El Ojo Tuerto

Egberto Gismonti

Festival de Jazz
Teatro ND/Ateneo – Buenos Aires

Nota: Esta introducción es exactamente igual a la aparecida en el comentario de Lovano/Bergalli. No somos tan engreídos como para creer que todos leerán todo.
Eso sí: somos medio fiacas, además.

Entre los días 21 y 26 de marzo se llevó a cabo el Festival de Jazz en el Teatro ND/Ateneo.
La producción general del evento estuvo a cargo de Alberto Grande y al habitual listado de artistas nacionales (en este caso Pedro Aznar, los Fattoruso –que prácticamente son de acá-, los Malosetti, Escalandrum, Botafogo, Nolé y Cavalli) hubo que sumarle a artistas internacionales como la japonesa Tomoko Ohno (que tocó junto conel saxofonista Andrés Boiarsky), Alex Acuña (quien hizo lo propio con el pianista Jorge Navarro), el Zimbo Trío, el saxofonista Joe Lovano (junto con el quinteto del trompetista Gustavo Bergalli) y Egberto Gismonti.
No asistimos a ninguna de estas fechas pero sí a los bonus tracks, habida cuenta del éxito del encuentro.
Aclaración necesaria: nos ubicaron fenómeno (chasgracias) y en este caso no hay excusas. Todo está en manos de las limitaciones propias (y algunas ajenas que han sabido adquirirse) de este escriba.

Lo que importa es la familia
Egberto Gismonti
Apertura: Ricardo Cavalli Trío + Guillermo Romero
Lunes 27 de marzo de 2006 – 21:00 hs.

A las 21:20, el saxofonista Ricardo Cavalli sube al escenario acompañado de Carto Brandán en batería y Jerónimo Carmona en contrabajo. Fueron dos temas en ese formato en el que temblaron las butacas. Lejos de los convencionalismos generales, Cavalli apostó fuerte en el inicio y ganó provocando algunos sobresaltos en los espectadores (sala llena) que se encontraban de pronto con un trío que hacía desear, afortunadamente, caminos remanidos adentrándose en terrenos que a un servidor le recordaron al Clusone Trio.
Un Carmona guerrillero y un Brandán desatado y recurriendo a infinidad de sutilezas, fueron la base exacta para que el saxofonista demostrara que es uno de los mejores de esta parte del planeta (esta frase hará historia, anótenla).
Al tercer tema la base no está y sube el pianista Guillermo Romero para hacer, a dúo con Cavalli, Revalsen, un vals en Re que aportó la calma que hasta ese momento se había ausentado sin aviso.
Luego vinieron otros tres temas en cuarteto donde, lamentablemente, no logramos percibir esa furia inicial que nos había shockeado positivamente.
Se entró en un terreno mucho más convencional y transitado (y por momentos previsible), con un Romero más atractivo a la hora de acompañar que soleando y con la base rítmica contenida.
En términos generales estuvo más que bien, pero personalmente me quedo con el Cavalli que sabe lanzar su acidez desde el instrumento y no solamente desde sus comentarios (algunos crípticos, otros muy graciosos).

A las 22: 35 sube Egberto Gismonti acompañado de su hijo Alexandre.
Papá, con guitarras acústicas de 10 y 12 cuerdas; el niño, una de seis. Fueron 5 temas en familia. Hablar a esta altura de la vida de las virtudes interpretativas de Gismonti sería pura recurrencia. Asombra. Mete miedo. Parece fácil. Pensás que se le van a enredar los dedos. Un Fórmula 1 en cada finger. Nunca una artritis. ¿Alcanza?
A veces, sí.
Los Gismonti nos pasearon por los más diversos ritmos brasileños pero también hubo, en reiteradas oportunidades, giros flamencos. Hubo un muestrario de todo lo que se puede hacer con el instrumento; Egberto mete escalas aceledarísimas hasta cuando afina; utiliza además su instrumento como un stick (lo que por momentos brinda la sensación de estar frente a un trío) y Alexandre acompañaba en buena forma y no sólo eso.
Hubo mucha música, sí. Pero también una marcada tendencia al exhibicionismo que hizo que nos preguntáramos si en realidad no se nos estaba queriendo demostrar que Gismonti hijo puede hacer tantos malabares como Gismonti padre.

Alexandre GismontiAl sexto tema, don Egberto se retira del escenario y ahí queda el muchacho, tímido hasta para saludar, solito y solo con las seis cuerdas. Sin la presencia avasallante del padre, se encargó de demostrar algunas cosas: que es virtuoso (cosa que ya sabíamos), que no hay necesidad de hacer malabares todo el tiempo, que sabe manejar muy bien los silencios y que en la complejidad de su ejecución aflora el buen gusto y la calidez.
La ovación recibida no sólo estaba alejada del sentimentalismo obtuso de “aplaudir al pibe porque es el hijo de papá”, sino que además fue (muy) bien merecida.
Papá se reintegra emocionado para otros dos temas con dedos que se enmarañan como arañas, con mucha maña y sin saña; ¿una hazaña?

Y a las 23:45 ocurre un hecho sustancial en la noche: Egberto Gismonti va al piano.
Solo.
Fue media hora adornada con tres piezas en las que papá demostró por qué es un grande con G de gigante.
Y de Gismonti.
Al instrumento lo acaricia, lo aporrea, le habla, le gesticula, le charla, lo ignora… hubo giros Piazzolianos también donde pareció tocar como si se estuviera yendo al cadalso.
Poco más que decir: emocionalmente apabullante y la sensación de que nadie puede sentarse al piano después de su paso.
El final fue con dos bises en piano (papá) y guitarra (hijo), en una combinación mucho más atractiva que la inicial.
Don Egberto es un crack y en su nuevo paso por Buenos Aires dejó plena constancia de ello.
La herencia, además, está en buenas manos. O dedos.
Y yo sigo deseando que a la hora de hablar de la música brasileña, en el Top 5 aparezca, alguna vez, el apellido Gismonti.

Marcelo Morales.

Se agradecen las fotos cedidas gentilmente por Horacio Sbaraglia.

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