El Ojo Tuerto

Peter Gabriel: Siempre Está Volviendo

A las 22:10, con el estadio a oscuras, comienza a sonar Zaar, de Passion, la banda sonora de The Last Temptation of Christ (Scorsese). Sus aproximadamente tres minutos de duración sirvieron de excusa para que los músicos se acomodaran y que los ansiosos entren (entremos) en clima. Con muchísimo tino, la elección del primer tema “real” del concierto recayó en The Rhythm of the Heat (desde IV o Security), con un gran trabajo en los tambores de Ged Lynch. Un comienzo increíble que dio paso a la añeja On the Air de su segundo álbum, una versión correcta donde Gabriel rockeó animándose a un mini pogo detrás de sus teclados. Cuando Ged Lynch (absoluto protagonista en el inicio del concierto) se abalanzó sobre Intruder (de III), algo se removió en mi interior por razones más que obvias; pero también porque fue un tremendo momento en el cual la banda sonó ajustadísima, Gabriel cantó como si aún estuviera en 1980 y porque su presencia, imponente, provocó un silencio generalizado en la audiencia mientras silbaba por sobre el sonido de cerraduras desvencijadas.

Las primeras palabras del nacido en Chobham fueron, en castellano: “Lamento destrozar su idioma” antes de dar paso al primer… digamos… hit de la noche: Steam (de Us). Mientras la pantalla de fondo comenzó a cobrar singular importancia en el espectáculo con sus juegos lumínicos, la banda se montó sobre un ajustadísimo Tony Levin. David Rhodes, más suelto ante la presencia de otro guitarrista, también se mostró aquí en gran forma. Una gran versión coronada con la primera gran ovación de la noche, con vapor de verdad (y no como en el ’93… ¿les conté?).

Blood of Eden, también de Us, trajo el aporte de su hija Melanie Gabriel ocupando el rol que en el álbum desempeñara Sinead O’Connor y en el ’93 Celeste Carballo. Previo a ello, otro parlamento en castellano en el cual se traba y, con cara de nono pidiendo disculpas, acota en inglés: “ohhh… it’s complicated…” La versión no aportó mucho que digamos aunque mostró un interesante video arte en las pantallas y a una Melanie a la que le sobran buenas intenciones y que… mejor esperemos.
El exceso de teclados (mal elegidos, si se me permite) a cargo de Angie Pollock, jugó en contra de Games Without Frontiers (de III). Uana versión más bien regular, más “poppy”, contrastando fuertemente con el mensaje de la canción y las imágenes proyectadas.
Otro tema del mismo álbum, No Self Control sorprendió al estar más cercana a la versión de estudio (con marimbas, en este caso, a cargo de Melanie Gabriel) que a la que realizara habitualmente en vivo desde la gira de Amnesty. Los coros le quitaron un vigor que Rhodes se encargó de rescatar con su notable intervención.
Sin previo aviso, entusiasmo mayúsculo al adivinar los primeros compases de Mother of Violence (de II). Pero no la cantó Gabriel. Bueno… en realidad sí… la cantó Gabriel, pero no Peter sino Melanie. Y ahora sí me animo a decir que a la joven cantante le falta bastante más que una vuelta de tuerca para largarse sola. Con todo respeto, un desperdicio.

En ese momento me animé a pensar y a decir (alguien me habrá escuchado, supongo): “a este momento sólo lo salva San Jacinto“. Pero los santos no marcharon y en su lugar se hizo presente Darkness, que además de mostrar otro extraordinario refuerzo visual desde las pantallas, brindó un momento de inusitada potencia con ribetes casi violentos (si es de su agrado, puede sacar el “casi”). Brillante (y oscuro, si se me permite la dicotomía) momento de la banda toda con Gabriel (papá) cantando con imponente autoridad. No supuse en ese momento que había comenzado una trilogía impecable, ya que siguió (afortunada y sorprendentemente) The Tower that Ate People, del proyecto OVO, con la electrónica al servicio de la composición, con Gabriel concentrado, los músicos exprimiéndose y la audiencia que pasó de la sorpresa y la parálisis a una merecida explosión de júbilo hacia el final.
Dijimos trilogía.
San Jacinto (de IV).
Gravedad.
San Jacinto.
Insuperable.
San Jacinto.
Genial.
San Jacinto.
Magia.
San Jacinto.

Big Time (So) ratifica que los coros son un detalle a pulir, pero a pura contundencia el querido Gabriel mete miedo. La banda, un relojito, con Lynch, Rhodes y Tony Levin a la delantera.
Las buenas siguieron con Secret World (Us), con el público haciendo palmas de manera sorpresivamente acompasada, con los músicos dando volteretas sobre el escenario y los efectos lumínicos a pleno y al servicio de la propuesta.
Luego de la presentación de los músicos, no exenta de humor y chicanas (donde Levin y Rhodes fueron, previsiblemente, los más ovacionados), el retorno a su álbum debut con Solsbury Hill, en preciosa versión con la gente participando a pleno y los grandotes, en el escenario, marchando cual infantes alrededor del escenario. El público impresiona coreando la intro de Sledgehammer. Espléndido momento con las pantallas mostrando a los integrantes de la banda de manera lúdica; por supuesto que no faltó la consabida coreografía con los movimientos “cuasi a la Elvis” del casi sexagenario.
Tony Levin pasó al upright bass con arco para el último tema: Signal to Noise (de Up), con la voz pregrabada del fallecido Nusrat Fateh Ali Khan. Melanie Gabriel vuelve a no tenerlas todas consigo pero la versión es tremenda, con un clima épico bien sustentado por el trabajo en guitarras de David Rhodes y Richard Evans.

Los primeros bises fueron extraídos de So, con la previsible In Your Eyes donde también hubo pasito y la gente actuó de “coro de luxe”, a la que le siguió una potente y renovada versión de Red Rain con destacadas intervenciones (otra vez) del triángulo Lynch-Levin-Rhodes.
La segunda tanda de agregados se inició con Gabriel al piano y Levin nuevamente con el upright bass para una sentida y exquisita Father, Son (Up) acompañada por imágenes del clip en donde se ve al protagonista junto con su padre. Y no sorprendió (aunque no desencantó) que el cierre fuera con otro tema de III, Biko, dedicado al activista sudafricano asesinado en 1977. En las pantallas, su cara en primer plano rodeada por infinita cantidad de velas brindaba una imagen fortísima. Gabriel sentencia, en castellano: “Lo que suceda ahora depende de ustedes” antes de retirarse definitivamente; los músicos fueron abandonando el escenario con la excepción de Ged Lynch, quien golpeaba sus tambores con enjundia acompañado por las voces de la multitud y miles de brazos (izquierdos) en alto.

Habían pasado dos horas veinte minutos de un espectáculo fascinante.
Peter Gabriel, se ha dicho, no vino a presentar disco alguno ni recurrió a los efectos visuales de su gira anterior. Tal vez por cuestiones de costos se centró en sus canciones, las de su carrera solista. Una de las extraordinarias cosas que ha logrado el inglés, es que prácticamente nadie tuvo la ínfima ilusión de que recurriría a las viejas gemas genesianas. Se lo vio en buena forma, con una voz que (salvo en mínimos momentos) estuvo plena. Su presencia sobre el escenario es imponente y el repertorio seleccionado fue un cuidadoso recorrido por todos sus álbumes solistas.
Pero lo que no deja de sorprender es la actitud y seriedad de un artista que no se conforma solamente con arriesgar, sino que a ello le agrega un evidente compromiso social que lo ha llevado a mantener esa sana costumbre de las épocas con Genesis: dirigirse al público en su propio idioma. El del público.
Peter Gabriel tiene la necesidad imperiosa de que su mensaje se comprenda de la mejor manera posible.
Seguramente que hay cosas que ajustar, versiones que mejorar y caprichos que disimular.
Pero al lado de lo ofrecido resulta tan nimio…
Peter Gabriel volvió a Buenos Aires después de 16 años.
Y, sin quererlo, homenajeó a Aníbal Troilo.
Porque nunca se fue.
Siempre está volviendo.

Marcelo Morales

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