Sylvie Courvoisier / Mark Feldman Quartet: To Fly to Steal
Messianesque, Whispering Glades, The Good Life, Five Senses of Keen, Fire Fist and Bestial Wail, Coastlines, To Fly to Steal
Músicos:
Sylvie Courvoisier: piano
Mark Feldman: violín
Thomas Morgan: contrabajo
Gerry Hemingway: batería
Intakt Records, 2010
Calificación: Dame Dos
En cada relación la persona debe dejar espacio alrededor de sí mismo y de la otra persona. Debe haber un vacío entre dos (John Cage)
La improvisación siempre requiere un cabal entendimiento entre los músicos involucrados en ella que va mÁs allá de lo superficial, ya que el ejercicio de improvisar constituye una negociación artística y social que implica tolerancia y habilidad para adoptar decisiones dentro de un contexto colectivo.
La improvisación es un encadenamiento de acuerdos en los que el músico se obliga a intimar y colaborar con otros sin perder identidad para crear ese “espacio vacío entre dos” del que hablaba John Cage.
Concepto que no siempre está internalizado entre los músicos; de hecho, consulté sobre el particular a un par de músicos amigos (más amigos que músicos) y me dijeron que “el vacío entre dos” les encantaba sobre todo si era al horno y con papas.
Lo cierto es que el concepto enarbolado por Cage es la medula conceptual de To Fly to Steal, álbum debut del Sylvie Courvoisier / Mark Feldman Quartet.
Este ensamble colectivo expresa una nueva encarnación de la consolidada sociedad musical que integran el violinista Mark Feldman y la pianista Sylvie Courvoisier, a la que en esta ocasión se añaden el experimentado baterista e improvisador Gerry Hemingway y el joven y promisorio contrabajista Thomas Morgan (integrante del Tyshawn Sorey Trio y el Samuel Blaser Quartet, entre otros).
La música es el arte de la personificación, de la escenificación de las emociones, de la manifestación del ser. En la vida tenemos una tendencia a olvidar el espacio que hay entre las cosas, a negar el vacío latente que conecta nuestras vivencias y a creer que podemos pasar instantáneamente de un pensamiento al próximo, casi como si fuese posible la presencia de El Ser sin la coexistencia de La Nada.
La música no sólo representa de manera alegórica ese precepto debido a que resulta innegable la existencia de un vacío o una nada entre los sonidos que hace no solamente que no se obstruyan entre sí, sino que también actúa como una sutil metáfora de la convivencia y el ejercicio de la colaboración entre las personas.
El dilema básico de la colaboración ya sea en la libre improvisación, en la música en general o en la vida misma, es lograr intimar con otros sin perder identidad; mientras que la convivencia es la forma en que nos relacionamos con los demás. Sin embargo, el hecho de que exista una relación no involucra forzosamente que esa relación sea de convivencia o que acaezca colaboración, ya que así como hay personas con las que convivimos también hay personas con las que coexistimos. En definitiva, no es la coexistencia lo que define la convivencia sino la calidad implícita en esas relaciones.
Las dificultades que afronta el desarrollo colectivo o la convivencia en grupos humanos requiere de una fina indagación de procesos íntimos, cognitivos y emocionales cuya elaboración requiere del conocimiento, la identificación y la posterior liberación de los modelos arquetípicos que regulan la relación entre la tendencia natural a la colaboración y la ayuda mutua y la competitividad, odio, conflicto e intolerancia derivados de la codicia de poder y el control de los comportamientos humanos. Sopesados esos contrastes emanados de la convivencia, debemos pasar a construir los propios escenarios que propician el bienestar individual y también el de aquellos con los que coexistimos para así crear una entidad que, en su conjunto, supere a la suma de las partes. El ejercicio de la libertad en la convivencia es un bien supremo ya que nos permite ser libres, aunque algunos aseguran que somos libres para darle órdenes a los otros y le otorga a los otros la libertad de cumplir esas órdenes sin excusas. En cualquier caso, lo único que debemos cuidar es no quedar del lado de “los otros”.
Es cierto que a veces la sociedad nos provee mensajes contradictorios. Por ejemplo, tiempo atrás me anoté en un cursillo de verano sobre Desarrollo de la Libertad en las Relaciones de Convivencia pero no pude participar porque el director del curso, haciendo uso del derecho de admisión y permanencia, me prohibió el ingreso. Tras un fuerte reclamo en defensa de (¡oh, coincidencia!) “la libertad en las relaciones de convivencia” fui derivado por la fuerza a un curso sobre técnicas de ayuno. No era lo más apropiado para adquirir conocimientos sobre convivencia pero al menos el arancel del curso de ayuno incluía las comidas (que dicho sea de paso eran bastante abundantes). Esa frustrante experiencia no impidió que arribara a dos conclusiones irrebatibles: la primera es que hay que desconfiar de los cursillos de verano y la segunda es que el aprendizaje de técnicas de ayuno, engorda.
De regreso a To Fly to Steal corresponde decir que el álbum da inicio con la exquisita composición de Courvoisier titulada Messianesque. Una estructura de extrema complejidad rítmica fundada en el uso de simetrías de tiempo y un basamento melódico y armónico en modos de transposición limitada, permite exponer de manera incontrastable la técnica espléndida y cristalina del violín de Feldman, la enorme dinámica del tándem que integran la batería de Hemingway y el contrabajo de Morgan y la nítida pulsación y variedad de recursos de Courvoisier que asombra tanto por la fuerza física en las manos como por el virtuosismo de su vocabulario pianístico. En definitiva, el título de la pieza parece hacer honor a los tres criterios con los que según Olivier Messiaen se debe medir una composición musical: tener capacidad de llegar al oyente, resultar hermosa a la escucha y lucir acertada para ser interesante.
La abstracta quietud de Whispering Glades nos propone un análisis encubierto de las transformaciones contemporáneas de la idea de música, manifestado tanto en su vertiente experimental que emana de su condición inarmónica como en el cruce de disciplinas y discursos en los que se nutre su alegato estético. El cuarteto aquí, en lugar de seguir a un líder, parece responder a un llamado colectivo, mantiene un orden horizontal sin protagonismos excluyentes y consigue ofrecer una homogénea síntesis sonora dentro de un contexto de influencias y estilos heterogéneos.
En la pieza de Feldman, The Good Life, hallamos un fraseo melódico de notable transparencia tímbrica que recurre a la escala tónica completa alternado con cíclicos silencios y vagas sonoridades signadas por la indeterminación entre disonancia y consonancia. El equilibrado juego de contrastes propicia una falsa reexposición del motivo original en donde la línea melódica deja de ser la esencia para otorgar preeminencia a los acordes, logrando construir un plano sonoro en el que conviven el jazz, la libre improvisación y la música clásica contemporánea. Todo esto coronado por un efervescente solo de violín a cargo de Feldman, las ascéticas intervenciones del contrabajo de Morgan, la inagotable variedad de recursos percusivos de Hemingway y una desbordante intervención de Courvoisier plena de temperamento y colores.
La pausada construcción inicial de Five Senses of Keen antagoniza el formato sonata con destellos de improvisación orgánica más próximo a la interacción colectiva que en sentido aleatorio. Al promediar la pieza el violín de Feldman ornamenta con gusto sin caer en el puro efectismo y propulsa un atrevido clímax que, si bien se asocia al dramatismo de la música clásica, también deja amplios espacios a la improvisación. Luego toma la posta el piano de Courvoisier con una intervención vibrante e imaginativa, no exenta de ciertas brusquedades, para finalmente desvanecerse en una coda volátil y etérea que termina adjudicándole un sentido circular a la composición.
En Fire, Fist and Bestial Wail, desde de un azaroso pasaje preparatorio en el que interaccionan el violín, el contrabajo y la batería, germina un elaborado crescendo rubricado por el ingreso del piano. Luego, una intensa mutación dinámica impulsa un remate explosivo signado por una base a contratiempo y un feroz, y por momentos abrumador, dominio contrapuntístico. Coastlines es una composición temática colectiva en donde la percusión, el piano y el contrabajo crean el espacio para que se deslice con comodidad un solo de Feldman de innegable predicamento jazzístico.
El cierre se produce con la abrasiva profundidad de To Fly to Steal, tema de Courvoisier que da título al álbum. El dibujo armónico ingresa en un proceso de sofisticación estética que evidencia similitudes con las pretensiones de las artes plásticas ya que la música, al liberarse del dominio tonal, adquiere equivalencias con la liberación del cromatismo y la perspectiva en la pintura. La elaborada estructura liderada por el piano se desvanece finalmente en una delicada cadenza en violín.
La improvisación es siempre una experiencia sonora indeterminada, por lo tanto rehúye a definiciones exactas. El Sylvie Courvoisier / Mark Feldman Quartet revisa esos conceptos con la idea de establecer criterios que faciliten la convivencia entre las reglas de interacción improvisadora y el pleno ejercicio de la composición espontánea.
Y lo logran, no sólo por cualidades y virtudes sino también por trabajo y elaboración.
Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara (William Shakespeare)
Sergio Piccirilli
