• Wayne Horvitz and Sweeter than the Day: En la punta de la lengua

    Hammer Museum – Westwood, California, USA
    Jueves 13 de Agosto de 2009 – 20:00 hs.

    Como parte de una breve gira por la Costa Oeste estadounidense, llegó al afamado Hammer Museum, de la ciudad de Westwood, Wayne Horvitz and Sweeter than the Day, grupo conformado por el guitarrista Timothy Young, Erik Eagle en batería, el contrabajista Keith Lowe y su líder, el pianista y compositor Wayne Horvitz.
    Durante los tramos finales del siglo pasado, la médula creativa de la obra de Wayne Horvitz estaba representada por el ensamble colectivo denominado Zony Mash. En las postrimerías de los noventa ese proyecto (por aquel entonces integrado por Horvitz, Young, Lowe y Andy Roth) adoptaría un formato acústico para una serie de conciertos a llevarse a cabo en el mítico Baltic Room de la ciudad de Seattle. El resultado obtenido por ese ciclo motivó que, durante algún tiempo, la eléctrica sonoridad de Zony Mash coexistiera con una especie de reencarnación acústica de la banda, llegando incluso a manifestarse en posteriores representaciones escénicas en las cuales solían ofrecer un segmento acústico y otro eléctrico en los que alternaban un repertorio completamente diferente. Sin embargo, el formato acústico fue desplazando paulatinamente al proyecto original hasta obtener identidad propia bajo la denominación Sweeter than the Day. El ensamble hizo su debut discográfico en 2000 con el álbum American Bandstand (luego re-titulado Forever), dos años después editarían Sweeter than the Day y en 2005 el doble en vivo Live at Rendezvous. En 2008, ya con Erik Eagle en batería en lugar de Andy Roth, lanzaron A Walk in the Dark.

    En Wayne Horvitz and Sweeter than the Day se entremezclan melodías atemporales y exquisitos movimientos armónicos para crear una plástica de innegable belleza en la que conviven el jazz, la música de cámara, el blues, el clasicismo europeo, la música creativa contemporánea y el folk estadounidense.
    He tenido el privilegio de ver a esta banda en escena media docena de veces. Merced a los insondables misterios de la mente, la evocación de aquellas gratas experiencias se contrapusieron al inesperado temor de encontrarme ante una realidad diferente que destruyera esos magníficos recuerdos. Esto hizo que ganara fuerza la idea de abstenerme a concurrir al concierto y, a su vez, me condujo a profundas reflexiones.
    Cabe consignar que cuando un estado o fenómeno de la conciencia tiende a evocar a otro u otros que se parecen a él, se presenta aquello que se denomina asociación por semejanza. Los estudiosos del tema dicen que el agraciado rostro de una señorita puede recordarnos de inmediato a su hermana gemela. Eso pude comprobarlo tiempo atrás en carne propia pero con dos sutiles diferencias. La primera es que “lo bonito” que recuerdo de aquella señorita no era el rostro sino otra parte de su anatomía que (aunque no dejo de pensar en eso) omitiré señalar y lo segundo (y mucho más dramático) es que no tenía una hermana gemela sino un primo lejano.
    Claro que también existe la asociación por contraste, en donde la conciencia evoca fenómenos completamente diferentes u opuestos. Por ejemplo, si pienso en mi primera esposa lo asocio a la época en que era feliz, o sea antes o después del matrimonio. También existe un nivel de asociación por contigüidad que ocurre cuando dos o más estados formaron parte de la misma experiencia consciente o se sucedieron en forma inmediata, evocándose mutuamente. En este momento viene a mi mente el recuerdo de un fin de semana que pasé con unas trillizas noruegas que me dejaron kongeriket norge nynorsk aonagasriik para toda la vida. Es un recuerdo muy caro a mis sentimientos, por varias razones. Una de ellas es que fue muy caro.

    No obstante, esas asociaciones suelen sufrir lo que los psicólogos identifican como anomalías del reconocimiento. La más común es el Déjà vu, que es cuando se experimenta la sensación de que lo que se está viviendo ya se había vivido antes, sin que eso sea cierto. Aunque este fenómeno suele confundirse frecuentemente con el Déjà vécu cuya sensación incluye una gran cantidad de detalles, percibiéndose que todo es exactamente como antes. También existen el Jamais vu en el cual, pese haber vivido una situación similar, no se experimenta ninguna familiaridad, el Déjà sentí que alude a algo ya sentido pero sin contener aspectos precognitivos y el Déjà visité que se traduce como “ya visitado” e implica el conocimiento cabal de un lugar nuevo o desconocido. Por último está el L'esprit de l'escalier, expresión francesa que describe la sensación que tenemos cuando una acción o respuesta ante un hecho conocido nos viene a la cabeza demasiado tarde. Por ejemplo: si al cruzar la calle viene un camión con acoplado y la acción de apurar el paso llega algo tarde, se produce un L'esprit de l'escalier. En cambio si se produce “demasiado” tarde, es probable que el camión más que provocarle un Déjà vu o un Déjà vécu lo deja aplastu.
    La detallada evaluación de estos aspectos me llevó a la conclusión que lo más sano sería no asistir a la presentación de Sweeter than the Day. No obstante, una voz en mi interior (y no soy ventrílocuo) me decía “hacé lo que quieras”; pero como no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, hice lo que no quería y fui.

    El concierto abre con una impagable versión de Waltz From the Oven del álbum de 2002 Sweeter than the Day. Un equilibrado y proporcionado preludio en piano demora deliberadamente el acceso a la línea melódica; pero al ingresar el resto de los instrumentos se genera una dirección cromática ascendente, de gran peso emocional en su contenido dinámico, en la que confluyen la sofisticación armónica, la frescura interpretativa y el hipnótico lirismo de la composición. Su cadencia genera la sensación auditiva de estar frente a una danza asimétrica, casi como si un vals de Strauss fuese tamizado por la transgresora formalidad tonal de Erik Satie.
    La versión de Prepaid Funeral de American Bandstand de 2000, sorprende por su amplia variedad de texturas y algunas licencias formales que incluyen una falsa re-exposición del tema durante los espacios adjudicados a la improvisación.
    El tempo moderato y los extensos y sonoros acordes de la introspectiva Ben’s Music nos sumergen en un clima de ensueño en el que se interrelacionan la tradición clásica europea y la vitalidad de las expresiones regionales y étnicas estadounidenses. Adoptando una infrecuente forma de sonata monotemática en la que sutiles contrastes, plenos de lirismo, le otorgan cierta asimetría compensada a la pieza.
    En Disingenuous Firefight, que también proviene del álbum American Bandstand, hallamos una estructura con aires de marcha realzada por la singular precisión del tándem que integran Eagle y Lowe, la descollante imaginación sonora de la guitarra de Young y un descomunal solo de Horvitz que incluye un sorprendente glisando en notas dobles y demostraciones de bravura que su extenso vocabulario pianístico no suele visitar con frecuencia, alternadas con sutiles referencias a Monk y Bud Powell.

    Ironbound recorre una senda más abstracta con amplios espacios adjudicados a la improvisación y con notables intercambios de motivos que, en todo momento, parecen acomodar la armonía de tal forma que no estorbe el movimiento de la línea melódica. En el delicado y sutil Love, Love, Love se entrevén influencias asimiladas por Horvitz del impresionismo de Debussy y Ravel y en su solo demuestra, una vez más, que no es un pianista arrogante ni impetuoso y que puede relegar el ejercicio técnico en pos de la búsqueda del color, la dinámica y la intensidad adecuada.
    A decir verdad, si esto en lugar de un comentario fuese un confesionario, diría que éste es uno de los mejores conciertos que vi este año, pero ni usted es sacerdote ni yo he pecado… Bueno, al menos usted no es sacerdote, ¿o sí? “¡Uy! Discúlpeme Padre… pensé que en lugar de cuello romano y sotana tenía puesto una polera y un piloto.”
    Luego seguirán dos temas de A Walk in the Dark: Inference (con versiones anteriores en vivo, una de Zony Mash en Farewell Show y otra de Sweeter than the Day en Live at Rendezvous) y A Moment for Andrew. En la primera de las entregas conectando ideas con expresividad a partir de un material bastante común, siendo el resultado final de gran contraste y eficacia. En el segundo de los casos tributando homenaje al inolvidable Andrew Hill a través de una melodía de laberíntico diseño con una inusual progresión de acordes y un concepto armónico de avanzada.
    En escena la banda luce cómoda y relajada. Un hecho fortuito ratificará esa sensación al quebrarse el puente del contrabajo. Un sonriente Lowe pide que le acerquen un cuchillo pero, ante la falta de respuesta, Horvitz toma el micrófono y de manera sarcástica dice: “¿Alguien tiene un revólver?”. Entre risas, aparece el cuchillo (no así el revólver) y Lowe, en su rol de improvisado luthier, logra solucionar el problema.
    Luego de una irreconocible relectura de Forever, el concierto llega a su fin con una lúdica interpretación de Capricious Midnight. Merecidísima ovación.

    Regresan para ofrecer dos bises: el delicado In One Time and Another y la swingeante energía de LTMBBQ que incluye una inesperada coda en ritmo de ragtime. Final.
    Sweeter than the Day significa “más dulce que el día”. Lo dulce es aceptado como uno de los sabores más placenteros. El mecanismo exacto por el que se detecta lo dulce todavía es motivo de investigación científica, pero todos coinciden que se percibe en la punta de la lengua. Curiosamente, una de las categorías de asociación de los recuerdos, el Presque vu (“casi visto"), hace que recordemos algo sin llegar a hacerlo, experimentando el sentimiento de tener el recuerdo en la punta de lengua.
    No sabemos cuánto tiempo permanecerá en nuestra memoria el concierto de Sweeter than the Day; pero estamos seguros que, a la hora de citar experiencias y recuerdos placenteros siempre lo tendremos, justamente, en la punta de la lengua.

    Sergio Piccirilli

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