Por Los Codos

Ernesto Snajer

¿Por qué se te da habitualmente por formatos poco convencionales?

(Piensa) En esa época estaba influenciado por Vitale-Baraj-González, me gustaba mucho lo que hacían. Lo que sí quería era tocar con un pianista. Y en esa época no tenía tan claro como ahora que un piano y una guitarra podían tocar sin el aporte de otro instrumento solista. En esa época sentía que hacía falta un instrumento melódico definido. Queríamos o un instrumentista de vientos, un bandoneón o un violín. Cundo lo conocimos a Quique (Condomí) nos encantó y la idea nos cerraba por todos lados. Porque el violín funcionaba bien tanto para el tango como para el folclore. Pero era lo que pensaba en esa época. Ahora, más que en los instrumentos, pienso más en “con quién”, ¿entendés?

¿Cuándo te agarra esa manía de probar instrumentos no convencionales? Porque lo raro es verte con una criolla de seis cuerdas…

Creo que la primera vez fue al verlo a Gismonti. Lo escuché con la viola de 10 y me encantó; la profundidad de los bajos, efectos de percusión… aunque lo primero que me llamó la atención fue Jaco Pastorius con el bajo fretless; y más de chico, Seru Giran con Pedro Aznar. Porque yo llegué a Pastorius por Aznar, no al revés. Recuerdo tener unos 11 años, ir a verlos en vivo y preguntarme “¿qué instrumento toca ese chabón?” Me volvía loco. Así que fue eso y luego Gismonti. Después empecé a investigar y me enteré de que Ralph Towner le había regalado a Egberto (Gismonti) una guitarra de 8 cuerdas y que se juntaban a experimentar y a buscar distintas afinaciones y me picó. Nunca me interesó lo de Stanley Jordan. Pero creo también que la afinidad que tenía con Towner y Gismonti pasaba porque me gustaba mucho lo que hacían. Algo que no me pasaba con Jordan. Y a partir de ahí, experimenté un montón. Y la que sobrevivió fue la guitarra de 10 cuerdas. Con continuidad, porque intenté de todo, pero la sobreviviente es la de 10 cuerdas, que la toco con una afinación personal.

¿Y ese tipo de afinación no te jode al tocar con otra gente?

Totalmente. Por eso cuando tengo que ir a tocar con esa guitarra me tengo que preparar bastante más que con una normal. Porque no es que le cambié una nota, le cambié toda la afinación. Le cambié todos los intervalos y… sí… me vuelvo loco… pero me encanta. Ahora la búsqueda la tengo más por el lado del midi. Guitarra de afinación standard pero con una computadora… hace unos años que estoy investigando con eso.

¿Y cómo hacías con los instrumentos? Porque acá no había…

La de diez cuerdas me la hizo por pedido (José) Yacoppi, un luthier de Madrid, un capo total. Se venía usando bastante en la música clásica. El primero parece que fue Narciso Yepes y Yacoppi ya había hecho varias. La primera me la hizo él y fue un instrumento de batalla. Con el tiempo junté una guita y me mandé a hacer una que está buenísima y es la que todavía uso.

Pero vos probaste mucho…

Y sí… me prestaban instrumentos. Hay mucha gente que probó diversos instrumentos y que después terminaron en un ropero. Entonces me pasó varias veces que me los daban para ver si a mí me servían. También hice pelota varias (risas). Guitarras de seis cuerdas a las que desarmaba con una pico de loro y cambiaba cosas. Pero no soy muy bueno para eso…

Esto quiere decir que si tu instrumento principal fuera el piano hoy estarías tocando piano preparado…

No sé… tal vez… Pienso que probablemente la búsqueda hubiera venido por el lado de los teclados. No sé si soy tanto un enamorado de los instrumentos como de los sonidos que producen. Hubo inventos muy inútiles, también.

Retomemos, ¿después de Semblanza?

Bueno… fueron años muy intensos. Lugano dejó el grupo, tocamos un tiempo con Abel Rogantini; cuando él se fue tocamos con Juan Pablo Dobal, una bestia, vive en Holanda. Y fueron años de tocar mucho. Y viajar… más que nada en el norte de Europa…

Además viviste un tiempo por allá, ¿no?

Un año en Dinamarca. Porque yo había conocido a Palle (Windfeldt) de casualidad. Nos hicimos muy amigos y él se vino a ver qué se estaba haciendo por acá. Y empezamos a tocar juntos. Él se copó y me dijo que podíamos hacer una serie de conciertos. Me propuso armar algo con Semblanza por allá para salvar el tema de los pasajes; tocamos y a la gente le gustó y yo estaba chocho… Nos entusiasmamos y acá en la Argentina era una época difícil, año ’90, el panorama era arduo. Ahora, sin ser una maravilla, es mucho mejor. Y en el ’91 me fui. Grabamos un disco, tocamos muchísimo y el resto de Semblanza se había radicado en Holanda, que me quedaba a 8 horas de tren. Hasta que me empezaron a surgir los problemas con los papeles; y además extrañaba, así que pensé que podía ver la manera de vivir acá y viajar un par de meses al año para allá. Y así fue hasta que me saturé y apareció lo de Vitale. Seguí tocando con Palle pero no con Semblanza. Y la experiencia de tocar y salir en la Argentina para mí era algo nuevo. Y con Lito conocí todo el país.

¿Y la música te gustaba?

Algunas cosas me gustaban mucho, otras no tanto, pero lo que disfrutaba muchísimo era tocar con esos músicos. Yo había tocado en grupos de rock, de jazz… pero con ellos era como hacer trash. Porque estaba Javier Malosetti, Marcelo Novatti, Lito… ¡y tocaban a un volumen! En el primer ensayo creí que se había roto algún equipo. Terminé tonto. Pensé que era algo más acústico y nada que ver. Fue un aprendizaje bárbaro…

¿Cuándo aparece Gismonti en esta historia?

La de Gismonti fue la primera música rara que escuché en mi vida cuando tenía unos 13 años. Me atrapó la sonoridad. No entendía nada. Yo tocaba con un vientista que un día me dijo “escuchá esto” y me prestó Circense… y me mató. Estaba como loco. Me acuerdo que cuando escuché el tema “Karate” quería ir a tocarlo como si fuera “Humo sobre el agua”. Y no me salía ni en pedo… (risas); me empecé a interesar, conseguí algunos discos… incluso lo vi después en concierto ya de grande y me encantó. Fue en 1996, creo, que vino en trío a tocar en el Bauen. Y yo había llevado para darle los dos discos que había hecho con Palle. A mí no me daba para andar monitoreando y le pedí a un asistente que se los diera. Para mi sorpresa, a los 4 días Gismonti me mandó un fax. Me acuerdo que empieza a aparecer la hoja y en el encabezado leo, chiquito, “Egberto Gismonti”. Me puse blanco (risas). Porque era una de suspenso… iba saliendo de a poco… y me decía que la música le había gustado mucho y que quería hacer una averiguación con el sello danés porque él estaba empezando con el suyo que iba a tener distribución de ECM.

Carmo…

Exacto, el sello Carmo. Y me preguntó a mí qué me parecía y si estaba de acuerdo… imaginate… fuimos a hablar y pusieron un valor simbólico como para que Gismonti se los llevara. Y encima eran dos discos, no uno. Y después pasó un montón de tiempo, porque salió en el ’99. En el interín yo fui a la casa de Egberto para hacer la selección de los temas y para ponernos de acuerdo en… nada… si yo iba a decirle a todo que sí… Para mí era cumplir uno de los dos sueños de mi vida… hacer algo con él… ni siquiera tocar… hacer algo…

¿Y el otro sueño?

Paul McCartney.

Te tenés que apurar… (risas)

No… yo lo veo bien… parece que tiene cuerda para rato…

¿De qué te nutrís, al margen de la música?

Me gusta mucho el cine y la literatura. Durante el año me dedico más al cine. No me engancho mucho con el teatro. El cine me conmueve un poco más. Aunque en realidad mi afición número uno después de la música es el deporte… qué se le va a hacer… (risas)

¿Qué deportes?

En general todos. No para practicarlos. Soy una suerte de ESPN adicto. No me engancho viendo un partido de poker, por ejemplo; pero uno de handball femenino, si viene peleado… me quedo a verlo…

Somos iguales… yo me cuelgo a ver los goles de la Primera D

Tal cual…

Y lo del poker… pensalo… (risas)

Pasa que no lo juego…

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