• El Ojo Tuerto

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    Siempre tenemos vías personales a la hora de evaluar cuestiones a la sombra de nuestros gustos, preferencias e intereses; sin embargo, me parece hay posturas políticamente correctas que no hacen más que ocultar un vías colectivo.

    Este tema se me planteó a la hora de hacer un review de un DVD del infame guitarrista sueco Yngwie J. Malmsteen (como ahora quiere que lo llamen, J de Johann). Me planteé la duda de con qué cara iba a volver a hacer una crítica de un disco de jazz luego de decir que este DVD, a pesar de las payasadas no intencionales del músico y que como obra musical no pasaría a la historia,  me había gustado, con morbo tal vez, y que lo que hacía finalmente me parecía correcto, personal, original y técnicamente brillante. Por este motivo pospuse inconcientemente esta nota.


    Hace unos pocos días me dispuse a volver a ver uno de los tantos videos que tengo de Miles Davis. Se trata de un video de su última etapa, a la que me costó encontrarle el gusto. Ahí recordé por qué me resistí a esta época del brillante trompetista negro: me parecía ridículo, que había salido a robar y que el cerebro se le había frito. Davis, a Dios gracias, contaba con el mejor background para respaldar prácticamente cualquier cosa que hiciera. Igualmente, muchos puristas del jazz siguen pensando lo anterior.

    Esto me hizo pensar y reflexionar sobre cómo evaluamos a ciertos músicos. Si tienen una importante trayectoria y lo endiosamos les permitimos cualquier cosa que, si las vemos en un músico de la vereda de enfrente… lo crucificamos. Por ejemplo, «los rockeros son unos grasas«, suele ser un concepto que siempre ronda el inconciente del jazzero; ahora, perdón no, pero ¿los trajes de seda brillantes de Chick Corea de los ochenta y cómo sonaba la Elektric Band?, ¿las payasadas de Keith Jarrett cuando toca?, ¿Davis con sus ropas, maquillaje y música pop?

    Todo eso caería dentro de lo criticado a otros. Ustedes dirán, «pero ésos son músicos de verdad» y por eso los perdonan; lamentablemente, no es ése el motivo. Somos incapaces de reconocer, en quien nos parece un payaso, las virtudes que puede tener; y no hablo de las que puede tener para otros, hablo de las que puede tener para nosotros.

    Muchas veces se trata simplemente de no mover el tujes y tratar de entender más allá de las formas lo que el otro hace; desconocimiento e ignorancia llevan a esas posturas rígidas sin fundamento. Simplemente no tener el oído preparado para entender lo que hace el músico y sí, luego, juzgarlo…


    Yo he sufrido y en cierta medida sufro de este vías que, creo, en un punto es imposible de desterrar; pero asimismo creo que es positivo saberlo y tratar de minimizarlo. Simplemente es saber adónde le aprieta el zapato a cada uno. Para mí, hace diez años, John Zorn me parecía un ruidoso histérico y hasta estúpidamente lo decía. Hoy, Naked City sigue sin gustarme, pero tengo varios discos de Masada y pensaría que, si alguien dijera lo que dije o pensé hace diez años… sería un tonto.

    Creo que una demostración empírica de esto la tuve con mi padre. Es un personaje cercano a los setenta años, que escucha y toca jazz desde los trece ó catorce para el cual cualquier cosa eléctrica, cualquier pelilargo, afro, vestimenta extraña… le resulta lo mismo. Casi toda la música del ochenta hacia adelante la ha escuchado a través mío, porque lo de él es Coleman Hawkins o los Jazz Messengers. No tiene prejuicios o tiene el mismo prejuicio para todos, como ustedes prefieran. Resulta que le puse el DVD de Malmsteen en cuestión y, para mi sorpresa… le gustó ¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿??????!!!!!! Desconcierto total… pánico, finalmente enloqueció, el Alzheimer lo atrapó, se quedó sordo y ciego. ¿Le gustó un concierto de un guitarrista histérico vestido mezcla pirata con un personaje de la película Amadeus tocando con una orquesta de japoneses?

    Bueno… sí.

    Y a mí también.

    Federico Larroca

    Nota Relacionada: Yngwie J. Malmsteen

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