Sylvie Courvoisier: Lonelyville
Texturologie, Cosmorama, Contraste 2005, Lonelyville
Músicos:
Sylvie Courvoisier: piano
Mark Feldman: violín
Vincent Courtois: cello
Ikue Mori: electrónicos
Gerald Cleaver: batería
Intakt, 2007
Calificación: A la marosca
En 1951 John Cage compuso Music of Changes. En esa obra su autor utilizó como método de creación los hexagramas del I Ching.
En el I Ching, tirando seis veces dos monedas, se puede determinar un hexagrama, el cual describe la situación presente de quien lo consulta y predice el modo en que se resolverá el futuro si hace lo correcto.
Cage ejecutó el mismo proceso tres veces pero otorgándole otro significado al adjudicado por el Libro de las Mutaciones. El primer hexagrama remitía a una casilla en la tabla de los sonidos. El segundo determinaba la duración que se aplicaba al sonido elegido antes y la tercera serie determinaba la dinámica. Era de esperar que el resultado obtenido sonara atemporal, anárquico e impersonal. Sin embargo, al escucharlo, uno puede identificar que se trata de una obra que conserva los aspectos vanguardistas que caracterizaban a su música.
La búsqueda de un procedimiento creativo aleatorio ha tenido y tiene ejemplos diversos en la historia de la música. Pocos saben que Mozart compuso algunas de sus obras con dados. Más recientemente John Zorn uso el tarot. Claro está que los resultados no siempre han sido los esperados, así que si usted es músico vaya guardando el ta-te-ti y mucho menos se le ocurra probar con la ruleta… rusa.
Sin ir más lejos, basta citar como ejemplo a un amigo que quiso componer jugando al poker y no sólo no logró su objetivo artístico sino que además en la última mano perdió su piano. No comento esta anécdota para referirme al I Ching, ni a Cage, ni a Mozart, ni a Zorn, ni a mi amigo. Mucho menos al poker, juego del que conservo un gran recuerdo (el gran recuerdo es un piano de cola que le gané a un músico que quería componer utilizando… etc., etc., etc.).
Sólo aprovecharemos el concepto como punto de partida para hablar del nuevo trabajo de Sylvie Courvoisier, Lonelyville.
En abril de 2006 Sylvie Courvoisier y su quinteto se presentaron durante cuatro noches consecutivas en el Theatre Vidy de Lausanne, en Suiza. De esa serie de actuaciones surgió este álbum en vivo.
Lonelyville es un ejercicio de creatividad extrema. Una obra con un torrente de ideas, que no está esclavizada por el gusto y la memoria colectiva y que aun abrevando en fuentes diversas se manifiesta, en términos conceptuales, libre de las tradiciones del arte.
La creación artística frecuentemente se congela apartándose de su esencia para desplazarse a una simple producción de obras. Resignándose, en el mejor de los casos, a adoptar la melancólica alternativa de seguir componiendo la “vieja” música en escenarios actualizados. Alguien dijo que “los grandes artistas no son los que hicieron obras sino aquellos que inventaron procedimientos para que las obras se hicieran solas.” Desconocemos el método compositivo utilizado por Courvoisier en Lonelyville, pero su heroico intento por avanzar en territorios desconocidos nos permite disfrutar en plenitud del concepto creativo que la liberó de ataduras y le permitió trasformar en acción una necesidad interior. Al igual que lo hicieran Cage, Mozart, Zorn y tantos otros, Courvoisier intenta encontrar una herramienta y un procedimiento propio. Un modo individual que le posibilite recomenzar desde cero como único modo de reconstruir la radicalidad constitutiva del arte.
El músico de vanguardia es inconformista, ya que el pasado no le sirve y tiene que buscar un arte que responda a la realidad exterior que está viviendo pero apoyándose en la novedad original que lleva dentro.
Aceptando los riesgos implícitos de que su búsqueda pueda derivar en una acción frenética, sin dirección o que parezca desinteresada de los resultados. El que no arriesga no gana y ese concepto es válido en todos los órdenes de la vida. Pero en el arte tiene un valor absoluto ya que separa a la creatividad en dos polos: la supervivencia del artista o su desaparición. Entonces veamos cómo hizo Courvoisier para sobrevivir…
El inicio de Lonelyville es con la suite Texturologie. Allí la composición y la improvisación colisionan, coinciden y producen una nueva sustancia que confluye en una síntesis de avant jazz, electrónico y nueva música creativa. Y no se trata de rotular como si ubicáramos la necesidad artística de Courvoisier en la estantería de un supermercado, sino de anclar de una forma subjetiva su esencia conceptual. Aquí, pese a la complejidad intelectual, el lenguaje surge espontáneo y permite alcanzar en forma natural respuestas sónicas desconocidas. Courvoisier ha tocado durante largo tiempo con cada uno de los integrantes del quinteto y eso facilita la tarea compositiva e interpretativa. A la manera de Gyorgy Ligeti, manifiesta interés en dificultar nuestra percepción de las melodías y eso se traslada al terreno rítmico, armónico e instrumental. Esto tiene como resultado una estructura rítmica en la cual no es claramente perceptible el pulso y el tempo parece fluir libremente a lo largo de la composición. Los solos y los pasajes improvisados abundan pero manteniéndose ajenos al alarde de virtuosismo y siempre próximos al eje compositivo. Complejo, profundo y caótico como un sueño regido por deseos conflictivos. Carl Jung dijo: “Un sueño es una puerta escondida en los más íntimos espacios del alma”. Aquí esa puerta es giratoria.
En Cosmorama el disco no afloja. Es más, si algo se afloja es el sarro de nuestras neuronas. Aquí nos encontramos con un perfecto balance entre la composición y los magníficos pasajes improvisados. A diferencia del primer tema, Cosmorama manifiesta menos interés en anular los elementos básicos de la tradición clásica estructurada sobre la base de melodía, armonía y ritmo, pero presentándolos de una manera renovada. La bisectriz compositiva está dominada por acordes masivos y una armonía con fuertes disonancias dentro de un marco global de fuerte sabor tonal. Con enormes bloques sonoros que mutan permanentemente creando una amplia sensación de espacio y que al igual que en el resto del disco requieren de una objetivad perceptiva elevada.
En Contraste 2005 hallamos un sublime equilibrio de texturas, electrónicos y percusión, sobre los cuales los solistas despliegan un volcánico vocabulario con desarrollo cromático y que empalma atrevidas disonancias. Aceptando influencias de Scriabin y Messiaen provenientes de Chronochromie de 1960 y Condeurs de la cite celeste de 1963. Tanto por el carácter sinestésico como por sus permanentes referencias a la luz, el color y lo visual, en donde la técnica nunca es un fin en sí mismo, sino que está al servicio emocional del momento y en perfecta simetría con el encuadre del diseño compositivo.
El cierre es con el breve Lonelyville. Una violenta erupción de complejas masas sonoras y colores tonales cambiantes expresadas en los breves solos de cello y violín, en el aporte de los electrónicos y en la telepática interacción entre piano y batería.
Los vanguardistas aparecieron cuando se consumó la profesionalización artística. Eso creó la necesidad de empezar de nuevo. Cuando el arte estaba inventado y sólo quedaba seguir haciendo obras, el mito de la vanguardia vino a reponer la posibilidad de hacer el camino desde el origen. Courvoisier hace pie en un campo autónomo e inventa nuevas prácticas que devuelven al arte su espíritu de sacrificio creativo, recreando una dinámica evolutiva que responde a la precariedad de un momento histórico.
Lonelyville en algún momento debe haber sido una promesa creativa en proceso de constitución.
Por ello, su materialización provoca una inmediata nostalgia, ya que al haber alcanzado forma definitiva nos indica que ha llegado la hora de buscar nuevos horizontes.
Sergio Piccirilli
