Lito Vitale E Invitados: Invadiendo La Isla
A las 21:55 sube Lito Vitale con su grupo e invita a Juan Carlos Baglietto para una primera parte que duraría unos 45 minutos. Vitale y Baglietto se conocen de hace rato y su labor conjunta ha quedado reflejada en varios discos, en especial el álbum en vivo “No olvides”.
Por eso, no necesitaban ni mirarse. Comenzaron con Parao, de Ruben Blades; siguió Príncipe del manicomio, de Abonizio, con un tremendo in crescendo. Eclipse de mar, de Sabina, jamás conoció mejor versión que la que realizara el Juanca. Y aquí lo confirmó. Y se venían emociones fuertes: usted imagine… argentino, en La Habana, rodeado de gente de todas las nacionalidades todas y compartiendo (en inmaculadas interpretaciones) temazos como Dios y el Diablo en el taller, La vida es una moneda (escuchar en Cuba eso de “ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes” daba escalofrío, créame) o El témpano (con la presencia en carácter de cantantes de Ruben Goldín, Jorge Fandermole y Adrián Abonizio), afloja a cualquier argento.
El final de este segmento fue con una correcta No olvides que una vez tú fuiste sol, de Augusto Blanca. Un Vitale correctísimo hasta en los coros y un Baglietto que, a los 50 años, parece estar en algo más que su mejor momento.
Y ahora sí, el plato fuerte de la velada.
A las 22:20 y sin intervalo ni nada que se le parezca, Vitale –sobrio y medido también con sus instrumentos- invita al escenario al guitarrista Héctor Starc, quien además de hacer un gran solo, canta con devoción Rutas argentinas, del Spinetta sesentista.
Debo reconocer que una emoción muy particular me iba ganando poco a poco y con momentos de altísimo impacto emocional. El público se repartía entre los que escuchaban atentamente, los que cantaban (casi) todas las canciones, los que charlaban entre ellos y los preparados de mojito, para lo cual iban munidos con la correspondiente botella de ron, el jugo de limón… y hasta los vasos.
Fueron 20 temas, siempre apoyados por Lito Vitale y su grupo más algún aporte adicional de los cantantes y, en algunos casos, un coro de ángeles (al que se escuchó poco) integrado por Claudia Puyó, Hilda Lizarazu y Liliana Vitale.
A Starc lo siguió un hiperkinético y genial Palo Pandolfo que despertó infinidad de bocas en forma de “o” ante lo sanguíneo de su intervención, tanto en Sudamérica o el regreso de la aurora (Arco Iris) como en (fundamentalmente) la versión rocker del Pronta entrega de Virus.
Se retiró ovacionado por propios y extraños. Lo sucedió Liliana Vitale que estuvo realmente bien tanto en A estos hombres tristes (de Spinetta, era Almendra) como en Los libros de la buena memoria (Spinetta, era Invisible). Otro que la gastó pero en
forma sublime fue el “Negro” Horacio Fontova con sus cálidas y potentes rendiciones de Agua, de Los Piojos y Un pacto, de Bersuit Vergarabat. Pero el querido “Negro” tuvo su propio bonus con Jorge W, feroz y ácida crítica al presidente del GPdN (Gran País del Norte… ¿hasta cuándo?): “Jorge W, no sé si te dijo Dios, lo que te espera… es peor que vos”. Y aullaban lo’ negro’…
Temí cuando Hilda Lizarazu tomó la posta candente que dejó Fontova. Pero con mucho aplomo, ciertos toques delirantes y gran presencia escénica, se despachó con El loco, de Babasónicos y una gran versión de Tres agujas, de Fito Páez.
Ulises Butrón fue el encargado, con Entero o a pedazos, e Catupecu Machu, de provocar el primer pogo de la noche entre los argentinos (muchos) que había en la Plaza. Los cubanos y jóvenes de otros países observaban atentamente este particular medio argentino de expresarse en un concierto de rock.
Pedro Aznar, a dúo con Vitale, interpretó una lavada (y muy extensa para mi gusto y el de muchos de los asistentes) Catalina Bahía, de Pedro y Pablo. Pero inmediatamente se hizo cargo de uno de los momentos cumbres de la noche al cantar en forma enérgica y creíble una versión furiosa de Pensar en Nada de León Gieco.
A continuación, un David Lebón enterísimo dio catedra vocal y guitarrística en Avellaneda Blues, de Manal y El Viejo, de Pappo. Dos solos de gran factura provocaron que se retirara justamente ovacionado.
Seguíamos de emoción en emoción (sepan disculpar, uno es un flojo… a veces). La pulposa y carismática Claudia Puyó se hizo cargo de Himno de mi corazón (Los Abuelos de la nada) y, nuevamente con Aznar sobre el escenario, regalaron una muy sentida Noche de perros, temazo de Seru Giran.
¿Y Baglietto? Ahí está el Juan para una increíble Ji Ji Ji (Patricio Rey y sus redonditos de ricota). Segundo pogo a cargo de los compatriotas. Pero los jóvenes de otros países tomaron mal los apuntes y ofrecieron su particular versión en el caribe: se cagaron a trompadas y patadas voladoras al mejor estilo Peucelle y el Caballero Rojo. Y todos con una sonrisa tamaño extra large mientras volaban los mamporros sin control y, afortunadamente, sin demasiada dirección; esto, con la excepción de un noruego, sueco o algo así, cuya cara se comió toda mano que andaba perdida por los aires. El final de Ji Ji Ji coincidió con el Knock Out del muchachito de marras.
Bises: Lebón trajo de nuevo a Spinetta, esta vez de la era Pescado rabioso, para Despiértate Nena. En ese momento, todos los músicos estaban sobre el escenario y La Habana era una fiesta (al menos en la Plaza y por un momento). Y de yapa, con Aznar al bajo… Seminare, del disco debut de Seru Giran.
Yo ya estaba hecho. Habían pasado 19 temas, la mayoría de ellos muy ligados a vivencias propias o cercanamente ajenas, en casi dos horas. Pero la gente pidió más. Y hubo una más.
Con todos nuevamente sobre el escenario y Baglietto asumiendo el rol de “el cantante”, arremetieron con una tremenda ¿Qué Ves?, de Divididos, con la que todos echamos el resto.
Fue realmente una gran noche, con bastante público (el concierto fue libre y gratuito), con la emoción a flor de piel y con la rareza de sentirse local en La Habana.
Pero aún está Fidel.
Vigésimo tema del concierto: “¿Qué ves cuando me ves, cuando la mentira es la verdad?”
¿Se preguntará esto, algún día y en serio, el adorable pueblo cubano?
Marcelo Morales
