Medeski Martin & Wood: Sorpresa… ¿estás ahí?

Teatro Gran Rex – Buenos Aires
Martes 23 de Septiembre de 2008 – 21:30 hs.

La sorpresa es la acción y efecto de sorprender.
Sorprender es "tomar desprevenido". También "conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible". O "descubrir lo que alguien ocultaba o disimulaba".
Profundizando un poco (sólo un poco) en la cuestión, podemos agregar que la sorpresa es un breve estado emocional, resultado de un evento inesperado. Paul Ekman y Friesen Wallace, en su libro "Desenmascarando la cara" (1975), la catalogan como una de las seis emociones básicas; que puede ser neutral, agradable o desagradable. No obstante, algunos especialistas (¿los sorpresólogos?), no categorizan a la sorpresa como una emoción (¿no?). Y si usted quiere darse cuenta de si alguien (usted, por ejemplo) está sorprendido, debe tener en cuenta que, facialmente, nos encontramos con:

  • Cejas que se elevan a fin de que se conviertan en curvas y altas.

  • Se estira la piel debajo de las cejas.

  • Se abren los párpados, se levanta el superior y se baja el inferior, exponiendo a menudo la esclerótica (¡?) sobre y debajo del iris.

  • Mandíbula caída mostrando labios y dientes, sin tensión en torno a la boca.

Y podríamos seguir abundando en detalles, pero no es cuestión de que se le atragante una medialuna, el pechito de cerdo o el piolín de la bondiola. Y una manera de sacarlo de este atolladero en el que se metió solito solito, es contándole que el martes 23 de septiembre volvió a presentarse el trío Medeski Martin & Wood en Buenos Aires, más precisamente en el Teatro Gran Rex. Una vez ubicados, nos dedicamos a realizar lo habitual: reconocimiento del territorio, cogoteo para pispear cuán completo (o no) está el teatro, tipología de los asistentes (promedio de edad, tipo de vestimenta, esas banalidades que a veces indican cosas) y lindezas de esas incontables, inconfesables, afables, palpables, improbables y etceterables.

A mis espaldas (¿por qué se dirá en plural… "espaldas"… tenemos más de una?) dos muchachos jóvenes hablando de Steel Pulse. Lo ocurrido desde ese momento hasta la iniciación del concierto no ha sido poco. Los mozalbetes siguieron su conversación. ¿Alguien puede explicarme por qué los jóvenes de hoy en día se empecinan en hablar a un volumen impropio? La cuestión es que de pronto llega a mis oídos esta frase: "¿No conocés Dub Side of the Moon? Es impresionante… yo ahora no puedo escuchar El lado oscuro de la luna… a Pink Floyd lo pasaron por arriba".
Estamos totalmente de acuerdo con la afirmación… pero en sentido contrario. No repuestos aún de esta (y alguna otra) sandez (y por la espalda) noto que a mi diestra se sienta una pareja, agradable (al menos ella, en principio), que a los pocos segundos extrae de un bolso… un tupperware. O como diría aquel glorioso sexólogo paraguayo interpretado por Cedrón, un "tupé uaré". La niña se puso a deglutir una mezcla de arroz hervido, morrones, cebolla y otros elementos a designar. El aroma no ayudaba, créame… hasta que la mozalbeta se descalzó; llevaba unas medias a rayas de un colorido… extraño. Por un momento creí que se trataba de queso. Como postre, por supuesto. Y empecé a extrañar el aroma que irradiaba el tupé uaré. No repuesto aún, uno de los jovenzuelos mencionados anteriormente se dirige al otro, produciéndose el siguiente diálogo:
– ¿Éstos -por los músicos- son de Nueva York?
– Seguro… todos los buenos vienen de allá (¡?).
En ese momento pasa un muchacho por el pasillo ofreciendo el último disco del trío como un experto caramelero. La dupla insiste para lo que resultaría el mejor momento de la noche:
– Mirá… ese chabón está vendiendo el CD… ¿estará bueno?
– No sé… todavía no salió (¡¿?!).
Le pido por favor que relea el último segmento; no… mejor se lo escribo de nuevo:
– Mirá… ese chabón está vendiendo el CD… ¿estará bueno?
– No sé… todavía no salió (¡¿?!).
¿No es una genialidad?
No. Es preocupante.
Pero no me distraiga más, se lo pido encarecidamente, que se acerca el inicio del show y yo debatiéndome entre lo bien que me caen los MM&W, sus atractivos e interesantes primeros álbumes (con algunos hitazos impardables) y cierta reiteración en los últimos. Algo similar me ha pasado con sus conciertos. Si tengo que hacer una confesión real de mis sensaciones en la previa, debo confesar que quiero sorprenderme, pero no tengo demasiadas expectativas con ello.

A las 21:55 el trío Medeski Martin & Wood (que ya juega de local y lo sabe) hace acto de presencia. Capas de teclados, juego percusivo de Martin y Chris Wood que comienza a aporrear a su bajo eléctrico con un riff que se reitera una y otra vez. Martin, finalmente, se sienta a la batería mientras el hiperkinético Medeski sigue disparando sonidos. El machacante riff me está poniendo un poco nervioso. Los tres se mandan con contundencia obvia y sucia. Dura poco. Medeski va al piano; Wood se dedica, ahora, a tocar. Martin nunca dejó de hacerlo. Es un estreno a incluirse en Radiolarians II. Los tres parecen tener una melodía en la cabeza. Pero se trata de melodías distintas, aparentemente. Medeski propicia el caos; Martin deja espacios libres pero Wood no sabe qué hacer con ellos. Se produce el lamentablemente previsible retorno a aquel riff. No me he desesperado. Todavía.
La sesión de onanismo musical colectivo duró un cuarto de hora.
Tachame la doble.

El tradicional Free Go Lily, incluido en Radiolarians I, parece un viaje a Shack-Man. Luego de una sólida participación de Medeski al piano, el trío sale de manera elegante y atractiva hacia un terreno que conocen de taquito. Chris Wood no para de gesticular de manera harto ampulosa (por momentos se suma Billy Martin a sus ruegos); parece que hay problemas de sonido arriba del escenario. Abajo no. Que no parece, digo. Los hay. El bajo satura de manera impropia. Pero Free Go Lily se sobrepone a todo y a todos. El final demuestra ensayo previo, precisión y sincronicidad.

Para un nuevo estreno, Chris Wood recurre al contrabajo. Le pega a las cuerdas como si le hubieran hecho algo… malo. La verdad es que no sabemos qué ocurrió en el camarín o en el hotel, pero las cuerdas algo hicieron, de otra manera… no se entiende semejante vehemencia. Una vez adentrados en la melodía, Billy Martin pasa de las maracas a hacer la plancha frente a la batería. No es que lo gobierne el estatismo, sino que toca de taquito, como sobrando la situación. Y la verdad que lo único que gana es cierta monotonía que un Medeski vehemente, enérgico, pifiador y voluntarioso, rompe no sin esfuerzo.

A continuación, Agmatia, tema de John Zorn que el trío interpretara en Zaebos: The Book of Angels Volume 11, álbum conformado por composiciones del proyecto Masada. Cierto aire judaico (y alguna brisa flamenca) sobrevuela el teatro. Wood, ahora en bajo eléctrico, ha estado mostrando hasta el momento una amplia gama de limitaciones. Aquí más que nunca se nota que se trata del Medeski Trio: "ustedes hagan base, que yo juego". Tiene con qué, a pesar de seguir mostrándose hiperkinético. Martin, a pesar de su ductilidad, parece ausente, poco compenetrado con la causa. El título del tema siguiente, Where's the Music?, cae como anillo al dedo; aunque aquí el trío fluye. Tal vez un poco sobrecargado, pero fluye. Una sólida y atrapante base es la excusa ideal para el lucimiento del tecladista. Y lo logra. Con este tema del bajista, incluido en el álbum para niños Let's Go Everywhere, hemos regresado al mejor MM&W. Un momento de los buenos. Sin excesivas complicaciones, pero efectivo. Muy.

Hidden Moon, incluido en Radiolarians I, comienza otra vez con un más que obvio riff ejecutado por Chris Wood en contabajo. Medeski simula un bandoneón, aunque estamos más cerca del Gotan Project que de Piazzolla. Y, se sabe, hay alguna pequeña diferencia. Lo que me cuesta creer y digerir es que el bajista no se aburra de tocar exactamente lo mismo durante minutos y minutos. Mientras tanto, Martin recurre a distintos elementos de percusión que, si bien despiertan una sonrisa (leve), aumentan el grado de incomprensión. Medeski pasa al Rhodes. Simplemente se trata de un olor distinto, no sé si he sido claro. Martin pide a un asistente que le acerque una (¿olvidada?) pandereta y la toca. Reparo en Medeski, que con el tubo de la melódica en la boca impresiona como si estuvieran haciéndole una traqueotomía. El ¿bandoneón? ahora me suena más a un clarinete bajo. Todo es de una mediocridad difícil de comprender. Si la idea fue ofrendar un momento hipnótico, habrá que seguir participando.

Billy Martin toma el micrófono y le agradece a Ernesto (¿?) el apoyo con los teclados durante la gira latinoamericana. Y, a modo de paga o premio o lo que fuere, lo invitan a tocar con el trío. Ernesto acepta el convite para ER (¿Emergencias?). No empieza bien la cosa. Wood, al contrabajo con arco; Martin, una elemental entrega en berimbau. De nuevo el baterista que recure a sonajeros, patitos, maracas y chirimbolos varios que vuelven a despertar una sonrisa más leve que la anterior. Mientras tanto, Ernesto y Medeski hacen ruidos en un pasaje que, técnicamente, podemos denominar como "ni fu ni fa". Medeski, creo que aburrido, pasa al piano y comienza a destilar una interesante melodía que se hizo esperar demasiado. Este segmento parece que también se incluirá en Radiolarians II. Digo… por si le interesa… Wood pasa al bajo eléctrico. Un buen momento improvisatorio a pesar de un final mal resuelto.

Cloud Wars, de Billy Martin y ya sin Ernesto (no puedo creer estar escribiendo esto…), arranca como un rock demuele paredes, pero la noticia es que Medeski dejó de tocar para que Chris Wood tenga "su" momento. Que fue un "momentito". Este pequeño parate provocó que después el tecladista se desquitara con un largo solo de dudosa efectividad. Y final.
Pero por supuesto que habrá más. El primer bis fue una versión del tradicional Baby Let Me Follow You Down, que hiciera notorio un tal Bob Dylan. Una atmósfera gospel, lindante con el blues, que al igual que las baladas en los conciertos de rock, siempre paga en los de jazz. Una obviedad bien tocada y poco más. Pero inmediatamente arremeten con Bubblehouse, de Shack-Man y ahí sí (re)apareció el trío en toda su dimensión. Impecable y apabullante versión, como para que todos (sí, todos) nos vayamos con una sonrisa de oreja a oreja. Pero después de cinco minutos de un público gritón, batallador y demandante, hubo otro bis: Back and Forth que, por su persistente obviedad, convenció a los asistentes que era hora de rajar.

Medeski Martin & Wood actuó el Teatro Gran Rex por el término de dos horas. El trío vino a presentar Radiolarians I. Una forma de decir, ya que del álbum interpretaron apenas tres temas. El concierto tuvo sus momentos atractivos; pero es evidente que la banda no pasa por su momento más creativo. La cantidad de temas inéditos puede brindar varias lecturas: una, que han arriesgado ofreciendo material nuevo, con todo lo que ello implica. Otra, que el evento ha sido una excusa para un ensayo abierto, con público, para testear las nuevas composiciones. Poco importa en este caso. Lo cierto es que el trío ya no sorprende tanto. Ni a propios ni a extraños. Ha crecido su popularidad, se los reconoce como los creadores (o algo así) de un estilo y han dado muestras acabadas de que cuando se lo proponen (o pueden), son dignos de la mayor atención.

No obstante, la sensación es que de un tiempo a esta parte, MM&W sufre un síndrome cercano a la reiteración constante. Tampoco creemos que un teatro como el Gran Rex (amplio, más de 3000 localidades) sea el reducto apropiado para su propuesta. Pero como debemos hablar de lo visto y actuado, no podemos soslayar que hoy el combo suena previsible. Al menos para quienes los conocemos desde sus primeros discos y hemos visto varios de sus conciertos.
La primera vez, llaman la atención. Y mucho.
Pero en esta oportunidad no me han tomado desprevenido. Ni me han conmovido o maravillado con algo imprevisto, raro o incomprensible. Tampoco descubrí algo oculto o disimulado. No se me elevaron las cejas ni estirado la piel, ni abierto los párpados, ni se me cayó la mandíbula.
Es decir, volviendo al inicio, que no me han sorprendido.
Y tratándose de esta gente, es realmente sorprendente.

Marcelo Morales

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