Tori Amos: The Beekeeper
El doble To Venus And Back con un disco en estudio (regular) y otro en vivo (impecable) cierra una etapa y la década siguiente se abre con un álbum de covers, Strange Little Girls, donde versiona temas compuestos por hombres, desde Eminem hasta The Beatles, pasando por Tom Waits, Neil Young, Lou Reed y Joe Jackson.
Cambio de sello con el consiguiente compilado (siempre ocurre, che, no hay caso) y, ya madre (dato no menor) acomete con Scarlet’s Walk, disco relajado que relata el derrotero de la tal Scarlet por distintos estados de los E.E.U.U. y en el que ya se afianza con lo que ella suele denominar su “jazz trio”. Toda la sensación de ser un disco de transición, pero a lo bestia. Y si no, deténganse en I Can’t See New York. Más reconocimiento, más popularidad, más furor, más conciertos, más ventas, más apoyo del sello (Sony) y llegamos a lo que debería haber sido el tema central, la reciente aparición de su nuevo trabajo The Beekeeper.
Tori Amos en este momento pasó los 40, está casada, tiene una hija (Natasha) de 4 años y junto con el disco editó Piece By Piece una suerte de biografía escrita en forma conjunta con la periodista Ann Powers y las entradas para sus shows en los Estados Unidos (primero sola al piano, luego con el trío) se agotan en menos de una hora.
Todo lleva a pensar que ya está, que repasemos la fórmula que el camino está hecho.
Un amigo, conocedor, que la vio en concierto y que además escribe en este site (Sergio Piccirilli) me dio su primera y fresca impresión: “si a alguien que no la conoce, le decís que The Beekeeper es un ‘Grandes Éxitos’, te cree sin chistar”. Y la definición resulta un pleno en la última bola.
Lo formal indica que el disco tiene 19 temas, que dura mucho, casi 80 minutos, que las composiciones le pertenecen y que sigue estando su “jazz trio”, esto es: Jon Evans en bajo y Matt Chamberlain en batería.
De la misma manera que en el compilado, Amos vuelve a ordenar los temas en grupos, 6 en este caso, que los titula y sabrá ella la razón exacta (o inexacta) de ello. Sí es cierto que vuelve a navegar un concepto a lo largo del disco, que es ecléctico pero de una homogeneidad contundente.
Tori Amos tiene sus mañas y no las oculta. Tiene también aspectos discutibles y flancos débiles. Todo eso es cierto. Pero esta chica, ahora señora, tiene algo distinto.
Esta hija de una india cherokee y un ministro de iglesia metodista (¿recuerdan las líneas de God?) tiene por costumbre (y permítaseme la comparación) al igual que Peter Hammill de cuestionarse y abrir interrogantes desde sus canciones. No hablo de iguales niveles de profundidad, sino de intenciones similares. Y será por eso entonces que a veces es difícil entrarle a cierto hermetismo aunque siempre, por alguna ventana, algo termina filtrándose y a descubrir, tarea nada fácil. En una oportunidad, hace algunos años, Hammill nos demolía diciendo: “puede que sea injusto pero ¿por qué debemos hacer que el oyente tenga todo fácil? ¿Por qué tiene que ser su rol tan pasivo? Hay gente que piensa que hacer un disco es algo fácil, que escribir canciones es algo sencillo. (…) Si vos estás involucrado en algo que trata de operar en niveles diferentes, más elevados, ¿por qué debe resultarle fácil a la gente el escuchar? ¿Por qué deben obtener todo de golpe, sin ningún compromiso de su parte? No se trata de un compromiso con el músico ni con el disco, sino con ellos mismos. Un compromiso de involucrarse activamente en esa porción de tiempo que le están dedicando a algo. Para sentir que están vivos.”
Nada menos.
En The Beekeeper vuelven a aparecer esas preguntas, esos cuestionamientos. Es una pianista y cantante pop, sí, pero en The Power of Orange Knickers se mete con las mujeres suicidas ¿iraquíes? “El poder de escuchar lo que no querés que sepa, ¿puede alguien decirme quién es este terrorista? Esas chicas que te sonríen dulcemente y luego te vuelan en pedazos”. Y con María Magdalena (según la Amos, “una fuerte influencia”) en Marys of the Sea; y con el “pecado original” en Original Sinsuality, simpático juego de palabras entre sensualidad y pecado y con el miedo a crecer en Ribbons Undone “su mirada indica que la batalla comenzó y al llegar del colegio suplica ‘no quiero crecer’”; y también hay frases ácidas, hilarantes “te parecés a un toro en un negocio chino” o “hacéte una tostada, una tostada en tu honor; te escucho reir y pedirme que no baile (…) con una tostada él me pide que te deje ir, yo pensé que iba a verte otra vez (…) en una escultura, en una catedral, en algún lugar de Barcelona”.
Hay una gran madurez en este disco; ha ampliado el espectro también. Por primera vez incluye (y muy bien) un órgano Hammond B3; hay un coro gospel que no sólo no molesta, sino que
brinda una coloratura distinta y atrapante; aparece el aporte en varios temas de Marc Aladdin en guitarras y mandolina, el irlandés Damien Rice hace coros en The Power… y todo parece cerrar, aunque por supuesto hay desniveles. Algunos críticos sostienen que al disco le sobran algunos minutos. Permítanme disentir. Los momentos atrapantes son tantos que sería detenerse en minucias. Witness está llamado a ser uno de los mejores temas compuestos de su carrera; el groove (y nuevamente la mano izquierda) de Hoochie Woman es increíble. General Joy pinta para clásico en sus presentaciones en vivo, al igual que Barons of Suburbia (con un final tremendo vociferando “estoy preparando un brebaje para combatir el tuyo”), calipso en Sweet the Sting, épica en Marys of the Sea y no faltan los clásicos temas “torianos”, como Sleeps With Butterflies (single de difusión), Original Sinsuality, Mother Revolution y fundamentalmente Toast, un dueto de piano y guitarra con el que se cierra el compacto.
El aporte de Jon Evans es sólido, pero Matt Chamberlain (quien además supo trabajar con gente como Fiona Apple, David Bowie y Brad Mehldau además de tener su propio trío Thruster!) es un baterista tan dúctil como notable en el que sin dudas descansa gran parte del sonido global del disco.
La “nena” (porque desde hace muchos años es y seguirá siendo “la nena”) lo ha hecho de nuevo. Y dándole vueltas a la cuestión, acudí al llamado de la Amos. Y como si se tratara del Rayuela de Cortázar, decidí escuchar el disco pero con los temas agrupados según los 6 jardines propuestos.
Parece otro disco.
Y parece ser nomás que, otra vez, tuvo razón.
Marcelo Morales
