• Tori Amos: American Doll Posse

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    Yo George, Big Wheel, Bouncing Off Clouds, Teenage Hustling, Digital Ghost, You Can Bring Your Dog, Mr. Bad Man, Fat Slut, Girl Disappearing, Secret Spell, Devils and Gods, Body and Soul, Father's Son, Programmable Soda, Code Red, Roosterspur Bridge, Beauty of Speed, Almost Rosey, Velvet Revolution, Dark Side of the Sun, Posse Bonus, Smokey Joe, Dragon

    Músicos:
    Tori Amos: piano, teclados, voz
    Matt Chamberlain: batería
    Jon Evans: bajo
    Marc Aladdin: guitarras, mandolina, ukelele.
    Nick Hitchens: tuba, euphonium
    Sección de cuerdas

    Sony/BMG, 2007

    Calificación: Está bien sinuoso, dame dos


    Myra Ellen Amos
    nació en Carolina del Norte el 22 de agosto de 1963. Es hija de un pastor metodista y una mujer cherokee. A los 5 años era la alumna más joven en toda la historia del Peabody Conservatory of Baltimore… pero a los 11 la expulsaron.
    Por insubordinación musical.
    En la adolescencia comenzó a tocar el piano y a cantar en bares. A los 21 se mudó a Los Angeles con la intención de iniciar una suerte de carrera musical.
    No las tuvo todas consigo.
    No se animó a dar una prueba como tecladista de Billy Idol. Filmó un absurdo comercial de cereales que, en su momento, la enorgulleció desmedidamente. Quiso hacer de extra de Raquel Welch en otra publicidad pero la misma diosa le ordenó que “por favor” bajara el tono. Fue a un casting para Howard the Duck y el director de marras la despreció sin más ni más. Cuando todavía no había grabado su primer álbum como solista, luego de una de las tantas actuaciones en algún bar, un fan se ofreció a alcanzarla. En el camino, la violó. La historia de esta violación quedó reflejada de manera desgarradora, y para siempre, en Me and a Gun, tema a capella incluido en su primer CD Little Earthquakes.

    Luego de cada concierto sufre terribles dolores en su mandíbula por causa de un defecto óseo. No es tan grave, a los 15 años estaba convencida de que se trataba de un tumor cerebral.
    Se casó, quedó embarazada. Pero sufrió un aborto espontáneo. Nuevamente la pluma para reflejar el momento, en Playboy Mommy (From the Choirgirl Hotel): “¿Yo no era lo suficientemente buena como para ser tu mamá? ¿No me querías? Entonces no vengas. Buscate una cristianita de derecha para que sea tu madre”.

    Conformó una banda, Y Kant Tori Read (deformación de “Why can’t Tori read?”, o sea: ¿Por qué Tori no sabe leer?), con la que editó un álbum en 1988 por el sello Atlantic. Con un estilo absolutamente diferente a lo que sería su carrera como solista, el disco fue decididamente malo. La banda se evaporó y con ella los deseos de la Amos de transformarse en una rock star. Según sus propias palabras: “de niña prodigio a broma musical… en 20 años; ¿cómo conciliás ambas cosas?” La revista Billboard se refirió a ella como una “gatita” (no es desubicado si tenemos en cuenta sus poses en el videoclip de “The Big Picture”), Tori Amos (que parece que sabía leer) se deprimió y se encerró durante diez días.
    Pero es tozuda la niña, che.

    Compuso un puñado de canciones al piano y se dijo que no iban a aplastarla así nomás. Volvió loco al responsable de la Warner para que le diera una nueva oportunidad. Fue rechazada varias veces. Pero la Amos tiene su propio genio. Y parece que cuando algo se le mete en la cabeza…
    Y así fue que logró grabar el extraordinario Little Earthquakes en 1992.
    Hoy es lo que es.
    Y además pudo ser madre en el 2000. Desconocemos si sus dolores óseos amainaron.
    Con Tori Amos nada es lo que parece en primera instancia.
    Hablo con conocimiento de causa. He debido rectificarme más de una vez.
    En este tipo de casos, no me importa perder.
    Por eso, ante cada nuevo álbum de la “nena”, me tomo mi tiempo. Y mis recaudos.
    Aún antes de la edición de American Doll Posse recibí una copia, sin información, ni letras, ni nada. No me gustó. Pero como trato de cometer errores que, al menos, sean nuevos, esperé a que el álbum se editara en la Argentina.
    Y ahora sí, puedo equivocarme… pero con la conciencia tranquila.

    Vamos con algunas cuestiones puntuales. Hay un concepto. Una idea. No se trata de 23 canciones elegidas al azar. Como ya es habitual en Amos, hay un hilo conductor. O al menos, una forma de presentar el álbum que no resulta novedoso, pues ya lo ha hecho antes. Y de manera clara e intensificada desde su álbum de covers Strange Little Girls, donde cada tema (ajeno) era interpretado por una Tori Amos diferente. En Scarlet’s Walk nos planteó el viaje de la protagonista a través de los distintos estados del ¿Gran País del Norte? Y con historias que remitían a cada uno de esos estados. En The Beekeeper propuso, cual Rayuela cortazariano, una doble lectura de audición reagrupando los temas en distintos panales, por suerte sin abejas. Creo.
    Y más allá del resultado final (ninguno de los discos mencionados están en el podio), lo que a este escriba le interesa es la aparición de la idea, del proyecto artístico. Lo demás, se sabe, es (más) subjetivo.
    En American Doll Posse, la cantante y pianista vuelve a jugar. Las canciones son interpretadas por 5 quintas partes de ella misma cuyos nombres son: Pip, Isabel, Clyde, Santa y, por supuesto, Tori. Cada una tiene su personalidad, su faceta, sus características. En el booklet, ayudada por los colores, la Amos indica quién envía cada mensaje. Usted tranquilamente puede estar pensando: “dejémonos de estupideces, ya estamos grandes”. Y tal vez tenga razón, señora, señor. Pero si bien soy valiente, cuando vienen los tiros me agacho. Con esto quiero reforzar la idea de que el CD no es solamente su contenido sonoro. No si el músico ofrenda, en lugar de un divertimento, un hecho artístico. Luego se evaluará, como ya se dijo, cuán satisfactorio y feliz (o no) ha resultado el intento. Pero créame que, en definitiva, es lo de menos.

    Podríamos hacer un análisis acerca de cuántos temas y cuáles interpreta cada uno de los personajes. Sería embrollar la cosa. Tori Amos obliga a que sus discos sean analizados con mucho cuidado, tiempo y paciencia. Algo similar pasó con The Beekeeper. Si usted escucha American Doll Posse así, como viene, a la que te criaste, se encuentra con un disco determinado y pensado de esa manera. Pero si recurre a reagrupar los temas como si se tratara de 5 artistas diferentes, puedo asegurarle que el efecto auditivo será muy, pero muy diferente. Tal vez sea un juego caprichoso el propuesto o sugerido por la artista. En lo personal, creo que no lo es .
    Quiero aclarar que American Doll Posse no es uno de sus mejores trabajos. Que parece un disco al que le sobran minutos. O algunos temas. Que algunas cosas ya han sido experimentadas por Amos con mucho mejor resultado. Pero insisto en la existencia de la idea. Es que soy muy cabezón, sepan disculpar.

    Lo que sí tiene este álbum es una entrega sanguínea ausente en sus dos trabajos anteriores de estudio, los mencionados Scarlet’s Walk y The Beekeeper. Y a medida que voy escuchando el disco de principio a fin, voy entrándole más, voy comprendiéndolo más, voy receptándolo más, voy adhiriendo más. Esto trae aparejado una buena noticia para aquellos que sufren (sí, sufren) con el encanto de la artista: hay mucho porvenir y mucho por venir. Y mientras suena de fondo el álbum, sin que pueda hacer nada por evitarlo, en determinados pasajes debo dejar de escribir, encantado con determinados pasajes que, sí, justifican su edición. También hay momentos de gran intrascendencia. Les avisamos que no está a la altura de sus mejores entregas. Lo que sí es incuestionable es el espíritu de búsqueda existente. De ensayo, concreción, prueba y error. ¿Puede esperarse algo mejor de un artista?

    American Doll Posse es su noveno disco en estudio. Ha sacado además infinidad de singles conteniendo temas inexistentes en sus álbumes. Ya hay un par de libros sobre ella. Y DVD’s y hasta una caja con seis discos dobles en vivo en solo piano. Estos últimos irreprochables, increíbles… artísticos.
    American Doll Posse tiene momentos que Tori Amos bien podría revisar.
    Si quiere pegarle a Bush en la apertura con Yo George, está en todo su derecho. Si se metió con Dios en 1994 sugiriéndole que se busque una mujer… pero la crítica parece y aparece a destiempo y de manera poco sutil. Bouncing Off Clouds, Digital Ghost, Posse Bonus y Secret Spell son temas tan “Torianos” que no sorprenden y sólo se les adivinan potentes versiones en concierto. La ingenuidad de Mr. Bad Man es casi alarmante. La brevísima Fat Slut amenaza con explotar y en ese exacto momento… termina. Almost Rosey es obvia musicalmente y en su mensaje. Smokey Joe navega entre la experimentación sónica, los cruces de voces y cierta intrascendencia.
    Pero.

    Tori Amos sumó a su “jazz trio” como ella suele llamarlo, a un multiinstrumentista de las cuerdas, un tal Marc Aladdin, que hace notar su presencia y no solamente por saber ser ruidoso o económico según se requiera. He ahí un acierto de la pianista y cantante: American Doll Posse suena distinto a sus últimos trabajos, acercándose por momentos a la oscuridad nerviosa de From the Choirgirl Hotel.
    Si bien no abundan los pasajes brillantes al piano, Amos sigue confirmándose como una gran instrumentista. Y la verdad que, además, parece poder cantarlo todo. Esto, a pesar de algunos excesos en cuanto a sobregrabaciones de voces y coritos que poco agregan.
    Por momentos, su escritura parece estar compitiendo para obtener (y tiene chances de lograrlo) el “Hermetismo de platino”. Así y todo hay frases invulnerables, construcciones preciosas y juegos de palabras tan osados como atractivos.
    El aporte del bajista Jon Evans (con más presencia y solidez) y el baterista Matt Chamberlain (un crack) no admite reparos. Suenan sólidos, ubicados, respetuosos.
    Y además.
    Big Wheel es un hitazo rompe parlantes; Teenage Hustling y su intro en piano y voz preanuncian el tsunami esquizofrénico comandado por la potencia rocker de Aladdin. La nena los ha hecho ensayar, sin dudas, Y mucho. El (casi cómico) lamento del tremendo blues You Can Bring Your Dog es un gancho al hígado paralizante. Un Aladdin a puro cliché y un Chamberlain que la gasta. Las cuerdas ayudan a entristecer aún más a la triste Girl Dissapearing. Aladdin vuelve a sobresalir con su mandolina en la brevísima Devils and Gods. Programmable Soda también es breve pero más festiva, con acompañamiento de cuerdas y tuba y con cierto (mucho) aire a la genial Mr. Zebra de Boys For Pele. Otro momento escaso en tiempo pero enorme en emoción y talento es Velvet Revolution, donde Amos parece unificar a Tom Waits y Kurt Weill. Father’s Son es otro buen momento y qué decir de la potente Code Red, con un trabajo descomunal en piano y una justísima apoyatura de cuerdas. Indudable “tour de force” por venir. La letra de Roosterspur Bridge es desarmante. Seguro clásico para los Tori-maníacos. El final, con Dragon, es ideal. Tori Amos en gran forma vocal y pianística. Lo que se escucha es tan, pero tan bueno…

    Como se ve, American Doll Posse brinda infinitas aristas. De toda índole. Está claro que se trata de un disco desparejo, con temas obviables y otros imprescindibles.
    Tori Amos ha vuelto con sus cualidades y sus miserias.
    Pero también con su honestidad.
    Y esto, en el arte, no tiene precio.

    Marcelo Morales

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