• Mariana Baraj: Margarita y Azucena

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    Maldigo del alto cielo, Tinkuman, Agua negra, El cardón, Margarita y Azucena, Invocación, Dios me ha pedido un techo, Obiero, Ay porque Dios me daría, La gota del rocío

    Músicos:
    Mariana Baraj: voz y percusión
    Lisandro Aristimuño: voz, Guitarra, piano, percusión, programación
    Enrique Norris: corneta
    Mariano Domínguez: bajo
    Leonora Arbiser: acordeón
    Carli Aristide: ronroco
    Marcos Cabezaz, Sergio Verdinelli, Marcelo Baraj: percusión
    Liliana Herrero, Gabo Ferro: voces

    Los Años Luz, 2007

    Calificación: Dame dos

    Debo reconocer cierta tendencia a meterme donde no me llaman. Situaciones y circunstancias que no se sabe cómo empiezan y, por ende, en qué derivarán hasta su finalización… si la hay.
    Porque mire que hay discos para comentar, eh…
    No obstante uno tiene, parece, la tendencia de traspasar ciertos límites, que en mi caso son bien difusos y, la verdad sea dicha, nadie me los marcó. Hay entonces una extraordinaria excusa para intentar traspasar esos límites imaginarios. O no. O tal vez.

    Estoy ganando tiempo o intentándolo al menos. Porque me encuentro frente a… ¿eh? ¿Cómo? No… usted no está hablando en serio. ¿Cómo que quiere que sea más directo, más explícito? ¿Tiene idea usted de la garra que le estoy poniendo?
    Ah… lo de los límites… pero si no es tan complicado…
    Todos sabemos lo que significa un límite. Y que hay varias acepciones. Pero voy a hacerle caso y para ello recurriremos al mataburros.
    El diccionario de la Real Academia Española dice que “límite” es una línea real o imaginaria que marca el fin de una superficie o cuerpo o la separación entre dos entidades.
    ¿Le quedó claro?
    Hummm… no me gusta ese gesto… ¿quiere que siga? Pues bien: límite también significa término, frontera, raya, confín; ahora… ¿puedo seguir?
    ¡Y dale con la carita!
    A ver… la misma fuente agrega que el “límite” es un punto o línea que señala el fin o término de una cosa no material; suele indicar un punto que… no debe… o no puede… sobrepasarse…
    Ahora lo que no me gusta es su gesto de conformidad. Me engañó, trastabillé, perdí el turno, a la cola de la fila… tiene razón.

    Uno tiene sus límites y cree que para los demás los parámetros son similares. Claro que cada uno es dueño de sus propias elasticidades y patrones… y además… se impone sus propios límites.
    La verdad que lo que me preocupa es ese “no debe o no puede sobrepasarse”. Re-hum.
    La cantante y percusionista Mariana Baraj tiene ya su tercer opus en las calles. Se trata de Margarita y Azucena, editado por el sello Los Años Luz y contó con la producción artística de Lisandro Aristimuño.
    OK… música folclórica. Sabemos del espíritu inquieto de la Baraj, así que nos preparamos para no sorprendernos en demasía.

    El álbum comienza con Maldigo del alto cielo, composición de la chilena Violeta Parra. No habrá sobresaltos, seguro. Aunque…¿qué es ese bombardeo percusivo y esos graves que hacen explotar los parlantes? ¿Nos equivocamos de track? Parece que no… Mariana Baraj alza la voz bien arriba y con energía envidiable; las infinitas maldiciones compuestas por la Parra suenan creíbles. Y hay más… la corneta de Norris desde el fondo sugiriendo colores, la voz de Liliana Herrero, que se asoma por sobre la instrumentación potente y las programaciones. Una apertura de ésas… inesperada… imprevisible… guerrillera.
    Lo que sigue aporta calma, es el tradicional boliviano Tinkuman, interpretado fonéticamente, ya que parece ser un dialecto que andá a saber. Al tema lo gobierna la percusión y el buen aporte en acordeón de Leonora Arbiser. Baraj sigue exigiéndose cantando en un agudo registro que no le sienta mal.
    Agua negra es una composición del armenioo Arto Tuncboyaciyan, aquí también corre lo de la fonética. Parecen innecesarias las capas de voces. La instrumentación gira en torno a guitarra, bajo, pecusión y ronroco. Ya va… ya le explico. El ronroco es un instrumento de la familia de los charangos que cuenta con cinco pares de cuerdas; algunos dicen que se trata de un “charango grave”. No lo dije yo… fue Gustavo Santaolalla, quien (cosas de las casua/causa-lidades) aporta la siguiente composición del CD: El cardón, una baguala interpretada por Aristimuño y Baraj en voces y percusión. Breve, concisa, contundente.

    Llegamos al tema que da título al disco. Margarita y Azucena es una recopilación de Leda Valladares. Y aquí alguien enloqueció. La voz de la Baraj, procesada, parece salida de un túnel subfluvial mal acusticado; las programaciones y los samplers hacen que, nuevamente, cotejemos con el booklet. No… no nos equivocamos. Otro giro inesperado. Un saco la mano derecha pero giro hacia la izquierda. Mariana Baraj logra salir del túnel y canta con energía y autoridad admirables. Aquí el tratamiento de las voces funciona como por un túnel. Perdón… como por un tubo. El final, a pura papa frita, es una delicatessen.
    Curados de espanto, vamos a Invocación, de Bobby McFerrin, con el agregado de coplas anónimas. Siguen sin servirnos las previsiones. Lo único que nuevamente parece estar de más es el agregado de voces. Apreciación personal, que conste.

    Preparados entonces para… no se puede… ahora Baraj se manda con Dios me ha pedido un techo, de Gabriel Ferro… a capella. Y aquí sí que las voces, entrelazadas, hacen lo suyo en gran forma. Gran arreglo.
    Otra vez la fonética para Obiero, tema del kenyata Ayub Ogada. A la voz prístina de Baraj, se suma una marimba interpretada por Marcos Cabezaz, quien además es aquí el responsable de los arreglos. Minimalismo puro: voz y marimba. Sólo hacia el final Obiero toma cierta velocidad sin dejar de ser intimista, cálido, envolvente.

    Pero la calma se hace añicos cuando comienza Ay porque Dios me daría (sic). Puse el (sic) porque pareciera ser que el tema se refiere al “Por qué Dios me daría”. Percusiones y un dueto entre Baraj y Liliana Herrero en el que ponen (ambas) todo en esta recopilación de Leda Valladares. El fade me encuentra acercando un oído a un parlante como para seguir escuchando.
    Llegamos al final con La gota de rocío, del cubano Silvio Rodríguez. La bellísima composición no solamente cuenta con un arreglo sumamente atractivo, sino que el contraste en las voces de Baraj y Gabo Ferro envuelve, encanta. Creo que se acaba de inventar la baguala cubana.

    Margarita y Azucena llegó al final.
    Voy a pensar en voz alta.
    Mariana Baraj podría haber tomado 10 composiciones tradicionales folclóricas argentinas, arreglarlas medianamente bien, cantarlas con la afinación habitual y sanseacabó.
    Pues no.
    El recorrido nos llevó por Argentina, Chile, Bolivia, Cuba, Kenya, Armenia y EEUU.
    Se ve que la cantante no tiene muy en claro lo de los límites.
    Y aquí es donde confronto con la Real Academia Española.
    Porque… ¿cómo es eso de que un límite “no debe o no puede sobrepasarse”?
    Mariana Baraj ha apostado a que esos límites, al menos sean discutibles. Las líneas (imaginarias o no) ya empiezan a estar borrosas. Un álbum folclórico con música de acá pero también de los “allases”, con instrumentación convencional pero con samplers, programaciones, teclados y voces procesadas.
    Y me vienen con que un límite “no debe o no puede sobrepasarse”.
    Yo no sé si se debe.
    Pero que Mariana Baraj pudo… no quedan dudas.

    Marcelo Morales

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