que algunos músicos, para sentirse confortables, eluden las complicaciones innecesarias y recurren a la seguridad que ofrecen los lugares comunes, los caminos ya transitados, las metas probadas; pero también existen artistas que afrontan el desafío de buscar su propia voz.
    Roy Hargrove es un típico ejemplo de… uno de esos dos casos.

    La carrera de este trompetista nacido en Texas en 1969 ha oscilado entre el mainstream y la fusión de jazz con géneros musicales de explícita modernidad. Así es como en su producción discográfica podemos encontrarlo abrazado a la más rancia tradición del jazz (como en sus álbumes con el Roy Hargrove Quintet: Of Kindred Souls, With the Tenors of Our Time, Nothing Serious y Ear Food) o liderando proyectos que combinan elementos de funk, hip-hop, jazz, soul y gospel (Hard Groove y Distractions con su banda The RH Factor). También es posible hallarlo involucrado en propuestas que abordan la tradición del jazz orquestal (Moment to Moment con Roy Hargrove with Strings y Emergence junto a la Roy Hargrove Big Band) o que se inclinan por aproximarse al latin-jazz (como en Habana junto al grupo afro-cubano Crisol). A la luz de lo mencionado queda claro que la música de Roy Hargrove ha evolucionado, sobre todo si tenemos en cuenta que la palabra evolución significa una mudanza de conducta, de propósito o de actitud y que su aplicación más usual sirve para describir un cambio de forma o un proceso continuo de transformación. Ergo, la evolución (de la música o el lenguaje) pueden tener una progresión ascendente o sólo ser una mutación que no implique avance alguno.

    Espero que se haya entendido lo que trato de decir. Es más… de ser así, le agradecería que me lo explique. Mientras eso sucede (o no sucede) le comento que ya está en escena el Roy Hargrove Quintet, en esta oportunidad integrado por su líder en trompeta y fiscorno, Justin Robinson en saxo alto, Montez Coleman en batería, Jonathan Batiste en piano y Ameen Saleem en contrabajo.
    El concierto arranca con una tibia versión del clásico de John Hicks Naima’s Love Song.
    La relectura del quinteto se afinca con elegante clasicismo en los pliegues del jazz arcaico, sin atisbos de innovación ni excesos formales. La base que integran el baterista Montez Coleman y el contrabajo de Ameen Saleem ofrece una impersonal solidez sobre la que interactúan los solistas. El saxo alto de Justin Robinson elude complicaciones con fina discreción, evidenciado autoridad instrumental pero cierta escasez de compromiso y una repetitiva tendencia al cliché. En tanto que Roy Hargrove exhibe un importante dominio escénico que se manifiesta mucho más claramente en las arengas a sus compañeros que en la contribución musical. Si bien es cierto que exhibe versatilidad e innegable capacidad técnica, permite que en su alegato se filtren excesivas referencias a íconos de la trompeta como Freddie Hubbard y Clifford Brown. El joven pianista Jonathan Batiste corre mejor suerte o, al menos, se permite disfrutar con una intervención en la que logra articular un discurso principal de arrebatada modernidad sin desequilibrar en ningún momento el entretejido armónico propuesto por el quinteto.

    A continuación ofrecen una relajada interpretación de la balada romántica Speak Low extraída del álbum Ear Food de 2008. Una exposición signada por la sobriedad, un sofisticado acercamiento a la tradición, un paso firme en dirección a la simplicidad melódica, un… un aburrimiento mayúsculo.
    No la estoy pasando bien, aunque debo reconocer que el show me inspira un sinnúmero de frases hechas, proverbios, refranes, máximas, adagios, sentencias, apotegmas y aforismos que omitiré mencionar por una sencilla razón: No soy rencoroso (léase “a lo pasado, pisado”).
    Para no apartarnos del tema central digamos que… los refranes son sentencias breves, habitualmente anónimas, que poseen una particular retórica en la que se entremezclan el ritmo, el paralelismo, la antítesis, la elipsis y los juegos de palabras. En cambio el proverbio es un tipo de paremia o enunciado sentencioso cuya intención es transmitir algún conocimiento tradicional basado en la experiencia. Ejemplos: “al mal tiempo buena cara” es un refrán y “árbol que nace torcido, sus ramas jamás se enderezan” es un proverbio. Y hablando de malos tiempos y cosas que no se enderezan…

    La presentación del Roy Hargrove Quintet continúa con una entumecida versión de Starmaker, también del álbum Ear Food, cuyos detalles silenciaré por piedad.
    La situación mejora ostensiblemente con el vibrante groove de Mr. Clean, que incluye notables aportes de los vientos y un contundente despliegue de la sección rítmica.
    El cierre será con una atrapante adaptación instrumental de un clásico de la música soul: Bring it on Home to Me, de Sam Cook. No hay tiempo para más.
    Roy Hargrove es un trompetista sobresaliente que, a lo largo de su extensa trayectoria, nos ha ofrecido muy buenos momentos. Éste no fue uno de ellos. Ojalá se dé cuenta pronto que no siempre resulta suficiente aquello de: cría fama y échate a dormir.

    Sergio Piccirilli

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