• Overtone Quartet – Kurt Rosenwinkel Trio: El orden de los factores

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    Teatro Coliseo – Buenos Aires
    Sábado 22 de mayo de 2010 – 21:30 hs.

    Mnesarchus fue un mercader griego. Nacido en Tiro se dice que, en una época en la que el hambre estaba en su apogeo, se dirigió a Samos con una importante cantidad de maíz; por esto y en señal de gratitud, fue recompensado con la ciudadanía de Samos. Allí conoció a una tal Pythais. En una típica peña griega, entre vino (poco), empanadas (poquísimas) y palomitas de maíz (unas cuantas), Mnesarchus cabeceó, Pythais aceptó el convite y danzando al compás de la música de Vangelis (que por esa época ya prometía), pasaron a los reservados dejándole su lugar en la pista a un tal Zorba. No entraremos en detalles de lo que allí pudo haber ocurrido, pero sí podemos anunciar que poco tiempo después (aproximadamente nueve meses) nació un tal Pitágoras. Esto ocurrió en el año 582 (A.C.). El pequeño pasó sus primeros años en Samos pero después, gracias a la complicidad de un competente agente turístico, anduvo por Mileto, Fenicia, Egipto, Babilonia, Delos, Creta y Crotona.
    Los documentos poco fidedignos de la época aseguran que en Egipto estudió geometría y astronomía; en Babilonia, los conocimientos aritméticos y musicales de los sacerdotes (gospel, spiritual, sacra y gregoriana, básicamente). En Crotona fundó su escuela que, de tan popular, terminó convirtiéndose en una fuerza política considerable que fue hostilizada por el Partido Demócrata (no… para Obama, Carter, Roosevelt y Kennedy faltaba todavía…), por lo que debió retirarse a Metaponto (Italia) donde finalmente murió en el 507 (A.C.).
    De todas maneras los datos consignados deben tomarse con pinzas, ya que algunos sostienen que su vida transcurrió entre los años 570 y 520, otros entre el 572 y el 497 y algunos incluso sostienen que aún anda de parranda con Jim Morrison y Jimi Hendrix.

    Lo que no se pone en duda es la importancia que este contemporáneo de Buda, Lao-Tsé y Confucio (un tridente ofensivo temible) tuvo en el área de las matemáticas. A su escuela pitagórica se le debe el archiconocido Teorema de Pitágoras, aquél que reza “Padre nuestro que estás…”, ah… no… el que sostiene que “el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo, etcétera”. También se le atribuyen la creación del “número de oro” (que valía un lingote), la invención de las palabras filosofía y matemática y (abreviando en demasía) un estudio acerca del sonido en el cual Pitágoras descubrió que las cuerdas de los instrumentos musicales producían sonidos de tonos más agudos cuando se las acortaba y una estrecha relación entre la armonía musical y la armonía de los números.

    A Pitágoras también se le debe (y difícilmente a estas alturas alguien pagarále) aquello de “el orden de los factores no altera el producto”. Esto es irrebatible si hablamos de suma y multiplicación. Pero en otros ámbitos, permítame sembrar un manto de dudas (o dos). Más que nada en referencia al “orden”. Vayamos a un ejemplo banal pero que ejemplifica de manera clara y contundente. Supongamos que usted es hincha del glorioso Ferrocarril Urquiza, equipo que por primera vez salió campeón de la última categoría del fútbol argentino (la Primera “D”), que por esos vericuetos del destino participa de la CopaMilagro y juega la final contra el Barcelona en el mismísimo Camp Nou. Si usted se entera de que el partido finalizó 2 a 2, no parará de dar vueltas carnero para demostrar su algarabía. Si luego se entera de que el Barcelona vencía 2 a 0 y el “Furgón del Oeste” le empató con goles en el descuento, su ego le haría explotar el pecho a riesgo de fallecer de felicidad y orgullo. Pero si la historia, en cambio, dice que lo que ocurrió fue exactamente al revés y que fue el Barcelona el que empató con goles a los 46 y 48 del segundo tiempo (y con un penal inexistente) su depresión puede llegar a alcanzar límites insospechados.
    Reacciones disímiles ante el mismo resultado.
    Lo único que se alteró fue el “orden”.

    Por primera vez ha desembarcado en Buenos Aires el Bridgestone Music Festival, un evento que en San Pablo (Brasil) ya va por su cuarta entrega y que amenaza (bienvenida amenaza) con instalarse en Buenos Aires. Para la ocasión se anunciaban los debuts del Kurt Rosenwinkel Trio (integrado por su líder, el guitarrista Kurt Rosenwinkel, el contrabajista Eric Reeves y el baterista Ted Poor) y del Overtone Quartet (seleccionado conformado por Dave Holland en contrabajo, Chris Potter en saxos, Jason Moran en piano y teclado y Eric Harland en batería).

    A las 21:45 hs., y para sorpresa de unos cuantos (entre los que me incluyo), hace su aparición el Overtone Quartet que, por pergaminos de sus integrantes, para la cátedra pagaba dos pesos (o menos aún) como número de cierre de la doble jornada. Automáticamente recordé lo ocurrido en ocasión del Amnesty ’88, donde no fue Sting el último en presentarse sino un tal Bruce Springsteen, infinitamente menos popular que el ex The Police en esos tiempos en la Argentina e incluso con menos adeptos que otro de los participantes del magno evento: Peter Gabriel. Aquí suponemos que las causas deben haber sido bien distintas. Sospechamos que fue así por cuestiones de armado del escenario y también razones inherentes al sonido. Como fuere, nos sorprendimos igual.
    Por un momento he pensado en alterar el orden en el comentario, ajustándolo a la idea preconcebida de cómo se llevaría a cabo la velada. Pero como mi intención no es marearlo (al menos no con esto), respetaremos el devenir de lo ocurrido en la noche del sábado 22 de mayo.

    Con preámbulo (porque Dave Holland saludó a la audiencia y presentó a los músicos con su amabilidad y carisma habituales), el inicio fue con Treachery, composición up-tempo del baterista Eric Harland. Permítame comentarle que el Overtone Quartet tiene una suerte de antecesor, The Monterey Quartet, cuya principal diferencia es que el pianista entonces era el cubano Gonzalo Rubalcaba. Harland arremete con vigor y dando pie al avance del cuarteto, con Chris Potter liderando en buena forma. Pero es Jason Moran quien empieza a marcar la diferencia. Potter se llama a silencio y el pasaje en trío, comandado por fraseos no exentos de complejidad del pianista y el desenfreno de Harland, nos acercan al free jazz. Holland sonríe, seguramente recordando viejos buenos tiempos. Moran pasa al teclado y Potter aprovecha para pasar al frente, batallando contra el solo precedente. Un viraje hacia al pop comandado por Harland, que parece marcar el pulso del cuarteto, y Holland, que no tiene inconveniente alguno en mantenerse en un ubicuo y privilegiado segundo plano. Gran comienzo.
    En Walking the Walk (de Holland), el contrabajista decide que ya estuvo en la retaguardia un rato largo y nos introduce, sostenido por el teclado de Moran y la batería de Harland, en una suerte de bossa nova distorsionada, con un Chris Potter más sanguíneo que Stan Getz en sus incursiones con Jobim. Pero Holland decide que el rumbo sea otro y propicia un solo de Potter más rasposo, aunque sin abusar. Jason Moran parece entenderlo todo mientras Harland realiza un formidable paseo por los aros de sus tambores. El pianista y Holland eluden toda complejidad en beneficio del equipo, pero el rebelde Harland se aprovecha de esta meseta y lo bien que hace. Luego, vuelta al cuerpo principal del tema (del que ya me había olvidado) y final.

    Outsiders, de Chris Potter, lo lleva a Jason Moran nuevamente al piano acústico, donde descuella a partir de sus cortos fraseos con ribetes lúdicos.Harland parece tener hormigas en los tobillos y Holland mete un pizzicato tan atrayente como efectivo. Potter asume el liderazgo con un solo que no se aparta demasiado de lo que indican los libros. Técnicamente irreprochable pero poco más. Se sucede un momento en trío de gran belleza comandado por (cuándo no…) Moran, con Holland contagiándose de la sangre joven que el baterista desparrama sobre su instrumento hasta desembocar en un vigoroso cierre con un Harland tremendo.
    Blue Blocks, de Moran, se inicia con una intro en piano con reminiscencias al romanticismo alemán, pero a lo Moran. Potter realiza una acertadísima lectura de situación metiéndose de lleno en una suerte de spiritual. Holland vuelve a demostrar que está intacto pero es nuevamente Moran quien, merced a un exquisito uso de los silencios, transforma todo en un verdadero ritual. Una composición sencilla abordada con sapiencia por el cuarteto.

    Cuando Dave Holland realiza la intro (solo) de Maiden (otra composición de Eric Harland que, al igual que Treachery datan de la época de The Monterey Quartet), dan ganas de que nadie se meta y de que el momento se perpetúe. Eric Harland en escobillas y Jason Moran en teclado también entienden el juego; el trío se adentra en un ascetismo musical que parece litúrgico. La irrupción de Chris Potter pareció estar de más pero rápidamente todo vuelve a encajar, al punto de realizar (el saxofonista) una de sus mejores intervenciones de la noche. Magnífico in crescendo y notable (si se me permite) in descendendo.
    Step to it, de Dave Holland, lo tiene a Harland jugueteando con los aros de los tambores y un cencerro y a Chris Potter (por primera vez) en saxo soprano. El tímido fraseo de Moran y otro formidable pizzicato de Holland dan paso ahora a un controlado desenfreno que lo tiene a Harland sobre los tambores y a Potter nuevamente en saxo tenor. El contrabajista quiere pasear por Brasil pero Moran se decide por un espíritu más cercano al jazz latino. Eric Harland no tiene problemas: va a todos lados y, si te descuidás, te hace de guía turístico. El notable solo del pianista tiene correlato en Potter. Otro tanto sucede con Dave Holland, haciéndose el pibe y jugando codo a codo con Eric Harland que, lo ratificamos, nunca te deja de a pie. Su pirotécnico solo fue avasallante, sostenido minimalísticamente por Holland y Moran. Más que un terremoto o un maremoto, lo del baterista pareció un Coliseomoto que, afortunadamente, no provocó daños físicos ni materiales.

    El bis correspondió a Gummy Moon, de Jason Moran. Una buena composición, ágil, dinámica, ideal para una cabalgata al aire libre (¿dónde si no?), no exenta de complejidades armónicas comandadas por el pianista desde un casi festivo segundo plano. El viraje poppy con Potter en gran forma y sin temor a lo escabroso, marca el final de un concierto que en lo personal, me ha sorprendido para bien. El Overtone Quartet (sin líderes musicales pero con Holland como puntal espiritual) tiene mucho para dar. Con un Potter que a veces no entra en sintonía y con dos músicos impecables como Jason Moran y, fundamentalmente, Eric Harland, quien pareció estar en “una de esas noches”.

    Cuando a las 23:20 hs. (apenas diez minutos después del final de la presentación del Overtone Quartet) comenzó la actuación del Kurt Rosenwinkel Trio, otro recuerdo vino a mi memoria. Se trató también de una doble jornada, cuya apertura fue una demoledora actuación de Robben Ford & the Blue Line, seguida por la del Lyle Mays Trio. Fue muy difícil bajar tan abruptamente el nivel de adrenalina con el que la audiencia había quedado luego de la performance del guitarrista y muchos (pero muchos) fueron abandonando la sala. Nunca comprendí por qué el orden de las presentaciones no había sido el inverso. Y, lamentablemente, en esta ocasión ocurrió algo similar. Porque la depuradísima técnica del guitarrista Kurt Rosenwinkel no incluye, al menos en la propuesta ofrecida en el Teatro Coliseo, el vigor, la contundencia y cierta pirotecnia que sí ha podido apreciarse en actuaciones (también en trío) de colegas como John Scofield o Mike Stern. La diferencia de humores contrastantes quedó expuesta de manera insoslayable desde el inicio mismo con Back Up, composición del organista  Larry Young. La perfecta digitación de Rosenwinkel estuvo acompañada por el oficio del contrabajista Eric Reeves y las habilidades (muchas) y recursos (ídem) del baterista Ted Poor. Con un repertorio de clásicos y standards, el guitarrista interpretó seis temas (incluido el bis) en su casi hora y media de actuación. Esto hace un promedio de quince minutos per cápita. Lo que resultó un poco mucho (marche un curso de “síntesis” a la izquierda), habida cuenta de una fórmula monocorde a la hora de encarar cada una de las composiciones; lo que hizo que el concierto tuviera peligrosas similitudes a lo que podríamos denominar una “jam session” y de escaso contenido emocional.

    No obstante hubo momentos de interés, como la introducción (solito y solo) en Reflections, de Thelonious Monk y una incendiaria relectura de Invitation, a caballo de un extraordinario aporte del baterista Ted Poor. Pero muy poco más. La diferencia con lo que se había escuchado en el mismo recinto fue abismal y el éxodo del público fue tímido al comienzo; pero en el momento del bis la sala estaba cubierta apenas en un 50%.
    No se duda aquí de las bondades de un músico del que los entendidos y varios de sus colegas como John Scofield y Pat Metheny se encargan en destacar como la “verdadera nueva voz de la guitarra”. En el Teatro Coliseo dio indicios, pero no argumentos contundentes como para estar a la altura de lo antedicho.

    En síntesis, una muy buena noche que pudo tener otro sabor si aquel orden del que hablábamos hubiera sido distinto. Por supuesto que se trata de una apreciación personal, pero apuesto todos mis bienes (bueno… en caso de que los tuviere) contra un triple de jamón y queso a que nadie se hubiera retirado del teatro durante la actuación del Overtone Quartet. No al menos por cuestiones musicales.

    Marcelo Morales

    Nota: Las imágenes de Dave Holland, Kurt Rosenwinkel y Kurt Rosenwinkel Trio, gentileza de Mario Albarracín

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