• Chavela Vargas: ¡Por mi culpa!

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    Las ciudades, Un mundo raro, Luz de luna, Canción de las simples cosas, ¿A dónde te vas, paloma?, Piensa en mí, Nosotros, Vámonos.

    Músicos:
    Chavela Vargas: voz
    Juan Carlos Allende, Miguel Peña: guitarras
    Músicos invitados:
    Pepe Hernández: bajo
    Leo Muñoz: percusión
    John Parsons, Santiago Reyes: guitarras
    Nacho Mañó: guitarra, bajo
    Juan Carlos Calderón: piano, percusión
    Valentín Iturat: batería, percusión
    Jimena Giménez Cacho: cello
    Thomas M. Lauderdale: piano
    Nicholas Crosa: violín
    Eugenia León, La Negra Chagra, Mario Ávila, Joaquín Sabina, Lila Downs: voz

    Acqua, 2010

    Calificación: Dame dos

    Yo creo que es lo mejor. No es que no quiera hacer la tarea, no vaya a creer… Muy por el contrario. Da más trabajo aún. Pero aunque a usted le parezca un método simplista (probablemente lo sea), nada puede hacer más justicia en este caso. Estoy amochilado de una fuerte carga emotiva ante una artista excepcional que no recuerdo cuándo fue que se me hizo carne, instalándoseme hasta los huesos, así que no espere un análisis objetivo (aunque uno trata siempre de ser lo menos subjetivo posible).
    El que avisa no es traidor; pero créame que nada ni nadie puede hablar de Isabel Vargas Lizano como una tal Chavela Vargas. Que nació en Costa Rica, pero se asume mexicana. Y que a la hora de contar su(s) historia(s) o parte de la(s) misma(s), no hay quien la iguale. Así que si me permite… me tomaré esta licencia que, en realidad, no es otra cosa que admitir su grandeza:

    “Soy Isabel Vargas Lizano y vine a este mundo el 17 de abril de 1919 en Costa Rica (…) Mi vida comenzó en aquel país pequeño, en un pueblo pequeño y en un pequeño mundo (…) Me gusta decir que mi pueblo era tan pequeño que sólo cabíamos una vaca y yo. Adoraba a aquella vaca, de ella tomaba la leche: era mi amiga del alma.
    A mis abuelos no los conocí, y a mis padres, más de lo que hubiese querido (…) Y puesto que he de decirlo casi todo, lo diré: mis padres no me querían. Yo lo sufrí: ni espero que lo comprendan ni que me compadezcan. Bastante he tenido con los psiquiatras; no me molesta reconocer la amargura de mi infancia, pero me enoja que traten de hacerme creer que no pudo ser de otro modo (…) Entre un psicólogo y un chamán hay cinco mil leguas. El chamán te cura con esperanza, con amor. El otro te retaca de medicinas. Ahorita quieren que me tome una píldora para que se me quite lo que traigo en el alma… A un psiquiatra en España le dije: “Usted me verá loca. Sí, es que lo estoy, pero no quiero que me lo quite con ansiolíticos. Déjeme usted loca” (…)

    A los dolores del alma habrían de añadirse los del cuerpo, y los chingadazos comenzaron bien pronto. No bastaba con haber nacido en un rincón apartado, no bastaba ser miserable, no bastaba haber nacido niña y, por tanto, haber nacido para el desprecio y la explotación. La primera en llegar fue la poliomielitis. Estuve en una silla, cargada con unos fierros que inventó el herrero, hasta que todo aquel cuerpecito se cubrió de llagas… (…) Además, mis ojos nacieron enfermos, y puede decirse que vine al mundo medio ciega. “Esta niña no ve”, decían. Pero, como los espíritus protectores, ahí estaban de nuevo los chamanes, con sus hierbas y sus misterios. (…) Los chamanes aplicaron zábila en mis párpados. Era un remedio indio muy doloroso: la zábila destila un líquido azul que abrasa los ojos, pero acabaron sanando. Después vino un herpes, una enfermedad extraña, y más tarde… todo lo demás. (…)

    Es más que cierto, y lo diré cuantas veces me plazca, que viví con mucho desamor, que no me quisieron, que la familia era un nido de soledades, que desde muy niña aprendí a defenderme a la fuerza, que el mundo es un mortero y que hay que ser muy duro para que los golpes no te desmenucen. Y de todo ello tuve una prueba cierta muy pronto. Al poco me enviaron a la finca de mis tíos, que Dios tenga en el infierno. Ésos eran los cariños de mi madre: alejarme de su presencia y enterrarme en un lugar en el que no conocía a nadie. (…)
    Me levantaban temprano y me ponían a cortar café. Otras veces íbamos a los naranjales y echábamos allí el día, desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde. Recogía 4.000 ó 5.000 naranjas diarias para mandar al mercado. También arreaba el ganado, lo llevaba al agua, y me ocupaba de las cosas de la casa: lavar las sábanas, fregar, limpiar…, “allá donde bajaba la cruz”. ¡Qué! No le tuve miedo al trabajo; tenía las manos lastimadas, pero no le tuve miedo al trabajo. Los niños de Latinoamérica, si alguna vez pueden leer estas líneas, sabrán lo que digo. Digo de golpes y humillaciones, digo de abandono y desprecio, y digo del miserable acto de explotar a criaturas que sólo desean llegar a mañana. Y el que tenga estómago, que lo aguante. (…)

    Así, no esperen que cante lo que no puedo cantar. No tuve la mesa puesta, ni sábanas de hilo, ni me decían “ven, que yo te quiero”. De modo que ni el mundo me quiso ni yo quise al mundo. Me dejó sentir los miedos de la soledad y tuve que armarme de coraje; ya sé que por ello me llaman valentona, indomable y arrogante, retadora como filo de puñal, pero jamás he odiado a nadie porque el odio acaba consumiendo la sangre, y odiar, como se dice en América, me friega mucho.
    Pero el rencor, la vergüenza, la conciencia de fracaso, aquella primera infelicidad se me metieron en las venas y recorrieron mi cuerpo hasta abrasarme. “Si paso por ahí”, me decía, “arranco la pared” (…)

    La familia no cuidó de mí, así que, como todos los muchachos del campo en América, tuve que procurarme mi propio cuidado. Nos enseñaban a utilizar armas: primero, una pistolita del 22, chiquita, y después una pistolota del 45. Se aprende que el arma mata y que hay que saber usarla, porque es para matar. Mi infancia fue tan solitaria que aquellas armas me hacían compañía; aprendí a utilizarlas para matar las culebras de los excusados, no digo más (…)

    Lo que duele no es ser homosexual; lo que duele es que lo echen en cara como si fuese la peste. Hace falta tener mucha ponzoña en el alma para lanzar los cuchillos sobre una persona sólo porque sea de tal o cual modo (…) Cuando era pequeña me dijeron que me iban a excomulgar por ser lesbiana. Yo era lo peor que se podía ser, y había llegado al límite de donde podía llegar. Me decían aquellas cosas porque era niña y porque así me mataban el alma. Ahora ya me importa poco; me duele y me amarga, sí, que me negaran el pan y la sal por ser como era: “No le den ningún premio…”, decían. Al final se tomaron el trabajo de expulsarme de la Iglesia, cosa bien inútil porque yo ya estaba fuera desde hacía mucho tiempo. Vino un cura y me dijo: “Usted es motivo de escándalo”. A él le habían visto cogiendo con un muchacho, y se lo dije tal y como me vino al alma. Tan ancha que me quedé (…). Ya no me hacen daño esas humillaciones: tengo la conciencia tan limpia o tan sucia como cualquiera, no tengo vergüenza ni miedo. Soy ave de paso y vivo donde quiero vivir (…).

    Ahí estaba Chavela, la rara, la loca, en medio de los cafetales, cruzando las selvas a caballo o a pie, hablando con los chamanes junto a las lagunas y los ríos: la niña más humilde del mundo, la niña más pobre del mundo, la que cantaba sola. En mi familia no cantaba nadie. Yo, en cambio, deseaba ser cantante, y cuando iba al monte caminaba y caminaba, y cantaba y cantaba. “Vas a cantar cuando seas grande”, me decía. “Voy a cantar como cantan los mexicanos”.

    Un día me escapé de la finca y fui a la capital, a San José, a buscar a mi padre.
    –Señor, haga algo por mí. Ayúdeme, señor: soy su hija.
    –Sí –me dijo–, eres mi hija. Pero eres rara.

    Estuve durante un tiempo viviendo con él, hasta que un día mi santo papá decidió cargar un tanto más el fardo de la amargura. Fue una humillación espantosa, una insultada decimos aquí. Me heló el alma.
    –¡Me avergüenzo de ser tu padre y me avergüenzo de que seas mi hija! ¡Haré que te encierren en un reformatorio hasta que te endereces o te mueras!

    Abandoné aquel lugar bien pronto, lamentando haber vivido aquel tiempo y haber oído que se avergonzaba de mí.
    (…)
    No quiero seguir con esto. Me duele y ya me he extendido más de lo necesario. Baste que tuve muchos amores de juventud, y muchos amores en la madurez. En la vejez, nada. Ya tengo mucho respeto por la gente y ya no me atrevo a muchas cosas. Baste, por fin, que si volviera a nacer, volvería a llamarme Chavela, volvería a apellidarme Vargas y volvería a amar a las mismas mujeres que amé”.

    Así es; las palabras de Chavela Vargas desde Y si quieres saber de mi pasado (Santillana Ediciones Generales S.L.). La misma Chavela que al cumplir 90 años dijo “No le temo a nada”, por si a alguien no le había quedado del todo claro; y que decidió grabar una antología personal de sus canciones preferidas, eligiendo compañías, enarbolando la bandera de la dignidad como pocas (y pocos), dando una vez más muestras de su arte incomparable.
    Su nuevo disco, titulado ¡Por mi culpa! da inicio con Las ciudades, de José Alfredo Jiménez, con las guitarras de Juan Carlos Allendey Miguel Peña y la voz de la mexicana Eugenia León. Y cierto es aquello escrito por un tal Joaquín Sabina: “Las amarguras no son amargas, cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo”. Para Un mundo raro, también de Jiménez, Chavela convocó a la cellista Jimena Giménez Cacho. La versión es exquisita, camarística, a dos guitarras, cello y voz, superando incluso a la que la mexicana grabara hace ya unos cuantos lustros. Luz de luna, de Álvaro Carrillo, suma, a las guitarras, el bajo de Pepe Hernández y la percusión de Leo Muñoz. Chavela brilla, conmociona.

    La Negra Chagra es una cantante argentina nacida en Salta a quien Vargas invitó a cantar en 2004 en una actuación en el Luna Park de Buenos Aires. Quedaron prendadas y aquí, nuevamente juntas, interpretan Canción de las simples cosas (César Isella y Armando Tejada). Mire qué contundente sencillez : “El amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo”…
    ¿A dónde te vas, paloma? cuenta con la particularidad de que la letra pertenece a Chavela; la música, al escultor, pintor y compositor Mario Ávila quien, además, aquí aporta su voz. Y no es un detalle menor que es la primera grabación que la mexicana realiza del tema. Y dan ganas de preguntarse… ¿por qué no ha compuesto más?
    Piensa en mí, cuya autoría pertenece a Agustín Lara y María Teresa Lara, marca una extraña y sorprendente sociedad, ya que participan del registro Thomas M. Lauderdale en piano y Nicholas Crosa en violín, de la agrupación Pink Martini, que han sabido aportar y adaptar sus dotes a esta gema compuesta por Agustín Lara, de quien Chavela dijo en su momento que se trataba de “el hombre más cursi del mundo”. Pero claro está que las naranjas son naranjas y los melones son melones.

    Nosotros,a pesar de ciertas particularidades, encaja a la perfección en el concepto global de ¡Por mi culpa! La instrumentación aquí consta de tres guitarras, bajo, piano, batería y percusión. El cantante (compinche, en este caso) es Joaquín Sabina. La versión (impecable) fue grabada en 1997 y editada en el álbum Chavela Vargas. Pero claro… ¿era imaginable un CD de la mexicana sin el español?
    El cierre es con otra composición de José Alfredo Jiménez: Vámonos. La compañía elegida es, tal vez, la intérprete mexicana más representativa de la actualidad; alguien a quien la propia Chavela nombró como su sucesora y a quien le dijo: “Debes haberle vendido algo al diablo. Pero el alma no, porque está en la garganta”. Y Lila Downs brilla una vez más, junto con Chavela y al inmaculado, económico y sutil acompañamiento de Juan Carlos Allende y Miguel Peña.
    Y así llegamos al final de ¡Por mi culpa!
    Ocho canciones de (des)amor, (des)esperanza y complicidades. Chavela Vargas grabó este álbum a los 90 años y usted podrá decirme que la voz ya no es la misma. Pero ha ganado en interpretación, calidez y sabiduría. Lo hizo a su manera, con quien quiso, en un disco que supera, apenas, los 33 minutos.
    Aunque, y lo sabe bien usted, la belleza no se mide en esos términos…

    Marcelo Morales

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