• Adrián Iaies – Mariano Otero – Ricardo Cavalli: T-3 – Tres Tremendos Tigres

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    Jazz Voyeur – Buenos Aires
    Lunes 13 de marzo de 2006 – 19:30 hs.

    Jazz VoyeurEl Meliá Recoleta Plaza es un hotel, por lo visto, mil estrellas. Está emplazado en Posadas y Callao, en la Recoleta, zona pituca como pocas en la Ciudad de Buenos Aires.

    En el interior del hotel, más precisamente en el subsuelo, se encuentra el Jazz Voyeur, una suerte de jazz club que funciona exclusivamente los días jueves y con una capacidad reducida: apenas unas 60 personas.

    Es muy cálido, bien puesto y el piano (de media cola) es un verdadero piano.

    Hay además una colección estable de fotografías del español Gerardo Cañellas, quien además fue uno de los ideólogos del proyecto, y una obra de Hermenegildo Sabat, padrino del lugar.

    El hotel posee 52 habitaciones y 5 suites, todas con nombres referentes al jazz: Miles Davis, Charlie Parker, Tete Montoliú, Enrique "Mono" Villegas… etc.

    El día lunes 13 se realizó un cocktail de apertura para invitados exclusivos y se anunciaba como corolario la actuación del pianista Adrián Iaies.

    Por supuesto que entre los presentes se encontraban músicos, periodistas, productores, managers, curiosos y algún colado.

    A las 20:15 sube al escenario el pianista para interpretar tres temas. Algo quedó claro desde un principio: Iaies ha pegado (está pegando) un brusco giro en su carrera. Parece que la era de los tangos está llegando a su fin, al menos así quedó reflejado en ese mini set que incluyó como apertura y cierre dos composiciones originales (ambas dedicadas al pianista John Lewis) tituladas Midnight In Aromo y El retrato de John Lewis. En el medio, cual sanguchito, Iaies jura (y habrá que creerle) que interpretó una versión del clásico de Luis Alberto Spinetta, Muchacha ojos de papel.

    Iaies - Jazz VoyeurFueron unos 20 minutos en los que Iaies se olvidó del mundo. En la apertura, juega sin moverse, quieto de la cintura hacia arriba y sin practicar el habitual "boxing" contra el piano. En lo que el músico afirma que fue Muchacha… la cosa va de la calma a una potencia inusitada. Todo desemboca en un menos es más, con un Iaies minimalista en una apuesta que aparece como más que atractiva.

    En el cierre de la trilogía, el pianista comienza a hacer percusión en el instrumento y deriva a un blues. Está en buena forma: lúcido, con ideas, buscando y arriesgando.

    Se dirige por vez primera al público (que no paraba de hablar y hablar sin importar nada más allá que el hablar) con una frase que (conociéndolo) se veía venir: "lo ideal es que se hable cuando tocamos y no cuando les queremos hablar". Hubo un amago de silencio que permitió escuchar la presentación de sus compañeros de andanzas de esa noche: Mariano Otero en contrabajo y Ricardo Cavalli en saxo. Teníamos entonces algo así como a Riquelme, Tévez y Messi. O bien (disculpen ustedes) Colombatti, Wálter Fernández y el Toti Iglesias.

    Esta segunda parte comienza con El Maestro, tema del contrabajista dedicado a Walter Malosetti. A la intro desarrollada por el tándem Otero/Cavalli, se suma, "quedito", Iaies para desembocar en un tremendo solo del saxofonista. El juego de a dos se retoma con Iaies/Otero que da pie a un melódico solo del contrabajista.

    Sigue Emilia, de Iaies, que amaga con cierto aire ciudadano hasta que Cavalli decide tomar un atajo. La bella balada se enriquece con el aporte de Otero utilizando el arco.

    Los muchachos se divierten. Arriba del escenario, desde ya… intercambiando miradas cómplices y alaridos de éxtasis ante los solos de los demás. Abajo del escenario también los asistentes parecen divertirse, pero lamentablemente no por lo que ocurre sobre el escenario. Las voces del 96% de los asistentes se transforman en un torbellino que, entre violento y desubicado, temina resultando una excelsa falta de respeto para con los músicos y para con los que teníamos alguna mínima intención de captar lo que los músicos estaban ofreciendo… y que no era poco.

    Cavalli-Otero - Jazz Voyeur
    Peor aún… como dijimos, se trataba de gente relacionada con este tipo de eventos: músicos, periodistas, managers… los mismos que luego alzan sus voces contra los dioses de las malas (y desubicadas) lenguas. El trío decide olvidarse del abajo y apuntan hacia arriba.

    Iaies desempolva entonces una perla que originalmente apareciera en La lluvia es sagrada, (disco de Touch, banda que el pianista supo liderar años ha). Se trata del único tema en trío de ese compacto, No hay dos sin tres, dedicado a Bill Evans. La versión de estudio era con Sebastián Peyceré en batería y Carlos Madariaga en bajo. Este nuevo formato (y nuevos arreglos) enriquece la composición y los tres siguen en ese mundo y provocan envidia. Cavalli vuelve a transformarse en el terrorista y provoca un alarido tarzanesco en el pianista que dejó de tocar para empezar a aplaudirlo. Otro demencial solo de Otero (que también recurrió aquí al arco… ni que fuera el Pato Fillol) y los cruces de miradas que siguen y sonrisas por lo bajo que trastocan en carcajadas. Abajo del escenario, la cosa sigue igual.

    El cierre sería con un tour de force del pianista, Astor Changes. En ocasión de la grabación del disco de Iaies, Las cosas tienen movimiento, uno, que estuvo ahí, presenció algunos momentos decididamente simpáticos, ocurridos justamente durante la grabación del tema en cuestión.

    Uno de ellos fue cuando el contrabajista Horacio Fumero salió quejándose del estudio, vociferando y puteando (siempre con su sonrisa a flor de labios): "Coño, joder… que me hace laburar este guacho…".

    Otro lo tuvo como protagonista al compositor: "No hay caso, para el próximo disco voy a contratar a un pianista… ni yo puedo tocar lo que escribí".

    Era una exageración, por supuesto, pero después corroboramos con Otero que el tema parece que es difícil en serio, pero… ¡qué temazo!

    Cavalli provoca que me trepe a un alambrado imaginario, ayudado por una base potentísima que desemboca en un "dejadme solo" de Otero que contagia; y contagia tanto que los otros dos compañeritos de andanzas comenzaron a jugar y lograron por un instante, que pareció eterno, que el silencio se apoderara del recinto; Iaies empieza a solear como lo hace cuando pestañea rápido, simula un boxing y saca la lengua. El final (con nuevo arreglo) es notable.

    Fue apenas una hora de tres músicos tremendos pasándola fenómeno y tocando como la hostia.

    Lástima que por momentos pareció servir como banda de sonido para comentarios insulsos de gente irrespetuosa e idiota.

    Allá… ellos.
    Y más acá… los músicos.
    No es difícil la elección.

    Marcelo Morales.

    Nota: Fotos cedidas gentilmente por Gerardo Cañellas

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