• John Zorn: Filmworks XIX – The Rain Horse

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    Músicos:
    Erik Friedlander: cello
    Rob Burger: piano
    Greg Cohen: contrabajo

    Tzadik, 2008

    Calificación: Dame dos

    ¿A quién no le han preguntado alguna vez, de niño, en la Argentina “de qué color es el caballo blanco de San Martín”, eh?
    Aunque… ¿puede decirse que el blanco es un color?
    Hay quienes sostienen que el blanco resulta de la superposición de todos los colores; pero también algunos afirman que se trata de la ausencia de color.
    También se dice que es el color de la luz solar descompuesta en los colores de su espectro. Simboliza a los conservadores y a la paz, aunque en China y Rusia simboliza el luto y, en las bodas, la virginidad.
    Entonces… ¿significa esto que un “caballo blanco” es la superposición de todos los caballos? ¿O la ausencia de todos ellos?
    No me haga caso… es más fácil si nos metemos con los equinos.
    El caballito tiene su historia, que se remonta a 55 millones de años atrás. En realidad lo que existía en esa época era el Eohippus, que medía entre 20 y 40 centímetros. Como está claro, los animalitos crecieron, dejaron de tener cuatro dedos en las patas delanteras y tres en las traseras (les quedó uno solito que luego se desarrollaría hasta transformarse en un casco que, al galope, les permitía huir de los depredadores), se transformaron primero en Mesohippus, luego en Merychippus, luego en Pliohippus, para recalar en el Equus y, finalmente… el noble y querible Caballo.
    Es herbívoro, su cuerpo se divide en tres grandes zonas: tercio anterior, cuerpo, y tercio posterior; alcanza la madurez sexual a los 4 años (eso sí que es ser precoz…) y las hembras (unas verdaderas yeguas) dan a luz, generalmente, una sola cría luego de 11 meses de gestación.
    Viven aproximadamente 25 años aunque, en cuativerio, pueden alcanzar los 40 (ahora entendemos por qué tanto apuro para… bueno… ustedes entienden…). Su peso aproximado es de 650 kg., salvo los Ponys, que pesan unos gramitos menos.
    Y podríamos seguir dando cátedra al respecto… pura y exclusivamente para que no ande por ahí diciendo que uno es un caballo.
    Dato importante: la caballa es otra cosa.

    Usted se preguntará a cuento de qué nos metimos con el color blanco (aunque… ¿es un color? disculpe…) y los caballitos.
    Es una muy buena pregunta.
    Y a toda buena pregunta… respondemos como podemos.
    Y agradezca que no nos metemos con la lluvia por una sencilla razón: ya lo hemos hecho en otra oportunidad y no es cuestión de ser redundantes de toda redundancia, valga la ídem.
    Sinteticemos: la lluvia es una precipitación de agua en forma de gotas.
    ¿Todavía se sigue preguntando lo anterior? ¡Lo felicito por la persistencia!
    Le pido que por el momento se olvide de los caballos, de los colores y de la lluvia.
    Hablemos de otra cosa.
    Porque temas hay a montones pero usted se pone tan insistente…

    Dimitri Geller es un cineasta ruso que, creemos, nada tiene que ver con Uri Geller, aquel fulano que arreglaba relojes y doblaba cucharas con el poder de su mente. No… con la suya de usted no… con la suya de él. Pero estábamos con Dimitri, reconocido internacionalmente por realizar (dicen) magníficos cortos, entre los que podemos mencionar Craft, A little night Symphony, Privet is Kislodovska y Declaration of Love. Ha ganado varios premios internacionales y su flamante film se denomina The Rain Horse.
    ¿Vio que con paciencia íbamos a llegar?

    Resulta que el bueno de Geller (Dimitri, a Uri dejémoslo con sus chucherías) se le acercó a un tal John Zorn con la intención de que le permitiera utilizar algunas composiciones de su Book of Angels para una película de animación. Zorn le solicitó ver algunos de sus trabajos entre los que figuraba The Rain Horse, que cuenta la historia de un caballo viejo, moribundo, que al caer por una barranca se lleva puesto el tronco de un árbol, que resultaría ser “El Árbol de la Vida”, produciéndose entonces en el equino una suerte de afortunado renacimiento fantástico que… ¿algo que ver con “La última tentación de Cristo”?
    Pero no nos desviemos (más). La cuestión es que don Zorn quedó sumamente impresionado con los trabajos de Dimitri Geller y se puso a laburar. En un principio intentó convocar al violinista Mark Feldman y a la pianista Sylvie Courvoisier, pero andaban de gira y no pudo ser. Luego de pensar varias alternativas (como convocar al flautista Steve Gorn y al baterista Kenny Wollesen para que tocara vibráfono), la instrumentación recaló en el cellista Erik Friedlander, el contrabajista Greg Cohen y el acordeonista Rob Burger… que aquí toca piano.

    The Rain Song pasó a ser el volumen número 19 de la serie Filmworks, iniciada en 1992.
    Consta de 11 composiciones de John Zorn que aquí además arregló, condujo, produjo y no tocó. La duración del álbum es de poco más de 40 minutos. Música de cámara.
    Tears of Morning comienza con toda la sutileza de que son capaces Greg Cohen y Erik Friedlander. La base, a cargo del contrabajista; la melodía, propiedad de Friedlander; Burger juega con las cuerdas del piano hasta que el cellista toma el arco y, paradójicamente, es gol. El aire klezmer es indisimulable. Estas lágrimas matinales despiertan alguna congoja pero también destilan belleza, pureza y la sorpresa de un Burger que no parece ser un acordeonista que muy circunstancialmente se acerca al piano. Hacia el final, los tres tocan “quedito”, cada uno con sus cuerdas.
    El espíritu marchoso de The Stallion vuelve a traer al inmaculado Friedlander con su arco. Burger juega con los graves mientras Cohen, con el contrabajo, destila una base minimalista. Más que una cabalgata parece un trotecito al aire libre, a ritmo sostenido con los tres encarando hacia un sutil “grand finale”.
    Tree of Life. Aquí el camino lo marca Burger. Cohen sigue firme en la cueva y el encargado de los colores es nuevamente Friedlander, a decir de Zorn “uno de los músicos más líricos que existen”. Y, como de costumbre, tiene razón.
    Estoy comenzando a pensar que comentar tema por tema puede resultar ocioso. Así como en el fútbol existe la “reiteración de faltas”, aquí coremos el riesgo de la “reiteración de elogios”.

    Wedding of Wild Horses es, sin dudas, la celebración de una boda judía, festiva, enérgica, con un Burger que no para de sorprender por su aplomo y un Friedlander… sublime. Y aquí Cohen, además, ejecuta una base sobre la que, probablemente, podríamos tocar usted o yo. Aunque mejor… toque usted…
    La pieza más larga del CD es Forest in the Mist; el inicio es un dueto a cargo de Burger y Cohen que, por supuesto (y como todo el álbum) recuerda pasajes del Masada Songbook. Pero Zorn, que generalmente tiene una predilección hacia lo incómodo, lo molesto, lo urticante, en The Rain Horse ha apostado al relax, la calma, la poesía. Y ganó.
    Nuevamente el tronco de la composición es propiedad de Cohen con gran autoridad. Burger lidera como si supiera y las apostillas que entrega Friedlander más que apostillas son titulares. Y de primera plana.
    En Dance Exotique Burger vuelve a meterse adentro del piano para ofrendar, junto con el más que sólido Cohen, una base sobre la que Friedlander danza sin disimulo.
    La tribuna lo pedía. Así es que el comienzo de Bird in the Mist lo tiene al cellista solito y solo en la apertura dando cátedra, jugando con la melodía de Forests in the Mist. Perdón… ¿dije en la apertura? Pues no señor… que el Friedlander le da sutil y parejo hasta el final y es una delicia, créame. Un reverendo acto de justicia.

    Parable of Job brinda la sensación de que estos tres tipos han estado tocando juntos desde la cuna. Y la certeza de que Zorn es un verdadero monstruo como compositor, arreglador, director, productor y agregue usted los etcéteras que se le ocurran.
    Yo le dije que me iba a repetir… Friedlander se adueña del comienzo de Encounter. Imaginen de qué manera. Un aire semi épico asoma cuando se agregan Burger y Cohen pero hacia el final, el cello y su arco dominan ampliamente la escena.
    The Rain Horse (el tema); nuevamente el esquema de dos en el fondo y uno para crear (rol que alternadamente cumplen Friedlander y Burger ya sabemos de qué manera).
    El final, festivo y lúdico, es con End Credits. Cierre ideal para el álbum y, presumimos, para el film.

    Un film que dura unos 12 minutos y para el que John Zorn ofrendó una banda sonora de más de 40 minutos. Que probablemente no se encuentre entre lo más arriesgado de su discografía, ni lo más original, la verdad sea dicha.
    Pero The Rain Horse, banda sonora o no, es una maravilla de principio a fin.
    Uno de los trabajos más prístinos que ha ofrecido Zorn en mucho tiempo. Y como en periodismo está mal visto eso de andar adjetivando así como así y por demás, me voy a privar (lamentablemente) de decirles que el álbum es elegante, encantador, cautivante, hipnótico, subyugante, delicioso y poético.
    Uy…
    Lo que no sabemos aún es si el caballo del film de Dimitri Geller es blanco o no.
    Aunque a juzgar por lo escuchado debería ser de un blanco puro… infinito… al que la lluvia, seguramente, en lugar de mojarle, lo acaricia.

    Marcelo Morales

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