• Tori Amos: Fuiste Mía Un Verano

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    Tori Amos TourTori Amos – Summer of Sin
    Greek Theater de Los Angeles
    Sábado 17 de septiembre de 2005


    El 2005 ha sido el año más intenso en la carrera de Tori Amos. Editó una autobiografía “Piece by Piece”. Lanzó un nuevo disco “The Beekeeper”. En la primera mitad del año se embarcó en una gira mundial bajo la denominación “Original Sinsuality Tour” de la que surgió una serie de bootlegs integrada por diez discos (a la fecha han aparecido dos, grabados en Chicago y Los Angeles, respectivamente). De esa gira tuvimos la oportunidad de ver un exquisito show en el Royce Hall en abril. Pero habría más… en septiembre iniciaría otro tour “Summer Of Sin” que la traería de regreso a Los Angeles. La tentación era grande… pero… ¿cómo resistirse?
    Oscar Wilde dijo alguna vez: “La mejor manera de evitar una tentación es caer en ella”. Así fue que caímos incondicionalmente en el Greek Theater el 17 de septiembre para ver el último concierto del tour.
    Greek TheaterEl Greek Theater es un pintoresco anfiteatro rodeado por una frondosa arboleda en medio del famoso Griffith Park, con capacidad para 5700 personas cómodamente sentadas. Todo bajo las estrellas y en pleno corazón de Los Angeles. En sus 75 años de historia, por allí han pasado artistas de la estatura de Paul McCartney, José Carreras, The Who y el Ballet Nacional de Rusia. Y también otros… de diferente estatura. El Greek Theater ha sido elegido por la Pollstar Magazine durante los últimos cuatro años como el “mejor pequeño teatro abierto” en la categoría… que acabo de mencionar. El lugar es muy bonito y cómodo. Desde cualquier punto la visibilidad es buena… siempre y cuando adelante se siente un pigmeo, un enano del circo de Moscú o el jinete sin cabeza. Este inconveniente puede superarse de dos maneras: las pantallas gigantes a ambos lados del escenario o eliminando el origen de la obstrucción visual mediante la utilización de un objeto sólido con un extremo punzocortante. Ante la carencia de este último, optamos por el método menos eficaz y más aceptado por las buenas costumbres.

     

    7:30 PM. Ya ubicado en nuestro sitio tengo unos quince minutos de relax antes del show. Mis opciones son: a) practicar Meditacion Vipassana y b) observar a mi derecha a una señora comiendo un hot-dog que tiene más ingredientes que una paella. Decido hacer ambas cosas al mismo tiempo. Así fue que logré desprenderme de mi cuerpo y levitar justo entre el segundo y tercer hot-dog.

     

    The Ditty Bops7:50 PM. Ingresa The Ditty Bops. En el arranque inventan una canción cuyo estribillo anuncia “Bienvenidos al show de los venticinco minutos”. La música de The Ditty Bops es difícil de categorizar. Algunos arriesgan y rotulan en forma enigmática a su música como psicodelia acústica. Quizás resulte suficiente decir que The Ditty Bops hace folk-pop con un toquecito de jazz, una pizquita de blues y bastante de vaudeville. Las curvas visibles de…  perdón, las cabezas visibles de la banda son Abbey De Wald en guitarra y voz y Amanda Barrett en banjo y voz, más David Faragher en bajo acústico, un violinista del que sabía su nombre pero preferí borrar de mi mente después de escucharlo y un tecladista que tuvo la misma suerte que el anterior.

     

    Muchos señalan que The Ditty Bops ha recibido influencias de Suzanne Vega. Es cierto. Tambien tienen un poco de Susana Giménez. Por momentos su música es un country light intrascendente. Cierro los ojos y me imagino un caballo montado por John Wayne. Imponente con un pantalón de cuero color fucsia y remerita ajustada de lame. Todo me parece bastante ridículo. Las chicas hablan entre tema y tema y sus intervenciones me recuerdan a Alelí, la asistente en La Peluquería de Don Mateo. Disculpen tanta estupidez pero las Ditty Bops me inspiran. ¿Algo positivo?  El show duró 25 minutos exactos. Otro descanso hasta que nos traigan el plato principal. Cumpliendo alguna de las leyes de Murphy, delante mío se sienta una señorita que parece ser de la liga femenina de la NBA y con una cabezota que avergonzaría al mismísimo hombre elefante. Respiro profundo, guardo la guillotina portátil y supero el obstáculo estirando mi cuello como una jirafa.

    Tori

    9:05 PM. Ingresa Tori Amos. No sé si es la luz azul que baña el escenario, el estilista que la peinó, las estrellas, el verano o uno que es tan débil, pero la verdad es que está más linda que nunca. Parece una princesa. Al igual que en la mayor parte de esta gira, el inicio es con Original Sinsuality en versión muy superior a la incluida en “The Beekeeper”. Algún pequeño inconveniente con el micrófono del piano es rápidamente solucionado tras una perversa mirada de Tori en dirección al ingeniero de sonido. Pegado sigue Little Amsterdam del álbum «Boys For Pele», con Amos alternando órgano y piano. Sigo con mis problemas con la señorita de adelante. Es como si entre el escenario y yo hubiese un mohair de la Isla de Pascua.
    Tori me calma… o eso quiero creer. Nos dice lo que todos sabemos “es la última noche del tour” y, por si hiciera falta, nos pide que pensemos en ella. Una impecable intro en piano acústico hace de prólogo a A Sorta Fairytale de «Scarlet’s Walk». Luego llega Jamaica Inn cantada para la tribuna, con todo el arsenal de sus característicos suspiros, grititos, susurros y gemidos. Algo abusivos para nuestro gusto.
    Sigue con una deliciosa version de Carbon también de «Scarlet’s Walk». La versión femenina de Gulliver que tengo delante se pone de pie y me recuerda a un cohete Saturno 5 con rampa de lanzamiento incluida. A continuación llegara Winter. Promediando el tema, Tori olvidará la letra. “Oh Dios”, exclama. Con una enorme cuota de profesionalismo empezará a improvisar haciendo referencias a su edad y las consecuencias de ello. El público la ovaciona de pie en un acto de irreflexiva complicidad.

    Tori

    Tori nació un 22 de agosto hace (apenas) 42 años en Newton, Carolina del Norte. Hija de un pastor evangélico y una India Cherokee. Todo termina en dos. Agosto 22. Años 42 y padres … también dos. ¿Dónde estabamos? ¡Ah, sí… el show! El paso de los años no sólo afecta a los artistas, aunque por ello uno no reciba ovación alguna ni aplausos, sólo una conmovedora indiferencia (sniff).
    La nena (siempre lo será) va al piano eléctrico y en interminable performance une God de «Under the Pink» con Running Up That Hill.
    Luego llegará la esperada sección «piano bar». Al igual que en toda la gira, este segmento incluye dos covers. Los elegidos serían Black de Pearl Jam y Nights In White Satin de The Moody Blues, ámbos en versiones impecables. Entramos en la parte final del show y Tori parece dispuesta a gastar el resto. Ya quedaron atrás los gemidos y ahora luce concentrada e impiadosa.
    Primero pega con una fenomenal y por momentos casi irreconocible versión de Little Earthquakes. Los gemidos ahora provienen del público y están justificados. Pero como decía Aldo Camarotta “no se vaya que ahora viene lo mejor”. Amos va al órgano y hace Barons Of Suburbia de su último disco, cantando como si estuviese poseída y de la nada me surgen ganas de ofrecerme como su exorcista de cabecera.

    Tori

    De allí regresa al piano eléctrico para ofrecer una intensa versión de Playboy Mommy. Todos lucen felices y en mi caso por partida doble, ya que la descendiente de la tribu Watusi que tenía adelante ha desaparecido. El cierre será con una extensa versión en órgano de The Beekeeper, en la que se luce la pecaminosa escenografía que incluye el árbol, la serpiente y las manzanas en forma de corazón. Nadie se mueve o mejor dicho nadie se va. Amos regresa para ofrecer lo mejor de la noche con Cars and Guitars en la que imita la percusión con su voz y una descomunal y antológica version de Cooling.

     

    El público, de pie, pide más.
    Regresa y visiblemente emocionada y casi a punto de romper en llanto se despide con Toast . Tras dos horas exactas concluye el show y también finaliza el «Summer of Sin Tour». Tori se va pero antes nos dice (¡bah! Me dice): “Nos vemos en el 2007”. Creo que la esperaré.
    Muy conforme, emprendo la retirada silbando inconcientemente aquella vieja canción de Leonardo Favio: “Fuiste mía un Verano”.

     

    Sergio Piccirilli.

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